JERÍ: UN CHIFITA TAIPA Y LA VERGÜENZA DE UNA REUNIÓN EN LA SOMBRA

No existe democracia posible cuando quien ejerce el poder huye de la institucionalidad. Y no existe explicación creíble cuando el supuesto jefe del Ejecutivo decide comportarse como aquello que la Constitución precisamente busca evitar: un poder personal, opaco y sin control.

Que José Jerí —en su condición de quien hace las veces de presidente de la República— haya decidido reunirse de noche, encapuchado, sin registro oficial, en un chifa de San Borja, con un empresario chino que le debe millones de dólares al Estado peruano, no es una anécdota pintoresca ni un “error”. Es una conducta políticamente inadmisible y jurídicamente alarmante.

La pregunta no es menor ni maliciosa: ¿Para qué existe el Palacio de Gobierno?

Existe para que las decisiones del poder: queden registradas, sean fiscalizables, se den bajo reglas claras, y no dependan de la voluntad privada del gobernante de turno.

Cuando un presidente sale del Palacio para reunirse en la sombra, no está eligiendo un restaurante: está eludiendo al Estado.

NO FUE UNA CENA, FUE UNA EVASIÓN INSTITUCIONAL

La excusa de la “cena” insulta la inteligencia pública. Un jefe de Estado no “va a cenar” con empresarios que tienen conflictos económicos abiertos con el país que gobierna. Mucho menos cuando ese empresario incumplió la puesta en marcha de una hidroeléctrica y mantiene una deuda millonaria cuyo vencimiento es inminente.

Aquí no se necesita probar un soborno ni una coima para entender la gravedad. El Derecho Administrativo y el Derecho Constitucional son claros:
la apariencia de imparcialidad es tan obligatoria como la imparcialidad misma.

Un presidente no solo debe ser honesto: debe parecerlo.
Y reunirse así, en esas condiciones, con esos actores, no lo es.

EL MORRAL: EL SÍMBOLO QUE NADIE PUEDE EXPLICAR

Y luego está el morral. Ese detalle incómodo que nadie ha sabido —ni querido— explicar.

Un presidente no carga morrales a reuniones “no oficiales”. Un presidente no traslada documentos sin protocolo. Un presidente no improvisa logística personal cuando dice que “no pasó nada”.

El morral se convierte así en un símbolo devastador: de informalidad, de opacidad, de desprecio por la función pública. Vivo representante de su partido: SOMOS PERÚ.

No hace falta afirmar qué se llevó o qué se trajo. Basta con formular la pregunta que el propio Jerí ha dejado flotando en el aire: ¿Por qué un jefe de Estado iría a una reunión privada, nocturna y encubierta, con un empresario deudor del Estado, llevando un morral, si no había absolutamente nada que gestionar, coordinar o trasladar?

LA TRAMPA DEL “NO FUE ACTIVIDAD OFICIAL”

Decir que la reunión no fue registrada porque “no era oficial” es una falacia circular que vacía de contenido al Portal de Transparencia.

Las reuniones no se vuelven oficiales porque se registran; se registran porque son relevantes para el interés público. Y si en esa reunión se habló de actividades vinculadas a una relación bilateral entre Estados, entonces no hay forma de darle vueltas, no hay cómo disfrazarlo: fue una reunión de interés público que debió ser registrada.

Lo contrario no es descuido. ES voluntad de ocultamiento.

NO ES PERSECUCIÓN, ES DEBER CÍVICO

Cuando Jerí habla de “historias irreales” y “suspicacias”, vuelve a equivocarse de plano.
La desconfianza ciudadana no nace de la imaginación, nace de los hechos: capucha, noche, empresario extranjero, deuda millonaria, ausencia de registro, evasión del Palacio, y un morral sin explicación. Eso no es una narrativa inventada. Eso es una conducta objetivamente opaca.

CONCLUSIÓN: EL PROBLEMA NO SOLO ES PENAL, ES MORAL Y POLÍTICO

Tal vez nunca sepamos qué se dijo exactamente en ese chifa. Tal vez nunca se pruebe un delito.
Tal vez el morral estaba vacío. Pero en democracia hay líneas que no se cruzan, porque al cruzarlas se rompe algo más profundo que la ley: la confianza pública.

Un presidente no se reúne en la sombra con quien le debe millones al Estado. No porque ya sea culpable, sino porque el cargo exige una conducta incompatible con la sospecha.

Y cuando el poder necesita capucha, chifa y morral para actuar, el problema ya no es la prensa, ni la oposición, ni la ciudadanía. El problema es que el presidente ha dejado de comportarse como tal.

A MODO DE COMENTARIO:

Lo verdaderamente humillante e indigno no es solo el lugar ni la hora, sino la inversión del poder. Uno que se dice presidente de la República no va a donde lo espera alguien que mantiene un conflicto grave con el Estado, alguien bajo sospecha de incumplimientos contractuales millonarios que pueden configurar responsabilidades administrativas, civiles e incluso penales. No porque ya sea un criminal —eso lo determinan los jueces—, sino porque el Estado no se arrodilla ante sus presuntos infractores.

Y el contexto empeora cuando desde el propio entorno del empresario se dice, sin rodeos, que “si quieres pedirle un favor al Tío Johnny Yang, tú tienes que ir a buscarlo personalmente”, porque “Johnny siempre impone los términos de la relación, incluso cuando es él quien debe devolver el favor”. Si eso es así, entonces la escena es aún más humillante: no fue el empresario deudor quien acudió al Estado, sino el Estado el que fue a tocar la puerta del deudor.

Cuando quien dice representar a la República cruza la ciudad para sentarse en la mesa del particular, acepta implícitamente sus reglas, su territorio y su tiempo. Eso no es diplomacia, no es pragmatismo, no es gestión: es una claudicación simbólica del poder público. Un país no puede darse el lujo de tener un presidente que, en vez de hacer cumplir la ley desde Palacio, va en silencio y encapuchado como muchacho eteco, a negociar —o parecer negociar— con quienes le fallan al Estado. Eso no es gobernar: eso es degradar la investidura presidencial

Tenía que ser de Somos Perú. Prohibido olvidar.

Alberto Vela

Comentarios

  1. .. y ojo! ... es un Somista. El colmo, en lo que primero piensan, es en la ANGURRIA de ver al Estado como un botín! .. Loreto, no es la excepción! ... Una pena!

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