MANIFIESTO POR UNA PATRIA DIGNA Y SOBERANA (Contra la política del arreglo y a favor de la República)
(Contra la política del arreglo y a favor de la República)
El Perú no está en crisis: está secuestrado.
Secuestrado por una política que dejó de ser servicio público para convertirse
en actividad extractiva, tan depredadora como la minería ilegal y tan
silenciosa como el lobby nocturno. El problema no es solo quién gobierna, sino cómo
y para qué se gobierna.
Este manifiesto nace como negación frontal de esa práctica.
No es una promesa, es una posición ética y política. No ofrece milagros,
ofrece reglas. No promete salvadores, convoca ciudadanos.
I. Principio fundador: la política no es botín
El poder no es premio, es carga.
El cargo no es oportunidad, es responsabilidad.
El Estado no es negocio, es bien común.
Quien entra a la política para enriquecerse, para escalar
socialmente o para “aprovechar mientras se pueda”, no es político: es
operador. Y el Perú ya tuvo demasiados.
Por eso afirmamos:
👉 La primera reforma es moral, no
administrativa.
II. Honestidad demostrable como condición, no como
discurso
La honestidad no se proclama: se prueba.
Un político digno:
- Llega
al poder con una vida económica explicable.
- Se
va del poder con la misma sobriedad con la que llegó.
- No
necesita justificar patrimonios súbitos ni amistades providenciales.
Proponemos:
- Transparencia
patrimonial total y permanente.
- Auditoría
pública de bienes antes, durante y después del cargo.
- Inhabilitación
política inmediata ante incrementos no justificados.
En la República que defendemos,
👉 quien no puede explicar su pasado, no
merece decidir el futuro.
III. Independencia real del dinero: sin acreedores, hay
soberanía
No hay patria digna si el gobierno responde a financistas
ocultos.
No hay soberanía si las leyes se escriben en oficinas privadas.
Rechazamos:
- El
financiamiento político encubierto.
- Las
campañas millonarias sin explicación.
- Las
reuniones en la sombra con intereses en conflicto.
Defendemos:
- Campañas
austeras y fiscalizadas.
- Separación
estricta entre poder político y poder económico.
- Un
Estado que regula, no que obedece.
La empresa honesta no necesita favores.
La que los exige, no es socia del desarrollo, sino del atraso.
IV. Vocación de Estado: gobernar para durar, no para huir
El político republicano no gobierna pensando en la próxima
elección, sino en la siguiente generación.
Por eso:
- Fortalece
instituciones aunque no las controle.
- Respeta
la ley incluso cuando lo limita.
- Acepta
la fiscalización como deber democrático.
Rechazamos el caudillismo, el atajo, la excepción
permanente.
El poder sin límites degenera siempre en abuso.
V. La ley como escudo del ciudadano, no como arma del
poderoso
La ley no es obstáculo del cambio: es su garantía.
Nos oponemos:
- A
las leyes con nombre propio.
- A
las excepciones “por única vez”.
- A la
norma interpretada según conveniencia política.
Defendemos:
- Igualdad
ante la ley.
- Seguridad
jurídica para el ciudadano común.
- Estado
fuerte frente al poderoso, no servil ante él.
Una patria digna no se construye con leyes flexibles para
los fuertes y rígidas para los débiles.
VI. Soberanía sin estridencia, firmeza sin populismo
La soberanía no se grita: se ejerce.
Implica:
- Defender
recursos estratégicos con inteligencia, no con slogans.
- Negociar
con el mundo sin entregar el Estado.
- Rechazar
toda forma de captura extranjera o local.
No creemos en el nacionalismo de micrófono ni en la entrega
silenciosa.
Creemos en un país que decide por sí mismo, con reglas claras y
dignidad.
VII. Descentralización con control, no con licencia
La autonomía regional no puede ser permiso para robar más
cerca.
Proponemos:
- Control
real del gasto regional.
- Responsabilidad
política efectiva.
- Fin
de la victimización como coartada.
La descentralización debe acercar derechos, no multiplicar
feudos.
VIII. El ciudadano: del espectador al protagonista
Nada de esto será posible sin un ciudadano activo.
El silencio también vota. La indiferencia también gobierna.
Convocamos:
- A
no normalizar la corrupción.
- A
castigar al mal político con el voto y con la memoria.
- A
exigir decencia como mínimo, no como favor.
Un pueblo resignado es el mejor aliado del corrupto.
Un pueblo exigente es su peor enemigo.
IX. Advertencia final
Este manifiesto no garantiza ganar elecciones.
Garantiza algo más importante: no perder el país.
Porque la República no se cae de golpe:
se descompone cuando aceptamos que “todos son iguales” y seguimos votando
igual.
Cierre
Creemos en una patria:
- donde
el poder no se negocia de madrugada,
- donde
la política no se ejerce con capucha,
- donde
el Estado no es botín,
- donde
la dignidad no es consigna, sino práctica.
Este manifiesto no es para todos.
Es para quienes entienden que sin ética no hay soberanía, y sin ciudadanos
no hay República.
Alberto Vela



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