NO ES SOLO EL PETRÓLEO: ES EL FIN DE LA OBEDIENCIA GLOBAL A EE.UU.

(No escribo por coyuntura ni por reflejo. No escribo para satisfacer expectativas ajenas ni para responder al ritmo de la indignación inmediata. Y, sobre todo, no escribo para cumplir con la ansiedad de quienes confunden la lucidez con urgencia.

Lo digo porque un amigo —con ciertas palabras no inocentes— me dijo: “Pronta recuperación, estamos esperando con ansias tu escrito sobre el cobarde ataque a Venezuela”.
Sonreí. No por acuerdo, sino por comprensión. Comprensión de algo más profundo: no todos escribimos desde el mismo tiempo.)

Venezuela como síntoma de un mundo que deja de responder por coerción. EE.UU. se encuentra sumido en una profunda crisis neurótica.

No hay que darle muchas vueltas.

El petróleo puede ser el motivo inmediato, pero lo que está en juego en Venezuela es mucho más grande: el choque entre un poder, el estadounidense, que pierde control y un mundo que ya no acepta dueños.

Lo ocurrido alrededor de Venezuela no es una operación cuidadosamente planificada por EE.UU. para traer estabilidad, ni una cruzada moral contra un gobierno supuestamente impopular. Es, ante todo, UNA DEMOSTRACIÓN PARA LA TRIBUNA. Un acto de fuerza pensado para exhibirse, no para resolver nada.

Y las demostraciones para la tribuna suelen aparecer cuando el poder empieza a sentirse inseguro.

ESTADOS UNIDOS NO ACTÚA ASÍ DESDE LA CONFIANZA, SINO DESDE LA ANSIEDAD

Durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, Estados Unidos ejerció su poder desde una posición de comodidad estructural. Podía intervenir, sancionar, presionar diplomáticamente o incluso invadir países sin enfrentar costos sistémicos graves. El mundo era, en los hechos, unipolar, solo EE.UU. ponía las reglas. No había un rival económico comparable, no había un contrapeso tecnológico real y no había un bloque de países capaz de desafiar su centralidad financiera y militar.

Ese mundo ya no existe.

Hoy, cada decisión coercitiva tiene consecuencias. Cada sanción genera reacciones. Cada amenaza acelera la búsqueda de alternativas. Eso es un cambio profundo, y Washington lo sabe.

EL ASCENSO DE CHINA NO ES RETÓRICO, ES MATERIAL

China no desafía a Estados Unidos con discursos, sino con hechos concretos:

  • Es la principal potencia manufacturera del planeta.
  • Es el mayor socio comercial de la mayoría de países del mundo.
  • Ha desarrollado autonomía tecnológica en sectores clave.
  • Tiene capacidad financiera para invertir a gran escala sin condiciones políticas explícitas.
  • Construye infraestructura real, no solo influencia simbólica.

Esto no es una amenaza militar directa, pero sí algo más inquietante para un hegemón: una pérdida gradual de centralidad.

China no necesita derribar a Estados Unidos. Solo necesita no depender de él. Y eso ya está ocurriendo.

EL MUNDO MULTIPOLAR LIMITA EL MARGEN DE COERCIÓN

En un mundo unipolar, sancionar funcionaba para EE.UU. porque:

  • no había mercados alternativos,
  • no había financiamiento alternativo,
  • no había sistemas de pago alternativos.

En un mundo multipolar:

  • las sanciones pierden eficacia,
  • el castigo se diluye,
  • la coerción genera alianzas defensivas.

Por eso, cuando Estados Unidos recurre cada vez más a la amenaza y a la demostración de fuerza, no es porque tenga más poder, sino porque tiene menos capacidad de imponer obediencia automática.

Eso es ansiedad estratégica.

LA PÉRDIDA DE OBEDIENCIA DE LOS ALIADOS ES CLAVE

Otro factor central del nerviosismo estadounidense es que sus aliados ya no responden como antes.

Europa está agotada económica y políticamente.
Asia aliada teme convertirse en campo de batalla.
América Latina ya no actúa como bloque disciplinado.

Los aliados acompañan, pero ponen condiciones, dudan, negocian, demoran. Eso es algo nuevo para una potencia acostumbrada a liderar sin cuestionamientos.

Cuando el liderazgo se debilita, el poder tiende a sobreactuar.

VENEZUELA NO CAUSA ESTE CAMBIO, LO EXPONE

Aquí es fundamental ser claros:
Venezuela no provocó esta transformación global.

El ascenso de China, la multipolaridad, el desgaste del sistema de sanciones y la fragmentación del orden internacional no nacieron en Caracas. Son procesos estructurales que vienen de lejos.

Venezuela simplemente quedó atrapada en una zona de fricción entre:

  • un poder que ya no controla como antes,
  • y un mundo que ya no acepta tutelas.

LAS INVERSIONES CHINAS NO VIOLAN NINGUNA NORMA

China invierte en Venezuela, sobre todo en energía, porque:

  • hay recursos,
  • hay acuerdos bilaterales,
  • hay soberanía reconocida.

Eso no viola ningún tratado internacional.
No viola la Carta de la ONU.
No viola el derecho del comercio internacional.

Es soberanía económica, algo que todos los Estados tienen derecho a ejercer.

El problema no es legal.
Es histórico y psicológico.

EL “PATIO TRASERO” COMO HÁBITO DE PODER

Durante décadas, Estados Unidos actuó en América Latina bajo una lógica no escrita pero muy clara: la región era su zona de influencia natural. Esa costumbre nunca fue derecho internacional.
Fue poder.

Cuando otros actores —China, Rusia, incluso bloques regionales— entran en ese espacio sin pedir permiso, no están violando leyes, están rompiendo una costumbre de dominio. Y eso es lo que resulta inaceptable para Washington. No porque sea ilegal.
Sino porque demuestra que el mundo ya no funciona como antes, como EE.UU. quiere y ordena.

LA REACCIÓN TÍPICA DEL PODER DE EE.UU. EN DECADENCIA

La historia muestra un patrón claro: cuando una potencia siente que pierde control estructural, suele reaccionar con:

  • gestos de fuerza desproporcionados,
  • lenguaje más agresivo,
  • desprecio por reglas que antes defendía,
  • necesidad de escenificar autoridad.

Eso no es seguridad. Es miedo a la irrelevancia.

Conclusión

Estados Unidos no actúa así porque esté fuerte, sino porque ya no puede actuar como antes.
No porque Venezuela sea decisiva, sino porque China sí lo es.
No porque se violen leyes, sino porque se rompen viejas jerarquías.

Alberto Vela

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