EL IIAP QUE LORETO NECESITA, PARTE II: LA AMAZONÍA NO ES UN CADÁVER
Esta columna nace a partir del comentario lúcido y provocador de un amigo lector tras la publicación de “El IIAP que Loreto necesita”. Su reflexión —“no investigan: hacen autopsia”— abre una discusión más profunda sobre la forma en que el Estado, la ciencia y el centralismo ambiental han terminado observando la Amazonía como objeto muerto y no como sistema vivo. Este texto amplía ese debate, incorporando la dimensión humana, cultural y civilizatoria que hoy permanece ausente en la mirada institucional sobre Loreto y la Amazonía peruana.
NO INVESTIGAN: HACEN AUTOPSIA
Esa es la sensación
que deja hoy buena parte de la investigación pública sobre la Amazonía. Se
estudia lo que ya está dañado, se mide lo que ya se pierde, se describe con
precisión quirúrgica lo que agoniza. Se actúa como si el territorio fuera un
cuerpo inerte sobre la mesa de disección y no un sistema vivo, complejo, social
y culturalmente habitado.
Se observa Loreto
como entomólogo: desde el microscopio, nunca desde el telescopio. Se analizan
fragmentos, variables aisladas, indicadores técnicos, pero se ha perdido la
visión de conjunto. Se sabe mucho de partes, pero cada vez menos del todo. Y
cuando se pierde el horizonte, la ciencia deja de orientar y solo registra.
Hubo un tiempo en
que, al menos en el discurso, se entendía que la Amazonía no era solo
naturaleza, sino una relación profunda e indivisible entre tierra y gente. Con
la consolidación del enfoque ambiental centralista, esa relación se fracturó.
Desde entonces, se gestiona naturaleza sin sociedad, conservación sin
población, bosque sin historia. El territorio pasó a ser tratado como
laboratorio, no como hogar.
Este quiebre no es
menor. Ha producido una visión incompleta —y por tanto peligrosa— del
desarrollo amazónico. Porque la mayor riqueza de Loreto no está únicamente en
sus ríos, sus bosques o su biodiversidad, sino en sus sociedades bosquecinas:
pueblos indígenas y comunidades ribereñas que concentran saberes, prácticas y
experiencias acumuladas durante siglos. Conocimientos únicos y universales a la
vez, capaces de dialogar con la ciencia moderna si existiera voluntad real de
hacerlo.
Todo eso está hoy en
riesgo. Y no solo por la minería ilegal, la tala o la pesca depredadora. Está
en riesgo por algo más silencioso: la indiferencia institucional frente a la
dimensión humana y cultural de la Amazonía. Loreto, el departamento
culturalmente más diverso de todo el continente panamericano en lo que a
pueblos ancestrales se refiere, no tiene doliente.
CUANDO LA CIENCIA RENUNCIA A TOMAR POSICIÓN
Que Loreto “no tenga
doliente” no significa que sus pueblos no se defiendan ni que no existan
organizaciones indígenas. Significa algo más grave: que no existe una
institución pública fuerte, visible y con poder real que asuma la defensa
integral, constante y estratégica de la diversidad cultural amazónica como
responsabilidad histórica del Estado. No hay quien piense esa diversidad como
activo estratégico, como base de desarrollo, como patrimonio vivo.
La promesa original
de un IIAP autónomo y con visión integral ofrecía —al menos en teoría— una
mirada complementaria y simbiótica: naturaleza, economía y sociedad pensadas
juntas. Hoy esa promesa se ha diluido. La mirada institucional se ha vuelto
tuerta: ve recursos, pero no culturas; mide biodiversidad, pero ignora
civilización; produce datos, pero no sentido.
A este vacío se suma
una tendencia inquietante: la mercantilización del saber científico. Cada vez
con mayor frecuencia, las líneas de investigación no responden a las
necesidades del territorio, sino a las prioridades de la cooperación
internacional o de agendas externas. El conocimiento deja de servir al
desarrollo regional y pasa a adaptarse a la lógica de quien financia. Así,
instituciones públicas llamadas a defender el interés colectivo terminan actuando
como organizaciones menesterosas, obedientes y sumisas.
El resultado es una
ciencia desconectada de la vida real. Una ciencia que publica, pero no
transforma. Que observa, pero no protege. Que describe el colapso con rigor
metodológico, mientras renuncia a intervenir en sus causas. No por incapacidad
técnica, sino por pérdida de horizonte político y moral.
LA AMAZONÍA NO ES UN CADÁVER
Porque el problema
de fondo no es científico. Es ético. Es la renuncia a asumir que investigar en
la Amazonía no es un ejercicio neutral, sino una responsabilidad histórica. Que
producir conocimiento en un territorio amenazado implica tomar posición. Que
callar, fragmentar y postergar también son formas de decidir.
La Amazonía no es un
cadáver que espera autopsia. Es un sistema vivo que exige visión, coraje y
compromiso. Y mientras las instituciones sigan mirando solo por el microscopio,
otros —los depredadores, los improvisados, los ilegales— seguirán actuando con
una claridad brutal: saben exactamente qué quieren extraer y no tienen dudas en
hacerlo.
La pregunta ya no es
si sabemos lo suficiente sobre la Amazonía. Sabemos.
La pregunta es si estamos dispuestos a dejar de observarla como objeto de
estudio y empezar a defenderla como proyecto de vida.
Porque cuando la
ciencia pierde el telescopio, el futuro desaparece del campo visual.
Alberto Vela





Excelente, Alberto. De acuerdo. Tal parece que sigue la idea de la Amazonía vacía de pueblos, de humanidad. Mientras, la siguen desangrando.
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