VENDER AL BORDE DE LA ESTAFA: LA ÉTICA PERDIDA DEL EMPRESARIADO PERUANO Y EL FRACASO DEL CONTROL ESTATAL
Cuando la élite empresarial confunde hacer empresa con extraer valor sin responsabilidad
Desde el Diván
Nacional
Abrir un frasco de “mermelada” y encontrar gelatina saborizada con trozos
de cáscara no es un simple mal rato doméstico. Es una escena pequeña que revela
una verdad incómoda: en el Perú, demasiadas veces, el mercado funciona bajo la
lógica de la simulación.
Se vende apariencia, se cobra como calidad y se espera que el consumidor
se adapte.
Ese gesto cotidiano retrata algo más profundo que un producto mal
logrado. Retrata la cultura de una élite empresarial que, en lugar de crear
valor, ha aprendido a extraerlo.
LA ÉLITE
EXTRACTIVA: GANAR SIN CONSTRUIR CONFIANZA
Hay que decirlo sin contradicciones: una parte importante del
empresariado peruano opera como una élite extractiva. No en el sentido clásico
de explotar recursos naturales, sino en algo más cotidiano y silencioso:
extraer rentabilidad de la asimetría de información, de la debilidad
regulatoria y de la resignación del consumidor.
La lógica es clara:
producir lo más barato posible, vestirlo de calidad y venderlo lo más
caro que el mercado tolere.
No se trata de innovación ni de eficiencia. Se trata de capturar valor
sin construir confianza.
PREGUNTA
DIRECTA: ¿ES ESTA LA IDEA DE EMPRESA QUE DEFIENDEN?
Empresarios del Perú, ¿de verdad creen que la función de la empresa es
maximizar utilidades aunque eso implique bordear permanentemente la línea del
engaño?
¿En qué momento la ética dejó de ser un límite y pasó a ser un estorbo?
Porque cuando el negocio depende de lo que el consumidor no sabe, no
estamos ante un mercado competitivo: estamos ante una relación desigual.
EL PRECEDENTE
QUE LOS DESNUDA
El episodio de los productos lácteos de Gloria cuestionados por
autoridades de Panamá no fue solo un problema de etiquetado. Fue un espejo
incómodo.
Mostró cómo durante años se vendió algo bajo una percepción que no
correspondía exactamente a su naturaleza.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿qué cambió realmente después de ese escándalo?
Porque la sensación ciudadana es que se ajustaron etiquetas, pero no la
cultura.
EL ESTADO
PERMISIVO COMO SOCIO SILENCIOSO
Toda élite extractiva necesita un entorno que la permita.
En el Perú, esa permisividad se expresa en un aparato regulador débil,
lento y muchas veces reactivo.
Instituciones como INDECOPI deberían equilibrar la relación entre
empresa y consumidor. Pero cuando las sanciones no generan verdadero temor
reputacional ni económico, el incentivo para cambiar simplemente no existe.
Y así se consolida un equilibrio perverso: el mercado empuja el límite
y el Estado llega tarde.
PREGUNTA
INCÓMODA: ¿CUÁNTO DE SU RENTABILIDAD DEPENDE DE LA DEBILIDAD DEL CONTROL?
Empresariado peruano, si mañana la fiscalización fuera estricta y las
sanciones realmente disuasivas, ¿cuántas prácticas actuales sobrevivirían?
¿Seguirían vendiendo igual si el costo reputacional fuera real?
Porque una economía donde la transparencia depende del miedo a la
sanción no es una economía madura: es una economía oportunista.
LA SOCIEDAD
RESIGNADA: EL TERRENO PERFECTO
La otra condición que permite este modelo es la resignación social.
Consumidores acostumbrados a desconfiar, a revisar etiquetas con sospecha, a
asumir que “así es el mercado”.
Pero cuando la desconfianza se vuelve normal, lo que se deteriora no es
solo la relación comercial: se deteriora el tejido social.
Porque la confianza no es solo un valor moral. Es la base invisible de
toda economía moderna.
EL COSTO
POLÍTICO DE LA EXTRACCIÓN COTIDIANA
El empresariado peruano suele preguntarse por qué crece la desconfianza
hacia la empresa privada. La respuesta es incómoda: porque demasiadas
experiencias cotidianas refuerzan la idea de abuso.
No se trata de ideología. Se trata de experiencia diaria.
Cada producto que parece más de lo que es, cada servicio que promete
más de lo que cumple, cada práctica que bordea el engaño alimenta una narrativa
peligrosa: que el mercado no es un espacio de cooperación, sino de
aprovechamiento.
Y cuando esa percepción se instala, la legitimidad del modelo económico
empieza a resquebrajarse.
PREGUNTA FINAL
AL PODER ECONÓMICO: ¿QUIEREN LEGITIMIDAD O SOLO RENTABILIDAD?
Porque no se puede pedir confianza social mientras se normalizan
prácticas que la erosionan.
No se puede defender la economía de mercado mientras se actúa como si
el consumidor fuera solo una variable de margen.
La legitimidad no se construye con campañas publicitarias. Se construye
con honestidad cotidiana.
LA METÁFORA DEL
FRASCO
La “mermelada” que no es mermelada es más que un producto
decepcionante. Es una metáfora del país económico que hemos construido: uno
donde la apariencia suele imponerse sobre la sustancia.
Y mientras esa lógica siga siendo rentable, la élite extractiva no
tendrá incentivos para cambiar.
A MODO DE
COMENTARIO
Una economía sana no se mide solo por cuánto crece, sino por cuánta
confianza genera. Cuando la élite empresarial decide que su ventaja competitiva
es estirar la verdad hasta el límite, lo que está haciendo no es negocio: es
erosión institucional silenciosa. Porque cada abuso pequeño, cada simulación
tolerada, cada engaño cotidiano va desgastando el pacto invisible que sostiene
a una sociedad. Y cuando ese pacto se rompe, no hay crecimiento que alcance
para reemplazarlo.
Tal vez el empresariado peruano debería preguntarse si quiere ser motor de desarrollo o simplemente administrador sofisticado de la desconfianza.

.jpeg)



Comentarios
Publicar un comentario