“NO ME GUSTA LA POLÍTICA” – PARTE I
En mí recorrido siempre hay una frase que aparece con una frecuencia inquietante: “no me gusta la política” . La escucho en mercados, en paraderos, en oficinas públicas, hasta en jovenes, en conversaciones que empiezan con cordialidad y terminan en repliegue. No es una frase agresiva. Es blanda. Y justamente por eso, eficaz. Casi nunca expresa una postura ideológica. Expresa cansancio. Decepción. La sensación de haberse acercado alguna vez y haber salido perdiendo. Para muchos, la política es algo que prometió y no cumplió, que pidió confianza y devolvió burla. Decir que no gusta es una manera educada de retirarse sin discutir. Es una frase socialmente aceptable. Nadie la cuestiona. Funciona como un “no es lo mío” aplicado a la vida pública. Elegante, incluso. Pero también evasiva: convierte un problema colectivo en una preferencia personal, como si el deterioro del país fuera una opción de consumo y no una condición compartida. Hay otra frase que se escucha menos, pero dice más...




