*PERDIO MALCRICARMEN GANO BALCÁZAR! ENTRE CUERVOS Y MICRÓFONOS: ANATOMÍA DE UNA DERROTA QUE NADIE QUIERE ADMITIR*
La política peruana tiene algo de teatro costumbrista y algo de tragicomedia. Cuando el resultado rompe el libreto, no hay autocrítica ni silencio reflexivo: hay gritos, acusaciones y un súbito descubrimiento de la moral republicana.
La elección de Balcázar no solo movió una silla; movió nervios, egos y certezas que parecían talladas en mármol mediático. Porque cuando el poder cree que algo está decidido y no lo está, la reacción no es análisis… es berrinche político
*La narrativa que se rompió*
Durante días, la sensación instalada era clara: el resultado debía ser otro, más previsible, más cómodo para ciertos circuitos de poder. Pero el Congreso de la República del Perú —ese animal indomable y caótico— volvió a recordar que no siempre sigue el guion de los titulares ni de los sets televisivos.
Y entonces vino el clásico reflejo: si no ganamos, alguien traicionó; si no controlamos, hubo maniobra; si no salió lo esperado, hay que advertir catástrofes.
*La indignación selectiva*
De pronto, partidos como Alianza para el Progreso y Renovación Popular pasaron de ser actores legítimos del juego parlamentario a villanos de ocasión por votar distinto a lo que algunos esperaban.
Es curioso cómo en la política peruana la negociación es virtud cuando favorece y “repartija” cuando no.
La coherencia suele ser la primera víctima de la derrota.
*El coro del apocalipsis*
Y como en toda obra bien montada, no podía faltar el coro trágico anunciando el fin de la República.
Ahí aparece Víctor Andrés García Belaúnde —Vitocho para la memoria política— lanzando advertencias que suenan más a reflejo automático que a diagnóstico real. A estas alturas, su voz tiene más eco mediático que peso político efectivo; incluso dentro de Acción Popular hace tiempo dejó de ser brújula.
Uno sospecha que ni él mismo cree del todo en la magnitud de lo que dice, pero en política el dramatismo siempre encuentra micrófono.
*El miedo como argumento*
Las frases que circularon —indultos inminentes, fraudes imaginados, colapsos anunciados— responden menos a escenarios concretos y más a una necesidad psicológica: convertir la derrota en amenaza para no asumirla como error de cálculo.
Porque aceptar que el Congreso votó distinto a lo esperado implica reconocer algo incómodo: que el poder en el Perú es más fragmentado y menos controlable de lo que algunos quisieran admitir.
*La guerra que sí existe*
Lo que estamos viendo no es una batalla ideológica clásica. Es algo más terrenal y más crudo: una disputa entre facciones del mismo sistema político por mantener influencia, relato y capacidad de negociación.
Entre élites no hay fraternidad permanente, solo equilibrios temporales. Y cuando esos equilibrios se rompen, los discursos se llenan de moral súbita.
La expresión de que “entre cuervos se sacan los ojos” describe mejor la escena que cualquier panel de análisis: no es una guerra de principios, es una pelea por posiciones.
*La derrota que duele más*
Lo que realmente incomoda no es el nombre del ganador, sino la pérdida de la sensación de control. Porque cuando la política se vuelve impredecible, el poder pierde su principal ventaja: la certeza.
Y en ese momento aparece la sobreinterpretación, la alarma exagerada, la denuncia preventiva. No porque el escenario sea necesariamente catastrófico, sino porque el desconcierto necesita narrativa.
*La política como espejo*
La elección de Balcázar no inaugura una era ni anuncia un colapso. Lo que revela es algo más simple y más incómodo: que el sistema político peruano es un campo de fuerzas en permanente tensión donde nadie controla del todo el resultado, aunque muchos crean hacerlo.
Y quizá por eso la reacción es tan intensa. Porque cuando el libreto falla, queda al descubierto lo único que la política intenta ocultar: su profunda fragilidad.
✅ Al final, entre acusaciones, micrófonos encendidos y advertencias dramáticas, lo único realmente claro es que la política peruana sigue siendo lo que siempre ha sido: un escenario donde el poder no se pierde en silencio… se pierde haciendo ruido.
Alberto Vela




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