DEMOCRACIA EN EL PERÚ: LA LECCIÓN QUE NO APRENDIMOS TRAS LA ELECCIÓN DE PEDRO CASTILLO
Democracia es aceptar lo que no te gusta
La lección que el Perú no quiso aprender tras la
elección de Pedro Castillo
En el Perú confundimos democracia con simpatía. Creemos que
es democrático lo que nos gusta.
Lo que coincide con nuestra visión del mundo. Lo que encaja con nuestro molde
mental de cómo debe verse un presidente.
Y cuando no nos gusta… entonces deja de ser democracia.
NO ERA MI CANDIDATO. ERA EL PRESIDENTE.
Pedro Castillo no era mi candidato. No encajaba en el perfil
que yo imaginaba para gobernar el país. No representaba mis estándares técnicos
ni mis expectativas políticas. Pero una cosa es el gusto personal. Y otra muy
distinta es el principio democrático.
Castillo pasó a segunda vuelta. Castillo ganó una elección. Castillo
fue proclamado Presidente constitucional por el voto popular.
Y en una democracia eso no es un detalle. Es el núcleo del
sistema.
LA PRUEBA REAL DE UN DEMÓCRATA
Ser demócrata no es celebrar cuando gana tu candidato. Eso
lo hace cualquiera. Ser demócrata es aceptar el resultado cuando pierde el
tuyo. Y más aún: respetar al que ganó aunque no te represente.
Desde el primer día, el gobierno de Castillo fue tratado no
como un gobierno legítimo con errores —que los tuvo— sino como una anomalía que
debía corregirse. No se le evaluó políticamente.
Se le combatió estructuralmente. No se le fiscalizó.
Se le sitió.
Hubo errores, improvisaciones y decisiones cuestionables.
Por supuesto. Pero en democracia los gobiernos se corrigen con oposición firme,
con control constitucional y finalmente con elecciones.
No con una guerra permanente para impedir que gobiernen. Cuando
el sistema se activa no para controlar sino para impedir, ya no estamos ante
una dinámica democrática saludable. Estamos ante una democracia condicionada.
EL PREJUICIO SOCIAL QUE NADIE QUISO ADMITIR
Aquí ocurrió algo más profundo que un conflicto político. Una
parte del país —no solo élites tradicionales, sino también sectores populares—
nunca terminó de aceptar que un maestro rural, sin apellido histórico ni
padrinazgos limeños, llegara al poder.
Y esto es lo más revelador.
Incluso personas que viven del día a día, que también
padecen exclusión estructural, se resistían emocionalmente a aceptar su
presidencia.
¿Por qué?
Porque durante décadas se nos enseñó que gobernar es
privilegio de ciertos perfiles. Que el poder tiene un “aspecto” determinado. Que
hay gente que puede aspirar… pero no gobernar.
Eso no es derecha ni izquierda. Eso es cultura política
excluyente. Y esa cultura es más fuerte que cualquier ideología.
DEMOCRACIA NO ES ESTÉTICA. ES PROCEDIMIENTO.
La democracia no se basa en si el presidente habla bonito. Ni
en si tiene doctorados. Ni en si tranquiliza a los mercados.
Se basa en reglas.
Si esas reglas permiten que alguien llegue al poder por el
voto popular, entonces la única salida democrática es dejarlo gobernar dentro
del marco constitucional, fiscalizarlo con firmeza y reemplazarlo en elecciones
si fracasa.
Lo que no es democrático es convertir cada derrota electoral
en una conspiración permanente para revertirla. Porque cuando normalizamos eso,
el mensaje es devastador:
“El voto vale… siempre que gane el correcto.”
Y esa frase, aunque no se diga en voz alta, es el principio
de la erosión institucional.
EL PRECEDENTE PELIGROSO
El episodio Castillo —más allá de su desenlace, sus errores
y su caída— dejó una advertencia que el Perú todavía no asume.
Si el precedente es que se puede bloquear, vacar o
deslegitimar sistemáticamente a quien incomoda al poder real, entonces ningún
gobierno futuro estará a salvo: Ni de derecha. Ni de izquierda. Ni técnico. Ni
popular. Porque el problema ya no será el gobernante.
Será el sistema.
Y un país donde el voto es solo un trámite y el poder real
se decide en otros espacios no es una democracia sólida. Es una democracia
tutelada.
DEMOCRACIA NO ES FANATISMO
Defender el principio democrático no te convierte en fan de
nadie. Yo no fui fan de Castillo.
Pero sí soy defensor del orden constitucional y del respeto al voto popular.
Esa diferencia es fundamental.
Cuando reducimos todo a simpatías personales, perdemos la
capacidad de análisis institucional. Y cuando perdemos eso, dejamos de pensar
como ciudadanos y empezamos a reaccionar como hinchadas.
Y un país gobernado por hinchadas nunca será un país
estable.
LA LECCIÓN QUE EL PERÚ AÚN DEBE APRENDER
Si de verdad queremos un Perú democrático, debemos empezar
por algo incómodo: Aceptar que en democracia puede ganar quien no nos gusta. Y
que el camino para cambiar eso no es la obstrucción permanente, sino la
competencia política honesta.
La madurez democrática no se mide cuando todo nos favorece. Se
mide cuando aprendemos a respetar lo que no elegimos.
Esa es la lección.
Y el Perú todavía está en proceso de aprenderla.
CIERRE INCÓMODO
Tal vez el problema nunca fue Pedro Castillo.
Tal vez el problema fue que el Perú descubrió que su democracia era más frágil
de lo que creía.
Porque cuando un país solo acepta presidentes que le
resultan cómodos, no tiene democracia: tiene un filtro social de admisión al
poder. Y mientras no entendamos que el voto no es decorativo sino vinculante
—aunque el resultado nos incomode, nos moleste o nos irrite— seguiremos
llamando democracia a lo que en realidad es una tolerancia selectiva al poder.
Desde el Diván Nacional lo digo sin fanatismos y sin
camisetas: el día que aprendamos a respetar al presidente que no nos gusta,
recién ese día podremos decir que somos una República madura.






Comentarios
Publicar un comentario