“TREINTA AÑOS DE BUSF: LA MEMORIA DE UNA OBRA HUMANITARIA FRENTE A LAS DUDAS SOBRE SU ACTUAL CONDUCCIÓN”
La historia que nació entre incendios, emergencias y solidaridad
Treinta años no se construyen con discursos.
Treinta años se construyen con barro en los zapatos, noches sin dormir,
emergencias que no esperan, niños que no entienden de burocracias y voluntarios
que un día descubren que ayudar también puede convertirse en una forma de
vivir.
Eso es lo primero que viene a la mente al leer el extenso
testimonio publicado por Ángel García Lorite con motivo de los 30 años de
Bomberos Unidos Sin Fronteras España - BUSF. No es solamente un texto de aniversario.
Es el relato íntimo de alguien que parece mirar hacia atrás intentando ordenar
una vida entera entregada a una causa que terminó siendo mucho más grande que
él mismo.
Y quizá por eso duele tanto el contraste.
Porque mientras el fundador de BUSF recuerda comunidades
amazónicas donde por primera vez se bebió agua limpia, rescates imposibles en
Haití, noches enteras entre escombros y generaciones de bomberos y cooperantes
que entregaron años de sus vidas al servicio humanitario, la organización que
ayudó a construir atraviesa hoy una etapa marcada por silencios
institucionales, respuestas evasivas y crecientes cuestionamientos sobre su
conducción y algunos de sus proyectos históricos en el Perú.
BUSF no nació como una maquinaria burocrática ni como una
estructura empresarial. Nació desde la vocación de bomberos que entendían que
una emergencia no terminaba en las fronteras de Madrid. Y esa esencia humana
atraviesa cada línea escrita por García Lorite cuando recuerda la Amazonía
peruana, Haití o los Centros de Respuesta Ante Catástrofes levantados en
América Latina.
En las fotografías de aquellos años no aparecen hombres
preocupados por convenios, litigios o comunicados legales. Aparecen niños
sonriendo alrededor de voluntarios exhaustos. Aparecen comunidades olvidadas
por los Estados. Aparece la emoción sencilla de quien siente que, aunque el
mundo siga roto, al menos alguien llegó hasta allí.
Eso explica por qué el Perú ocupa un lugar tan especial
en el relato del fundador de BUSF.
No habla del país desde la distancia de la cooperación
internacional tradicional. Habla desde el vínculo humano. Desde la Amazonía
donde el agua limpia cambió vidas. Desde Arequipa, donde el CRAC simbolizó
durante años una apuesta ambiciosa por preparar respuestas reales ante
catástrofes. Desde los rostros concretos de personas a quienes todavía recuerda
por su nombre.
El silencio institucional y las preguntas
pendientes
Y precisamente por eso las preguntas actuales resultan
inevitables.
Porque cuando una obra nace desde una profunda
legitimidad moral y humana, el deber de transparencia se vuelve todavía mayor.
Las interrogantes planteadas en los últimos meses sobre
la situación del CRAC de Arequipa, el presunto enlace con LINCECI (Liga Nacional Contra el Cancer Infantil), esa dualidad
en la que se han movido y se siguen moviendo dentro de la directiva de BUSF, una institución de
utilidad pública, por la que es intolerable el enlace con una trama de estafa, como así
lo ha calificado la propia policía de blanqueo en España, como así lo ha
calificado la propia Asociación Española de Lucha contra el Cáncer y la
Asociación de Padres de Niños Oncológicos de Aragon – ASPANOA, que inicio la denuncia
de estafa. LINCECI es una estafa al pueblo español con letras mayúsculas, así
como el presunto y contundente vínculo con Bomberos Unidos sin Fronteras en España
y la representación institucional de BUSF en el Perú; las fracturas internas
surgidas desde 2015 y las decisiones tomadas por la actual directiva española
no aparecen en el vacío. Surgen precisamente porque existe una historia previa
demasiado importante como para aceptar silencios fáciles.
Los cuestionarios remitidos por este medio a la actual presidencia de BUSF España buscaban precisamente eso: claridad institucional. No condenas anticipadas ni afirmaciones absolutas, sino respuestas verificables sobre hechos concretos. Preguntas sobre representación legal, supervisión del CRAC, mecanismos de control, auditorías, convenios internacionales y responsabilidades asumidas durante más de una década.
Sin embargo, las respuestas oficiales terminaron dejando
más preguntas abiertas que certezas cerradas.
La actual dirección de BUSF sostiene que la organización
peruana se desligó estatutariamente de España en 2015 y que el CRAC pertenecía
a la asociación constituida en Perú. Pero no explica de manera suficiente qué
ocurrió durante los años posteriores, quién custodió realmente la
infraestructura y sus bienes, qué mecanismos de supervisión se ejercieron ni
por qué una obra presentada durante años como símbolo de cooperación terminó
envuelta en una nebulosa administrativa y operativa.
Tampoco se ha aclarado plenamente por qué BUSF España no
emprendió acciones visibles más contundentes frente al uso de su nombre, la
fragmentación institucional o las controversias surgidas alrededor de algunos
de sus proyectos históricos en territorio peruano.
Y ahí aparece la verdadera tensión de este aniversario.
Porque el problema ya no es únicamente jurídico o
administrativo. Es moral e institucional.
Las organizaciones humanitarias viven de algo mucho más
frágil que el financiamiento: viven de confianza. Confianza de voluntarios que
arriesgan su vida creyendo servir a una causa limpia. Confianza de ciudadanos
que aportan dinero convencidos de ayudar a quienes más lo necesitan. Confianza
de comunidades enteras que reciben cooperación esperando encontrar solidaridad
y no disputas internas.
Dos relatos sobre una misma organización
Y quizá el contraste más revelador de este aniversario
número treinta no esté solamente en los hechos que hoy se cuestionan, sino en
la manera en que cada parte decide contar la historia de BUSF.
Mientras Ángel García Lorite escribe desde la memoria
humana —recordando nombres, comunidades, amistades, heridas y años de entrega
silenciosa—, el comunicado de la actual directiva transmite una organización
casi desprovista de biografía emocional. Un BUSF presentado como estructura
permanente, eficiente y continua, pero donde curiosamente desaparecen del
relato quienes dieron origen a esa historia y también las fracturas
institucionales que marcaron los últimos años.
El mensaje oficial habla de cifras, intervenciones,
resiliencia y cooperación internacional. Pero guarda absoluto silencio sobre el
conflicto histórico surgido tras la salida del fundador en 2017, sobre las
controversias relacionadas con el CRAC de Arequipa o sobre las interrogantes
que aún persisten respecto a la representación institucional y el manejo de
proyectos emblemáticos en el Perú.
Y ese silencio no pasa inadvertido.
Porque resulta imposible hablar de tres décadas de BUSF
sin mencionar precisamente una de las obras más emblemáticas de su presencia en
América Latina: la Red Iberoamericana de Centros de Respuesta Ante Catástrofes,
cuyo capítulo peruano hoy aparece rodeado de dudas, fragmentaciones y versiones
contradictorias.
La paradoja es evidente. La actual directiva reivindica
plenamente el legado histórico de BUSF y sus proyectos en Perú como parte de
una continuidad institucional exitosa, mientras en sus respuestas oficiales
sostiene al mismo tiempo que BUSF Perú quedó desligada completamente desde
2015. Esa tensión narrativa termina abriendo más preguntas de las que intenta
cerrar.
El comunicado actual parece escrito para transmitir
continuidad, estabilidad y legitimidad institucional. Pero justamente por eso
llaman más la atención las ausencias. No existe una sola referencia al
conflicto interno, a las fracturas organizacionales ni a los cuestionamientos
que hoy rodean determinados proyectos históricos de BUSF en el Perú.
En investigaciones institucionales complejas, los
silencios también hablan.
No prueban delitos. Pero sí revelan prioridades
narrativas.
Y la prioridad evidente aquí parece ser preservar la
legitimidad pública de la organización evitando abrir el debate sobre las
fracturas históricas y las interrogantes aún pendientes sobre su conducción.
La memoria, la verdad y el futuro de BUSF
Por eso las palabras de Ángel García Lorite adquieren un
peso especial cuando habla de “personas que con el tiempo demuestran quiénes
son realmente”, o cuando recuerda que las obras auténticas sobreviven incluso a
las decepciones humanas.
No parece escribir desde el resentimiento. Parece
escribir desde la herida.
Desde la nostalgia de una etapa donde BUSF era, antes que
nada, una comunidad de servicio.
Y quizá eso es lo más poderoso de su mensaje. Que no
intenta destruir la historia de la organización que fundó. Intenta rescatarla.
Porque algo queda claro al observar aquellas imágenes
rodeado de niños en comunidades humildes de Perú y otros países: hubo una etapa
de BUSF construida desde la entrega real. Una etapa donde muchos voluntarios
dejaron años enteros de su vida ayudando lejos de cámaras, reconocimientos o
intereses personales.
Negar eso sería injusto.
Pero también sería injusto pretender que las dudas
actuales desaparezcan únicamente con comunicados breves o respuestas parciales.
Treinta años después, BUSF España enfrenta quizá el
desafío más importante de su historia: demostrar que la legitimidad moral
construida durante décadas todavía puede sostenerse frente a las preguntas
sobre su presente institucional.
Porque cuando una organización humanitaria pierde
claridad sobre sí misma, no solo se deteriora una estructura administrativa. Se
erosiona algo mucho más delicado: la confianza humana que hizo posible su
existencia.







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