¿PARA QUÉ SIRVE UN DIPUTADO POR LORETO?

Durante años nos han repetido que un diputado sirve para “gestionar”: traer favores, empujar expedientes, conseguir contratos, posar en la foto con el ministro de turno. Esa idea no es ingenua. Es funcional a un sistema mediocre que redujo la política a intermediación y al Congreso a antesala de oficinas.

Un diputado no está para mendigar.
Está para cambiar las reglas del juego.

Y en Loreto, las reglas llevan décadas mal hechas. Pensadas lejos, redactadas sin territorio, administradas desde la indiferencia y sostenidas por una costumbre perversa: aceptar lo poco como si fuera lo único posible.

En Loreto no falta trabajo. Falta trabajo digno, suficiente y sostenido. Tenemos recursos, pero no desarrollo. Tenemos jóvenes profesionales, pero no oportunidades reales. Tenemos una riqueza natural inmensa y, al mismo tiempo, una pobreza que se hereda como si fuera parte del paisaje.

El resultado es visible y cruel: informalidad masiva, dependencia del Estado como casi único empleador y un chantaje silencioso que todos conocen. No se dice en voz alta, pero se practica todos los días en el Gobierno Regional, en las municipalidades provinciales y distritales:
“si no obedeces, te saco”.

Eso no es mala suerte. Es un modelo. Un modelo que nunca pensó a Loreto como región con futuro, sino como territorio administrable y mano de obra disciplinable.

Cuando el empleo público se convierte en mecanismo de sometimiento

Cuando el Estado —a través del gobierno regional y los municipios— es el principal empleador, y ese Estado está capturado por políticos corruptos, el trabajador deja de ser ciudadano y se convierte en rehén. El empleo ya no es resultado de mérito ni de concurso: es premio por lealtad o castigo por incomodidad.

Ahí quedan atrapados miles de jóvenes profesionales. No entran al sistema para transformar nada, sino para sobrevivir. Terminan siendo colaboradores involuntarios de gestiones que saben que son corruptas, pero de las que dependen para pagar el alquiler o sostener a su familia. Callan, firman, miran al costado. No por convicción, sino por miedo.

Por eso legislar por Loreto empieza por romper ese chantaje. Se necesitan leyes que protejan al trabajador del despido arbitrario, que sancionen el uso político del empleo público y que obliguen a concursos reales, transparentes y fiscalizables.

Pero seamos claros: dignidad no es impunidad. Derechos sí, pero también deberes. Trabajo digno no es trabajo sin esfuerzo ni sin responsabilidad. Especialmente en los jóvenes, el mensaje debe ser claro: el Estado protege, pero no reemplaza el compromiso personal ni el desempeño profesional.

Romper la dependencia no basta si no se crean alternativas reales. Loreto no puede vivir eternamente de contratos temporales ni de planillas infladas en gobiernos regionales y municipalidades. El Congreso tiene la obligación de impulsar leyes que creen fuentes de trabajo, no solo puestos precarios.

Agroindustria amazónica, pesca con valor agregado, turismo sostenible, ciencia, biotecnología, energías y servicios ambientales no son discursos bonitos para foros. Son sectores posibles si existen reglas claras, inversión sostenida y decisión política que no se arrodille ante intereses cortoplacistas.

Desarrollo no es discurso, es infraestructura

Sin energía estable no hay industria.
Sin conectividad real no hay mercado.
Sin agua potable ni transporte adecuado no hay vida digna, menos aún producción.

La infraestructura no es gasto. Es condición mínima. Una región aislada no se desarrolla por voluntad ni por discursos, sino por inversión estratégica. Legislar por Loreto implica garantizar energía suficiente, conectividad digital y fluvial real, y servicios básicos tanto para zonas urbanas como rurales.

Nada de esto funciona sin personas preparadas para sostenerlo. Hoy la educación expulsa: forma jóvenes para irse, no para quedarse. Repite Lima en la Amazonía y luego se sorprende de la frustración, del desempleo y de la fuga de talento.

Educar en Loreto debería significar preparar a la gente para su propio territorio. Secundarias articuladas con formación técnica, universidades alineadas con el desarrollo regional, una apuesta seria por ciencia e innovación amazónica. No folclore educativo. Futuro concreto.

Legislar es decidir qué región queremos ser

Nada de esto sirve si va por separado. Sin visión, las leyes se contradicen y el futuro se improvisa. El verdadero trabajo legislativo es ordenar todo en una sola dirección: qué tipo de región queremos, qué producimos, cómo generamos empleo, cómo formamos a nuestra gente y qué infraestructura lo hace posible.

Eso no es retórica. Es una ley marco con visión estratégica.

Un diputado por Loreto no debe ser gestor de favores, operador del gobernador, empleado del partido ni traficante de puestos en municipalidades. Debe ser defensor del trabajador, arquitecto de un nuevo modelo, fiscalizador incómodo y voz firme de la Amazonía.

Legislar por Loreto no es hablar bonito.
Es cambiar leyes que hoy producen pobreza.
Es acabar con el chantaje laboral.
Es crear trabajo digno.
Es invertir para producir.
Es educar con sentido amazónico.
Es pensar el futuro, no la próxima elección.

Loreto no necesita más discursos.
Necesita reglas nuevas
Y para eso existe el Congreso.

Alberto Vela

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