“NO ME GUSTA LA POLÍTICA” - PARTE II: CUANDO LO DICEN DESDE UNA POSICIÓN COMODA

En el recorrido de campaña hay una frase que aparece con frecuencia sospechosa: “no me gusta la política”. No la dice quien está al borde del abismo. La dice, muchas veces, quien ya logró ponerse a salvo. Tiene trabajo, ingresos más o menos estables, redes que amortiguan los golpes. Puede defenderse en la vida. Y desde ahí, decide retirarse.

No es lo mismo decir que no te gusta la política desde la precariedad que hacerlo desde la estabilidad. No pesa igual. No significa lo mismo. Cuando alguien tiene cómo pagar una clínica, un contacto que destraba un trámite, un ahorro que cubre una crisis, y aun así afirma que la política no le interesa, ya no estamos hablando solo de cansancio. Estamos hablando de comodidad protegida.

Es la lógica simple y brutal del: “mientras a mí no me falte nada, el resto es ruido”. Eso tiene nombre, aunque incomode decirlo: egoísmo. No el egoísmo caricaturesco del que roba, sino uno más prolijo, más educado, envuelto en lenguaje neutro, a veces incluso tecnocrático. Pero egoísmo al fin.

El privilegio de poder ser indiferente

La indiferencia política no está distribuida de manera pareja. Nunca lo estuvo. El pobre no puede ignorar al Estado. El informal no puede escapar de la arbitrariedad. El territorio abandonado no puede “desconectarse” del poder porque lo sufre todos los días. Para millones, la política no es una opción: es una condición de supervivencia.

Quien puede decir “no me gusta la política” sin que su vida colapse, ya goza de una ventaja estructural. Su frase es, en el fondo, una declaración implícita: el sistema funciona lo suficiente para mí. No perfecto, no justo, pero tolerable. Y cuando algo es tolerable para uno, se vuelve invisible el costo que pagan otros.

Por eso esta indiferencia no es inocente. Es un privilegio. Y como todo privilegio, tiende a naturalizarse. No se vive como injusticia, sino como normalidad. Como sentido común.

Del ciudadano al usuario del sistema

Este tipo de egoísmo es particularmente peligroso porque no viene acompañado de mala conciencia. No hay culpa ni cinismo explícito. Se justifica con frases gastadas: “todos son corruptos”, “nada cambia”, “yo me concentro en lo mío”, “cada uno se salva como puede”. Así, el ciudadano deja de pensarse como parte de un proyecto común y pasa a verse como usuario del sistema.

Mientras funcione para mí, aunque sea a medias, no lo cuestiono. No lo discuto. No lo defiendo como bien común. Solo lo uso. Y cuando muchos hacen eso, ocurre algo grave: la política queda capturada por extremos, la representación se empobrece, las mayorías vulnerables se quedan solas y el Estado deja de ser un espacio compartido para convertirse en botín.

No hace falta mala intención. El daño se produce igual. El egoísmo individual, sumado, se convierte en irresponsabilidad social.

Cuando el bienestar relativo se vuelve posición política

Hay una frase que casi nunca se dice en voz alta, pero que explica muchas cosas. Lo que en realidad se quiere decir no es “no me gusta la política”, sino algo más honesto: “el costo de que la política funcione no quiero pagarlo yo”. Impuestos, redistribución, regulación, solidaridad territorial. Todo eso incomoda cuando uno ya está relativamente cómodo.

En un país profundamente desigual como el Perú, estar bien no es solo mérito personal. Es también resultado de reglas, decisiones y ausencias del Estado. Desentenderse cuando uno está a salvo no es neutral. Consolida el orden que dejó a otros fuera.

Podemos decirlo sin rodeos. Cuando el rechazo a la política nace del agotamiento, es comprensible. Cuando nace del bienestar relativo, es egoísmo cívico. No grita, no roba, no oprime directamente. Pero se beneficia del silencio.

Decir que no te gusta la política cuando estás económicamente a salvo no es neutralidad.
Es el privilegio de la indiferencia.
Y en países desiguales, ese privilegio siempre tiene víctimas.

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