CUANDO HILDEBRANDT VE IZQUIERDA HASTA EN LA SOPA Y LO SENTENCIA
En el Perú hemos llegado a un punto donde las palabras ya no describen la realidad: la reemplazan. Y la palabra más maltratada —manoseada, deformada, utilizada como garrote y como espantapájaros— es “izquierda”.
Hoy, para ciertos opinólogos, la izquierda es todo: es el
fracaso, es la torpeza, es la improvisación, es la violencia, es Sendero
Luminoso y, por si faltaba algo, también es cualquier gobierno que no haya
sabido gobernar. Así, en un solo gesto, se liquida décadas de historia, de
luchas sociales, de matices y contradicciones.
Y No es casualidad. Cada vez que el tablero electoral
empieza a parecerse al de la última elección —un candidato ajeno a los
circuitos tradicionales, con sombrero, con arraigo en el sur y con el respaldo
de sectores históricamente postergados— reaparecen los reflejos
condicionados del análisis político limeño. El fantasma de Pedro Castillo
vuelve a recorrer estudios de televisión y columnas de opinión, no como
recuerdo sino como advertencia.
En ese clima, voces influyentes como la de César Hildebrandt
endurecen el trazo: ya no se trata de evaluar candidaturas concretas, sino de prevenir
un escenario. Y para prevenir, nada más eficaz que simplificar: convertir
la diversidad de la izquierda en una sola cosa, asociarla con sus peores
expresiones y cerrar filas antes de que el elector decida.
Porque últimamente parece ver izquierda hasta en la sopa y
sentencia: “La izquierda tiene un prontuario largo y estéril. La izquierda
es sendero, la izquierda es Castillo, esa es la izquierda peruana absolutamente
entre banal y criminal”. Y no es cualquier izquierda, claro. No. Es la peor
de todas. Esa que, en un salto olímpico de lógica, se convierte en Sendero
Luminoso, en improvisación, en desastre, en todo lo que haga falta para cerrar
el argumento sin tener que abrir el análisis.
Así, con una frase bien colocada, se liquida el debate.
Eficiente, sí. Riguroso, para nada.
Porque habría que preguntarse: ¿de qué izquierda estamos
hablando?
¿De la que mató y sembró terror? Esa no es izquierda, es
barbarie.
¿De la que gobierna mal? Eso no es ideología, es incompetencia.
¿De la que no tiene cuadros ni programa? Eso no es doctrina, es precariedad
política.
Pero hay otra cosa —más incómoda— que no entra en esa
caricatura.
Hoy emergen actores políticos que no vienen de las
academias, que no han pasado por los filtros tradicionales del poder, que no
hablan el lenguaje técnico que tranquiliza a las élites. Vienen de otros
lugares: de la comunidad, del sindicato, del territorio. pero que saben perfectamente lo que es no tener agua, no tener médico, no tener Estado. No
siempre tienen un marco ideológico estructurado. No siempre tienen un programa
pulido. Pero tienen algo que durante décadas estuvo ausente: experiencia
directa de la exclusión.
Y entonces, claro, incomoda.
Porque no encaja en el molde. Porque no habla como se
espera. Porque no pide permiso.
Y ahí es cuando el análisis fino se convierte en brochazo
grueso. Cuando, así como Hildebrandt, todo se mete en el mismo saco. Cuando
la izquierda deja de ser una categoría política y pasa a ser un insulto
elegante.
El caso de Pedro Castillo es el ejemplo perfecto del atajo
mental. No fue un cuadro ideológico sólido, no representó a toda la izquierda
y, sí, cometió errores. Pero convertirlo en la definición de una corriente
entera es como decir que un mal médico representa a toda la medicina: absurdo, pero
útil si lo que se quiere es descalificar rápido.
Y en ese apuro, algunos —incluso los más lúcidos— terminan
haciendo algo curioso: critican al poder, pero al mismo tiempo refuerzan las
narrativas que ese poder utiliza y necesita. Paradojas del oficio.
Ahora bien, si luchar por justicia social, por derechos
básicos, por un mínimo de dignidad para millones de peruanos es ser de
izquierda, entonces habría que decirlo sin miedo y sin complejos: bienvenida
la izquierda.
Porque lo contrario no es neutralidad. Lo contrario es
resignación.
Y tal vez el problema no sea que la izquierda esté en todas
partes, como parece sugerir Hildebrandt, sino que el Perú real —ese que no cabe
en las columnas ni en los estudios de televisión— finalmente está empezando a
aparecer.
Y eso, claro, desordena.
Desordena el lenguaje. Desordena las certezas. Desordena
a quienes estaban acostumbrados a entender el país desde arriba.
Quizás por eso, cuando no se entiende lo que viene, se
recurre a lo conocido: etiquetas, exageraciones, fantasmas.
Izquierda, dicen. Y lo dicen con miedo. O peor aún, con
prisa. Porque cuando todo es izquierda, como parece creer Hildebrandt, el
problema no es la izquierda.
El problema es que ya nadie se está tomando el trabajo de
pensar.
Porque si seguimos llamando a todo “izquierda”, si seguimos
usando el pasado como etiqueta para descalificar el presente, porque cuando
todo es izquierda, como parece creer Hildebrandt, el problema no es la
izquierda.
Y lo que es peor: no vamos a entender lo que está pasando y no
vamos a estar preparados para lo que viene.
Alberto Vela




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