JERÍ (ALIAS PRESIDENTE): EL RETRATO DE LA ANGURRIA DE LOS POLÍTICOS EN EL PODER
En el Perú ya no hacen falta manuales de ciencia política
para entender cómo funciona el poder. Basta observar a José Jerí. En su
conducta, en sus silencios, en sus explicaciones torpes y en las defensas
paternalistas que recibe, está condensado —como en una mala caricatura— el ADN
de la política que hoy manda desde el Congreso.
Jerí no es un accidente. Es un retrato. Y lo que
retrata no es ideología, ni programa, ni vocación de servicio. Retrata angurria:
esa ansiedad permanente por aprovechar el cargo, por moverse en la sombra, por
confundir el Estado con una oportunidad personal y el poder con un botín
momentáneo.
Por eso resulta casi cómico —si no fuera trágico— que se intente explicar su comportamiento como ingenuidad o inmadurez. En el Perú, la ingenuidad política se cura rápido o no llega a Palacio. Aquí nadie se encapucha por inocente, nadie evita registros oficiales por distraído y nadie esquiva la institucionalidad por no entenderla. Eso no es torpeza: es método.
Jerí actúa como actúan los cuadros que producen los partidos
que hoy controlan el Congreso: con naturalidad frente a la informalidad
y alergia a la transparencia. Somos Perú, Fuerza Popular, Alianza Para el
Progreso, Avanza País, Renovación Popular, Perú Libre, Acción Popular, Podemos
—con discursos distintos y peleas teatrales— comparten una convicción
silenciosa pero eficaz: el poder no está para transformar el país, sino
para exprimirlo mientras dure.
La política, en este esquema, deja de ser proyecto y se
vuelve trámite. Trámite para colocar gente, para abrir puertas, para tejer
relaciones útiles y para cerrar filas cuando alguno se excede o se deja ver
demasiado. Por eso Jerí no incomoda al Congreso: se parece demasiado a
él. Su conducta no rompe el pacto; lo confirma.
Y cuando el escándalo amenaza con crecer, aparece el libreto
conocido. Se infantiliza al personaje, se habla de “errores”, se invoca la
buena fe y se culpa a la suspicacia ciudadana. El objetivo no es aclarar los
hechos, sino ganar tiempo hasta que el ruido baje. En el Perú político,
el escándalo no se resuelve: se desgasta.
La angurria que representa Jerí no es solo económica —aunque
tampoco se descarta—, es angurria de poder. Hambre de influencia,
de control, de ventaja. Es la urgencia por estar siempre un paso adelante del
control, un metro fuera del registro y una excusa antes de la fiscalización. Es
la convicción de que el Estado es torpe, la justicia lenta y la memoria pública
frágil.
Por eso el problema no es una reunión, ni un lugar, ni una
hora. El problema es que el poder ha perdido toda vergüenza
institucional. Ya no siente la obligación de rendir cuentas; apenas siente
la necesidad de explicarse lo justo para sobrevivir políticamente. Gobernar ha
sido reemplazado por administrar oportunidades.
Jerí, en ese sentido, no traiciona a los partidos que lo
sostienen: los representa fielmente. Es el tipo de político que un
Congreso sin proyecto produce, promueve y protege. No porque sea brillante,
sino porque es funcional. Porque entiende las reglas no escritas: no preguntes
demasiado, no registres todo, no hagas olas y, si te descubren, victimízate.
El drama del Perú no es que existan políticos con angurria.
Eso ha existido siempre. El drama es que hoy esa angurria ya no se
disimula, no se corrige y no se sanciona. Se normaliza. Se justifica. Se
convierte en estilo de gobierno.
Jerí pasará. Como han pasado otros. Pero mientras el
Congreso siga siendo una fábrica de apetitos y no de proyectos, su retrato
seguirá colgado en la pared principal de la política peruana. Y no como excepción,
sino como modelo.
POSDATA:
Con esta clase de políticos no solo no avanzamos: retrocedemos
con método, como el cangrejo. Mientras el poder se concibe como botín y no
como responsabilidad, el país camina hacia atrás, aunque el discurso prometa lo
contrario. No hay desarrollo posible cuando quienes gobiernan están más
ocupados en aprovechar el cargo que en construir instituciones, más atentos a
la ventaja personal que al futuro colectivo.
Por eso la pobreza no se reduce y el trabajo digno sigue
siendo una promesa lejana para millones de peruanos. No es mala suerte ni falta
de recursos: es mala política. Un país gobernado por la angurria no
invierte, no planifica y no genera oportunidades; apenas reparte privilegios y
administra carencias. Con este tipo de dirigencia, pensar en desarrollo es un
ejercicio de ficción. Antes de soñar con crecer, el Perú tendría que dejar de
retroceder.
Alberto Vela




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