BIENVENIDOS AL BRASIL DE 2026: LOS BOLSONARO, UNA MARCA FAMILIAR QUE OCUPA EL ESTADO

En Brasil ya no basta con ganar elecciones. Ahora parece que hay que ganar la elección… en familia.

Hay familias que se reúnen para Navidad.

Hay familias que se reúnen para celebrar un cumpleaños.

Y hay familias que, cuando encuentran una buena oportunidad política, se reúnen para ocupar el Estado.

Bienvenidos al Brasil de 2026.

Bienvenidos al NEPOBOLSONARISMO.

Una categoría política que todavía no aparece en los manuales de ciencia política —y probablemente tampoco en el diccionario—, pero que Brasil acaba de ilustrar con una precisión casi pedagógica:

nepotismo + Bolsonaro + oportunidad electoral = una familia completa en la papeleta.

Y no es una exageración.

Michelle Bolsonaro (La Madrasta, esposa de Jair Bolsonaro (padre) fue elegida senadora.

Carlos Bolsonaro fue elegido senador.

Jair Renan Bolsonaro fue elegido diputado.

Renato Bolsonaro, hermano de Jair, fue elegido diputado.

Y Flávio Bolsonaro pasó al segundo turno presidencial.

Cinco Bolsonaro.

Cinco espacios de poder. Una sola marca familiar.

¡Qué eficiencia!

La familia descubrió que para hacer política moderna no hace falta reinventar el apellido.

Hay que multiplicarlo.

FLAVIO BOLSONARO

EL APELLIDO COMO CAPITAL POLÍTICO

Aquí comienza lo verdaderamente interesante. Porque en una democracia cualquiera puede presentarse a una elección.

También puede hacerlo el hijo de un presidente. La esposa. El hermano. El primo. El vecino. Y hasta el perro, si consigue cumplir los requisitos legales.

El problema democrático no está en que sean familiares.

El problema empieza cuando el apellido familiar se convierte en una maquinaria electoral capaz de ocupar simultáneamente diferentes espacios del Estado.

Y eso es precisamente lo que estamos viendo.

Uno mira el organigrama y por un momento piensa que está leyendo el árbol genealógico.

Pero no: es el Congreso brasileño.

Claro que todo esto ocurre mediante elecciones.

Y precisamente por eso la cuestión resulta políticamente interesante.

Porque el nepotismo tradicional consiste en nombrar familiares.

Aquí estamos ante algo distinto:

construir una oferta electoral familiar y conseguir que los electores la conviertan en representación institucional.

No es nepotismo administrativo. Es algo mucho más sofisticado.

Es nepotismo electoralizado. De ahí el nombre:

NEPOBOLSONARISMO.

EL GRAN NEGOCIO DEL APELLIDO

Jair Bolsonaro no puede competir. ¿Problema?

Ninguno.

El apellido tiene repuestos.

Está Flávio.

¿No puede estar Bolsonaro en determinado cargo?

No importa. Está Michelle.

¿Hace falta otro candidato? Está Carlos.

¿Hace falta otro diputado? Está Jair Renan.

¿Queda otro espacio? Todavía está Renato.

La marca no se detiene.

La franquicia familiar continúa funcionando.

Y aquí aparece el verdadero oportunismo político que merece ser cuestionado.

Porque cuando una corriente política atraviesa un momento de fuerte crecimiento electoral, la tentación es enorme: poner a todos los disponibles en la pista.

No porque necesariamente todos tengan el mismo proyecto personal.

Sino porque el momento político convierte al apellido en un activo electoral extraordinario.

Y si el apellido funciona, ¿para qué desperdiciarlo?

EL ESTADO COMO EMPRESA FAMILIAR

Aquí conviene detenerse. Porque una cosa es que un político tenga familiares que participan en política. Otra muy distinta es que una familia vaya construyendo una presencia simultánea en diferentes niveles de representación.

Y entonces surge una pregunta incómoda:

¿Estamos ante una familia que participa en política o ante una familia que está construyendo una estructura política propia?

La diferencia es enorme.

Una familia puede tener políticos.

Pero una familia políticamente organizada puede tener:

territorio, partido, recursos, redes, medios de comunicación, seguidores, candidaturas,

alianzas, representación parlamentaria y una marca electoral.

Cuando todo eso se combina, el apellido deja de ser una circunstancia familiar y se convierte en capital político.

Eso es lo que merece ser observado.

SERGIO MORO "EL RUSSO" Juez que metió a Lula a la cárcel y abrió el camino al poder político del Bolsonarismo en Brasil. Fue elegido gobernador de Paraná

Y APARECIÓ MORO

Pero Brasil tenía que agregarle una pizca más de picante al asunto. Porque mientras los Bolsonaro se multiplicaban por las papeletas, apareció un viejo conocido de la historia política brasileña: Sergio Moro “Russo”.

El juez que condenó a Lula. Y abrió el camino al poder de Jair Bolsonaro. El hombre de la Lava Jato. El exministro de Justicia de Jair Bolsonaro.

El político que terminó rompiendo con Bolsonaro.

Y ahora...

¡Gobernador de Paraná!

No solo eso. Flávio Bolsonaro respaldó públicamente su candidatura.

Moro ganó en primera vuelta.

Y Deltan Dallagnol, uno de los principales fiscales de la Lava Jato, que jugaba en pared con el “Russo” también fue elegido senador por Paraná.

¿Coincidencia? Puede ser.

¿Alianza política? Eso sí está documentado.

¿“Pago político”? Eso no podemos afirmarlo como hecho sin pruebas.

Pero una columna periodística tiene derecho a hacer una pregunta:

¿Estamos viendo simplemente una coincidencia electoral o estamos viendo cómo viejas alianzas políticas vuelven a ocupar espacios estratégicos de poder?

La respuesta la dará la historia.

Uno podría decir que la política tiene memoria.

Pero también tiene una extraordinaria capacidad para reciclar alianzas.

Lo que ayer parecía ruptura, mañana puede convertirse en fotografía electoral.

La política tiene esas cosas.

¡QUÉ OPORTUNIDAD!

Y aquí está el corazón de nuestra crítica. El oportunismo político no consiste necesariamente en hacer algo ilegal. A veces consiste en algo mucho más elemental:

ver que una corriente política está creciendo y colocar a toda la familia encima de la ola.

Eso es lo que hace interesante al fenómeno Bolsonaro. La familia no inventó la ola.

Pero supo subirse a ella.

Y cuando vio que la ola crecía, no puso a uno. Puso a varios.

Y cuando vio que el apellido seguía funcionando, siguió poniendo candidatos.

Y cuando encontró aliados útiles, los incorporó.

Eso no es necesariamente ilegal.

Pero sí es políticamente oportunista en el sentido más elemental del término: aprovechar un momento de fuerza electoral para maximizar la representación propia y de los aliados.

La política conoce pocos placeres mayores que una candidatura cuando las encuestas y el apellido trabajan juntos.

UNA FAMILIA, UN PARTIDO, UNA MARCA

Y aquí está lo verdaderamente extraordinario.

Los Bolsonaro no dependen exclusivamente de los Bolsonaro.

Tienen al Partido Liberal - PL.

El PL consiguió una bancada parlamentaria enorme. La familia aporta el apellido.

El partido aporta la estructura. Los aliados aportan territorio. Las redes sociales aportan comunicación. Los votantes aportan votos. Y el sistema democrático transforma todo eso en cargos.

Es una maquinaria perfectamente legal.

Y precisamente por eso merece ser examinada.

Porque las democracias no solamente deben preguntarse si algo es legal.

También deben preguntarse qué concentración de poder está produciendo la legalidad.

GUINNESS, ABRA LOS OJOS

Aquí hago una pausa porque quizá Guinness World Records debería mandar un observador. No sabemos si existe una categoría para esto.

Pero si algún día crean:

“Mayor concentración de familiares directos simultáneamente elegidos dentro de una misma estructura política nacional”

Brasil podría presentar una candidatura bastante competitiva.

PERO DETRÁS DE LA CARCAJADA HAY UNA PREGUNTA SERIA

No debemos confundir democracia con propiedad familiar. Los Bolsonaro fueron elegidos. Eso debe respetarse.

Pero una democracia también tiene derecho a preguntarse:

¿Qué ocurre cuando un apellido se convierte en una marca electoral tan poderosa que varios miembros de una misma familia pueden ocupar simultáneamente posiciones estratégicas del Estado?

Porque el peligro no está necesariamente en que sean familiares. Está en que el poder pueda comenzar a reproducirse alrededor de una estructura familiar. Y entonces aparecen preguntas todavía más incómodas: ¿Quién controla a quién? ¿Quién decide las candidaturas? ¿Quién distribuye las alianzas? ¿Quién define las prioridades?

¿El partido? ¿El líder? ¿La familia? ¿O todos juntos?

Y AQUÍ SE ACABA LA BROMA

Porque después de reírnos queda una pregunta que Brasil tendrá que responder:

¿Hasta dónde puede llegar una familia cuando convierte su apellido en capital político?

Quizá no sea una familia gobernando Brasil.

Todavía.

Pero tampoco parece una simple familia haciendo política. Es algo más grande:

una estructura política que aprendió a utilizar el momento, el apellido, las redes, el partido y las alianzas para multiplicar su presencia en el Estado.

Y eso merece algo más que una carcajada. Merece vigilancia ciudadana.

Porque en democracia el poder se conquista con votos, pero también debe ser vigilado después de obtenerlos.

Y si los Bolsonaro descubrieron una fórmula para convertir el apellido en poder... Brasil acaba de descubrir también una nueva palabra para describirla.

NEPOBOLSONARISMO.

La familia que no encontró un cargo que no pudiera disputarse.

Alberto Vela

 

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