“NO ME GUSTA LA POLÍTICA” – PARTE I

En mí recorrido siempre hay una frase que aparece con una frecuencia inquietante: “no me gusta la política”. La escucho en mercados, en paraderos, en oficinas públicas, hasta en jovenes, en conversaciones que empiezan con cordialidad y terminan en repliegue. No es una frase agresiva. Es blanda. Y justamente por eso, eficaz.

Casi nunca expresa una postura ideológica. Expresa cansancio. Decepción. La sensación de haberse acercado alguna vez y haber salido perdiendo. Para muchos, la política es algo que prometió y no cumplió, que pidió confianza y devolvió burla. Decir que no gusta es una manera educada de retirarse sin discutir.

Es una frase socialmente aceptable. Nadie la cuestiona. Funciona como un “no es lo mío” aplicado a la vida pública. Elegante, incluso. Pero también evasiva: convierte un problema colectivo en una preferencia personal, como si el deterioro del país fuera una opción de consumo y no una condición compartida.

Hay otra frase que se escucha menos, pero dice más: “no me interesa lo que pasa con la vida de mi país, me preocupa la mía”. Aquí ya no hay fastidio, hay indiferencia declarada. El país deja de ser un proyecto común y pasa a ser ruido de fondo. Algo que ocurre afuera mientras cada quien intenta salvar su propio día.

Es más honesta, sí. Pero también más grave. No dice “me cansé”. Dice “no me importa”. Y cuando esa frase aparece, lo que se rompe no es una simpatía política, sino el vínculo mínimo que sostiene la idea de comunidad.

La ilusión de que la política es algo externo

Ambas frases, aunque suenen distintas, comparten el mismo corazón: la negación de que la política atraviesa la vida cotidiana. Quien las pronuncia afirma, sin decirlo, que es posible vivir al margen de las decisiones colectivas. Que el salario, el hospital, la escuela, el transporte o el precio de los alimentos son asuntos privados, desconectados del orden público.

Esa idea es falsa, pero tranquilizadora.

Decir “no me gusta la política” o “solo me preocupa mi vida” parece neutral. No lo es. En sociedades desiguales, la neutralidad siempre favorece al que ya manda. El que se retira no sale del juego: pierde voz dentro de él. No participar no congela la política; la inclina.

Hay, sin embargo, una diferencia que importa. Decir que no gusta la política suele ser cansancio, hartazgo, fastidio. Todavía deja una puerta entreabierta. Decir que no importa la vida del país es rendición. Es cerrar la puerta y bajar la cortina.

¿Por qué hoy suenan cada vez más parecidas? Porque la política dejó de presentarse como herramienta de transformación y empezó a vivirse como amenaza cotidiana. No protege, no ordena, no cuida. Sube precios, precariza la vida, expulsa derechos. Entonces la gente no se vuelve apática: se vuelve defensiva. Reduce su mundo para sobrevivir.

Cuando la retirada se confunde con libertad

Dicho sin rodeos: ninguna de estas frases expresa autonomía. “No me gusta la política” y “solo me preocupa mi vida” no son rechazo a la política. Son la prueba de que la política ya decidió sobre tu vida sin ti.

No son frases de libertad individual. Son frases de derrota social normalizada.

Y cuando una sociedad normaliza su derrota, el poder deja de necesitar consenso. Le basta el cansancio ajeno. Le basta el silencio. Le basta que cada quien se ocupe de lo suyo mientras el país sigue siendo decidido por otros.

Alberto Vela

Comentarios

  1. Somos seres Políticos! ... Sin duda alguna. La política, nuestra política es nuestra forma de pensar, ver y desear mejoras para mí familia, mi entorno, y por supuesto para mí persona. Nuestras mejoras están en relación directa a tu entorno, si mejoras todos mejoran.
    Las mejoras que uno puede desear tambien guardan relación con la situación de un país, una nación. Por tanto, puedo ser indiferente al sistema, pero esa actitud es egoísta a mi entorno! ..

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