EDWIN VILLACORTA VIGO: LA MEDICINA QUE RESISTE DONDE EL ESTADO ABANDONÓ
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El Hospital Iquitos no es solo un centro de salud: es el
espejo más crudo del abandono. Funciona desde hace años en uno de los entornos
más insalubres de la ciudad, víctima de una cadena interminable de
ineficiencia, corrupción y promesas rotas de autoridades regionales que llevan
más de una década sin lograr ponerlo verdaderamente operativo. Allí donde el
Estado falla, la vocación se vuelve el último dique.
Es en ese escenario donde el excelente periodista Germán Torrejón Soto sitúa sus
recuerdos. Madrugada, insomnio, memoria que vuelve a los días de Radio La Voz de la Selva, cuando el periodismo
aún creía que contar la verdad podía cambiar algo. Emergencia del Hospital
Iquitos era entonces una fuente diaria: accidentes, suicidios, epidemias,
dramas humanos sin pausa. La noticia no se buscaba: estaba ahí, respirando en
los corredores.
Para narrar ese mundo no bastaba preguntar. Había que
entender, respetar, ganarse la confianza de médicos, enfermeras, técnicos,
administrativos. Descubrir que detrás de cada parte médico había agotamiento,
humanidad y una vocación que resistía contra todo. Entre todos ellos, uno
destacaba con una presencia firme y constante: Edwin Villacorta Vigo.
De contextura maciza y andar decidido, recorría los pasillos —sobre todo los de maternidad— como quien sabe que allí se libra, todos los días, una batalla desigual entre la vida y la precariedad. No importaba si entonces ya ocupaba un cargo formal de responsabilidad: él se hacía responsable igual. Donde otros veían carencias, Villacorta buscaba salidas. Donde el sistema ofrecía límites, él ensayaba soluciones.
Su trabajo nunca fue estridente. Fue persistente. Inventivo.
Humano. Evitar que los recién nacidos quedaran atrapados en la fragilidad de un
sistema deficiente se convirtió en una obsesión ética. Un esfuerzo casi
heroico, aunque jamás se le llamara así.
En ese camino llegaron los talleres sobre la importancia
de la leche materna, impulsados con convicción y paciencia. Tanto fue su
empeño que terminó ganándose un apodo cariñoso y respetuoso entre quienes lo
conocían: “leche materna”. No como burla, sino como reconocimiento a
alguien que entendía que prevenir también es salvar vidas.
Luego vendrían otras iniciativas, siempre en equipo, siempre
lejos del aplauso: la competencia del bebé chuchutero, las mamás canguro,
estrategias sencillas pero profundas para cuidar mejor a los niños desde el
primer día. Acciones pequeñas para un Estado ausente, pero gigantes para las
familias que encontraban en el hospital algo más que paredes deterioradas:
encontraban compromiso.
Pero la vocación del doctor Villacorta no se limitó al acto
clínico ni quedó encerrada en las salas del hospital. Fue y es un luchador
incansable, un médico que nunca aprendió a inclinar la cabeza frente al
poder regional. Sin aspavientos, pero sin temor, alzó la voz cuantas veces fue
necesario para exigir mejores condiciones para el Hospital Iquitos, para
el personal de salud condenado a trabajar en la precariedad y para una atención
digna a la infancia amazónica. En una región donde muchos optaron por el
silencio cómodo o la obediencia interesada, él eligió el camino más difícil: el
de la verdad. Supo que callar también enferma y que defender la salud pública
no es un gesto político, sino un acto profundo de humanidad.
Germán Torrejón lo dice sin solemnidad, pero con verdad: no
existen los héroes con capa. Existen, en cambio, hombres y mujeres comunes que
deciden no rendirse. Personas que entienden que la vocación no es un título,
sino una forma de estar en el mundo; que sanar también es prevenir; que cuidar
a los niños es defender el futuro cuando el presente está en ruinas.
En una región agotada de autoridades que pasan sin dejar obra, sin memoria y sin dignidad, Edwin Villacorta Vigo ha construido su lugar lejos del poder y cerca de la gente. No lo sostiene un cargo ni lo legitima un discurso: lo respalda una vida entera de coherencia, de lucha silenciosa y de compromiso con los más vulnerables.
Ese sitial —el del respeto verdadero— no se hereda ni se decreta. Se gana, día a día, en los pasillos donde la vida insiste en nacer incluso cuando todo parece estar en contra.
German Torrejón Soto: Artículo "Edwin Villacorta Vigo"






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