NIGERIA SE DESANGRA: LA VIOLENCIA COMO LLAVE DE ACCESO A LOS RECURSOS NATURALES
Las potencias que siempre ganan y su nuevo colonialismo armado
Nigeria (África occiedental) es hoy el espejo brutal de una ecuación que el mundo prefiere ignorar: cuando un país es rico en recursos, se vuelve pobre en vidas humanas.
Y cuando un país africano está sentado sobre petróleo, gas,
oro y minerales estratégicos, entonces la muerte deja de ser tragedia y se
convierte en costo operativo de un sistema global que se sostiene en
cadáveres anónimos.
Más de 60 mil nigerianos —casi todos pobres, campesinos, cristianos y musulmanes de aldeas olvidadas— han sido asesinados en los últimos dos años. Masacrados por Boko Haram, por ISWAP, por bandidos, por fuerzas estatales, por paramilitares, por milicias inventadas y por milicias reales.
| Los niños buscan limosna en medio de la violencia y la miseria |
Pero la pregunta esencial sigue sin respuesta en los periódicos occidentales. Nunca te van a decir:
¿quiénes ganan con todo esto?
Porque la violencia no brota sola, no es espontánea, no es “tribal” ni
“ancestral”: es una herramienta, una llave, un mecanismo diseñado para abrir
territorios, desplazar poblaciones y abaratar el acceso a los recursos.
Este no es un conflicto religioso. No es un conflicto
étnico. No es siquiera un conflicto interno.
Es un conflicto económico administrado desde afuera, donde Nigeria juega
el papel de territorio sacrificado y sus ciudadanos el de carne de cañón.
I. Violencia que limpia territorios, petróleo que llena
bolsillos
Nigeria es la economía más grande de África y uno de los
principales productores de petróleo del mundo. Pero ese petróleo no le ha
traído paz: le ha traído depredadores.
Empresas petroleras occidentales: Royal Dutch Shell (Inglaterra y Holanda), Chevron
(USA), ExxonMobil (USA), TotalEnergies (Francia), ENI / Agip
(Italia) —desde las más conocidas hasta las que operan bajo nombres discretos y
contratos herméticos— han encontrado en el caos la condición perfecta para
operar sin resistencia social, sin exigencias ambientales, sin fiscalización
estatal y sin demandas redistributivas.
Lo llaman “inseguridad”. Pero en realidad significa: población expulsada de zonas estratégicas, comunidades desarticuladas, territorios vaciados, Estados débiles incapaces de controlar su propio suelo.
Cuando Boko Haram quema una aldea, otro actor más poderoso
—vestido de traje, protegido por acuerdos, avalado por embajadas— se instala
unos meses después para “garantizar la seguridad del área” mientras extrae lo
que el mundo necesita para seguir funcionando.
El terrorismo, así, se convierte en una política de
reordenamiento territorial.
II. El precio de la vida en Nigeria: menos que un barril
de petróleo
Mientras en Lagos (la ciudad más poblada) y Abuja (la capital)
se negocian contratos millonarios, en los estados del noreste y centro del país
la vida vale menos que una bala.
Las cifras no mienten:
- Más
de 60 mil muertos en ataques armados.
- Más
de 3 millones de desplazados internos, expulsados de sus tierras.
- Más
de 10 mil aldeas destruidas o abandonadas.
- Miles
de mujeres secuestradas, niños convertidos en combatientes, comunidades
enteras borradas del mapa.
¿Quién paga este precio?
Los pobres. Siempre los pobres.
Los campesinos que viven sobre suelos que esconden petróleo, gas, coltán,
litio, oro o tierras fértiles. Los agricultores que estorban en un país donde
la tierra se ha convertido en moneda de cambio para intereses corporativos
mundiales. Los grupos más vulnerables, convertidos en escudos humanos entre
insurgentes armados y empresas que operan bajo la protección de ejércitos
extranjeros.
Porque en Nigeria, como en casi toda África, la pobreza no
es causa del conflicto: es su consecuencia. Un efecto previsible de un
modelo económico que necesita que millones sigan siendo invisibles para que
unos pocos —locales y extranjeros— sigan siendo ricos.

III. El colonialismo no murió: cambio de estilo.
Las potencias occidentales ya no desembarcan con banderas y
uniformes blancos. Ahora llegan con:
- “Misiones
de entrenamiento militar”.
- “Cooperación
antiterrorista”.
- “Programas
de estabilización”.
- “Asistencia
para la seguridad energética”.
Pero detrás del lenguaje diplomático, el guion es el mismo
que en el siglo XIX: controlar territorios estratégicos, dominar rutas
comerciales y garantizar acceso directo a los recursos naturales. El nuevo
colonialismo ya no necesita gobernadores blancos ni administradores enviados
desde Europa. Le basta con:
- gobiernos
locales permeables,
- élites
nigerianas vende patria, dispuestas a firmar lo que sea,
- un
ejército fraccionado,
- grupos
terroristas que justifiquen presencia militar externa,
- y
empresas transnacionales blindadas por tratados secretos.
¿El resultado?
Nigeria vive bajo un colonialismo discreto pero feroz, un colonialismo que se
esconde detrás de discursos sobre democracia y seguridad mientras gestiona la
extracción masiva de riqueza.
| El terrorismo islamista: Boko Haram e ISWAP, no nacen de ningún proyecto sincero de “liberación nacional” ni de justicia social. |
IV. Boko Haram e
ISWAP: el terror que otros necesitan
Nadie discute que Boko Haram e ISWAP son organizaciones
sanguinarias. Pero su utilidad para el sistema internacional es tan grande que
parecen indestructibles, casi eternos. Mientras existan:
- las
potencias mantienen sus bases,
- las
empresas operan en zonas militarizadas,
- los
gobiernos justifican la mano dura,
- la
prensa internacional tiene un villano perfecto,
- y
nadie mira quién se lleva los recursos.
Es una coincidencia demasiado conveniente que donde Boko
Haram opera, donde ISWAP ataca, donde los bandidos queman aldeas, ahí mismo
existan yacimientos, oleoductos, minas, rutas logísticas o tierras agrícolas
de alto valor. El terror no es enemigo del sistema.
Es parte de su funcionamiento.
V. La tragedia que el mundo elige no ver
Cada muerto en Nigeria es un recordatorio de que la vida
africana vale menos que las materias primas que se extraen de su suelo. Y el
silencio internacional no es accidental: tiene dueños, firmas, intereses y
dividendos.
La sangre de 60 mil nigerianos sirve para lubricar:
- la
seguridad energética de Europa,
- la
expansión de empresas petroleras,
- la
entrada de corporaciones mineras,
- los
contratos de reconstrucción,
- y la
presencia estratégica de potencias que nunca dejaron de ver África como su
propio patio trasero.
VI. Conclusión: Nigeria sangra para que otros brillen
Nigeria no es un país desbordado: es un país desbordado a
propósito. Porque un Estado fuerte estorba. Una sociedad organizada
resiste. Una población con derechos reclama una parte de la riqueza. Y un
territorio bajo control local no puede ser repartido en contratos secretos.
Por eso Nigeria se desangra.
Porque mientras los pobres mueren, los recursos fluyen hacia otros
continentes. Porque mientras las aldeas arden, las ganancias se disparan
en las bolsas de Londres, París y Nueva York. Porque mientras la gente
huye, las potencias entran.
Y así, entre cadáveres y contratos, el nuevo colonialismo
armado sigue avanzando. Sin declarar guerra, pero dejando más muertos que
muchas guerras declaradas.




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