QUIERES PROGRESO Y BIENESTAR, PERO NO TE GUSTA LEER LO QUE ENTREGAN PETROPERÚ Y LOS RECURSOS ESTRATÉGICOS DEL PAÍS

Se exige progreso, se reclama bienestar y se maldice el costo de vivir, pero se evita mirar —y leer— las decisiones que hacen posible esa precariedad. Petroperú no es solo una empresa: es el termómetro de cuánto estamos dispuestos a renunciar a decidir como país, y en Loreto, ese desinterés tiene consecuencias directas y cotidianas.

En Loreto esta discusión no es teórica. Es existencial.

Aquí, donde el Estado llega por río y por avión, donde la energía es cara, donde el combustible define si hay alimentos, transporte, producción o simplemente vida cotidiana, hay quienes claman por desarrollo y bienestar mientras aplauden —o toleran— la entrega de la soberanía energética del país. Quieren progreso, pero aceptan sin rubor que el Perú deje de decidir sobre lo que mueve su economía.

Esa contradicción no es ingenua. Es peligrosa.

El problema es que SIN SOBERANÍA NO HAY DESARROLLO: HAY ALQUILER DEL PAÍS.

Porque cuando no controlas:

  • tu energía,
  • tus recursos estratégicos,
  • tu infraestructura crítica,
  • tus territorios,

no decides tu futuro: LO EJECUTAS PARA OTROS.

Y Petroperú es el ejemplo más claro de esta ceguera inducida.

Durante años la empresa fue saqueada políticamente: gobiernos mediocres, directorios puestos a dedo, decisiones técnicas sometidas a intereses privados, endeudamiento mal diseñado y un cerco regulatorio que parecía hecho a propósito para asfixiarla. Cuando el daño estuvo hecho, apareció el discurso moralista: "no sirve, hay que venderla".

Entonces la indignación se desvió hacia donde convenía.

Se azuza a la gente contra los supuestos “sueldos altos” de trabajadores y técnicos que sí producen —ingenieros, operadores, personal especializado—, mientras se guarda silencio frente a un Congreso que no produce nada, que legisla contra el interés nacional y que cuesta al país millones cada mes. Congresistas que ganan cerca de 50 mil soles mensuales para facilitar privatizaciones, debilitar al Estado y abrirle la puerta al remate del país.

Eso no es lucha contra la corrupción. Eso es administrar la entrega.

Privatizar Petroperú no castiga a los responsables del desastre. Los premia. Ninguno de los políticos que la usaron como botín irá preso. Ninguno devolverá lo mal hecho. Pero Loreto —y el país entero— perderá una herramienta clave para decidir precios, abastecimiento y política energética.

Para Loreto esto no es abstracto. Significa combustibles más caros, mayor dependencia de privados que no responden a ningún interés regional y menos capacidad del Estado para intervenir cuando el mercado simplemente no llega. Significa seguir siendo periferia extractiva y mercado cautivo, nunca sujeto de decisión.

Nos vendieron la idea de que la soberanía es un lujo de países ricos, cuando en realidad los países ricos lo son porque la defendieron. Chile cuida su cobre. Brasil su energía. México su petróleo. Noruega construyó su bienestar sobre un fondo soberano, producto del petroleo, que nadie se atreve a tocar.

Aquí, en cambio, se aplaude al que entrega todo y se tilda de “retrógrado” al que pregunta algo elemental: ¿para quién es o será el desarrollo?

Y ojo: no es solo ignorancia. Hay algo más duro y más profundo: UNA PEDAGOGÍA DEL SOMETIMIENTO.

Décadas repitiendo que el Estado estorba, que lo público es sinónimo de corrupción, que lo nacional es ineficiente y que lo extranjero siempre es mejor. Así se logra que la gente pida prosperidad… renunciando a decidir. Que reclame bienestar, pero acepte perder el control de su energía, su territorio y su futuro.

En Loreto esa pedagogía ha sido brutal. Nos acostumbraron a no decidir nada: ni qué producimos, ni cómo nos integramos, ni cuánto cuesta vivir. Solo consumir lo que otros traen, al precio que otros ponen.

El resultado de este camino es claro: un país con crecimiento sin control, inversión sin proyecto y bienestar sin dignidad. UN PAÍS QUE AVANZA, SÍ, PERO AMARRADO A UNA CUERDA QUE OTROS JALAN.

El bienestar sin soberanía es frágil. Dura lo que dura el ciclo de precios o la conveniencia del inversionista. No es proyecto de país; es subasta permanente.

Por eso el debate real no es Petroperú sí o no. El debate es si Loreto seguirá siendo un territorio administrado desde afuera o si empezará a exigir control sobre las decisiones que definen su vida cotidiana.

Indignarse con el sueldo del trabajador es fácil. Señalar al político que entrega el país exige coraje.

Y mientras no lo hagamos, seguiremos pidiendo desarrollo con una mano… mientras con la otra firmamos la renuncia a la soberanía.

Y aquí va la interpelación directa, sin rodeos, al loretano de a pie: cuando ves una noticia sobre la privatización de Petroperú y pasas de largo, cuando decides no leer, no opinar o no incomodarte porque “eso es muy técnico” o “eso no me afecta”, alguien más está decidiendo por ti. Está decidiendo cuánto pagarás por el combustible, cuánto costará llevar alimentos por el río, si habrá energía para producir o solo para sobrevivir. El silencio también es una forma de entrega. Y en Loreto, donde todo depende de la energía y del territorio, mirar al costado no es neutralidad: es permitir que otros sigan jalando la cuerda mientras tú caminas creyendo que avanzas.

Alberto Vela

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