SOMOS PERÚ YA GANÓ: EL MITIN DE AYER LO DICE TODO
Claro que sí. Ya está.
Anoche quedó zanjada la elección. No hacen falta urnas, ni cédulas, ni conteo
de votos. Bastó con tres horas ininterrumpidas de cohetes, una caravana
interminable de motocarros y un océano de polos rojos recién salidos del
milagro textil para confirmar lo evidente: Somos Perú ya ganó. ¿Cómo no
creerlo?
Anótenlo en actas, ahórrense el gasto de las elecciones y
apaguen las ánforas. Ayer, entre cohete y cohete, quedó claro que Somos Perú
ya ganó. No por votos —detalle menor— sino por decibeles, metros cuadrados
de escenario y horas continuas de estruendo patriótico.
Porque en el Perú moderno las campañas no se miden en
propuestas, sino en cuántos motocarros caben entre el aeropuerto y la plaza.
Y anoche cupieron miles. Todos perfectamente coordinados, vestidos de rojo
idéntico, como si la espontaneidad ciudadana tuviera un departamento de
logística, otro de vestuario y uno más de pirotecnia pesada.
Nada de eso ocurre “de manera natural”, claro. Pero ¿quién
dijo que la política tenía que ser natural? Esto no fue una reacción popular;
fue una movilización organizada, una coreografía impecable donde cada
participante sabía cuándo llegar, qué ponerse y cuándo aplaudir. El pueblo,
cuando se organiza así, suele hacerlo con orquesta incluida.
Se invirtió mucho dinero y/o mucha capacidad logística.
Mucha. Demasiada como para pensar que fue producto del sencillo aporte
voluntario del militante promedio peruano, ese ciudadano legendario que apenas
llega a fin de mes pero siempre tiene fondos para alquilar escenarios
monumentales y reventar miles de cohetes durante tres horas seguidas.
Pero no seamos malpensados. Todos sabemos que ningún
partido en el Perú tiene militantes tan solventes, ni siquiera tan
entusiastas, como para sostener campañas de alto presupuesto solo con aportes
propios. Tampoco pasa nada: siempre existen los “amigos”, los “colaboradores”,
los “convencidos”, esas almas generosas que creen en la política con la misma
fe con la que otros creen en los intereses futuros.
Los gastos, por supuesto, se declaran. Se declaran siempre.
Tal vez no coincidan exactamente con lo que el ojo vio, el oído escuchó y la
plaza soportó, pero coinciden lo suficiente como para que las entidades
reguladoras sigan practicando su deporte favorito: la vista gorda.
Tradición nacional que no discrimina colores partidarios.
Y ojo: todo esto no demuestra apoyo ciudadano genuino en
proporción directa. Demuestra capacidad de aparato político, que no es
poca cosa. Pero la historia electoral —esa aguafiestas incorregible— insiste en
recordarnos que los grandes mítines no garantizan victoria. Gritan
mucho, sí. Convencen poco. Y el voto, necio como es, se decide en silencio.
Mientras tanto, en el otro extremo del mapa político, ocurre
algo casi subversivo: campañas que no hacen ruido. Campañas sin
caravana, sin cohetes, sin orquesta. Campañas que no llegan al aeropuerto, pero
sí a la puerta de las casas. Campañas franciscanas, misias, peligrosamente
modestas.
Ahí anda la campaña del Partido del Buen Gobierno. Y
sí, también la mía.
Una campaña que no moviliza multitudes porque no puede —ni quiere—.
Una campaña cuyo mayor lujo es imprimir ideas y gastar suela.
Una campaña donde no hay polos para todos, pero sí tiempo para escuchar.
No tenemos escenario gigante, así que hablamos a ras de
suelo.
No tenemos orquesta, así que la voz alcanza hasta donde alcanza.
No tenemos miles de cohetes, pero tampoco miles de compromisos pendientes.
Es una campaña sospechosa, casi antisistema, porque no
debe favores, no promete devoluciones y no confunde el ruido con el
respaldo. Una campaña que apuesta a algo anticuado: que la gente piense antes
de votar.
Tal vez por eso no se nota.
Tal vez por eso no sale en fotos aéreas.
Tal vez por eso no parece haber ganado ya.
Pero conviene recordarlo: las elecciones no las ganan los
mítines, las ganan los votos. Y esos, por suerte, todavía no se transportan
en motocarro ni se encienden con cohetes.
Así que sí, celebremos el mitin.
Celebremos el espectáculo.
Celebremos que algunos ya se sienten vencedores.
Mientras tanto, otros seguimos caminando.
En silencio.
Sin pirotecnia.
Con la peligrosa costumbre de creer que gobernar empieza después del ruido.
Alberto Vela




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