NAVIDAD EN LA CASA DE LAS MIL HISTORIAS
En este tiempo de Adviento, cuando el corazón cristiano se prepara para recibir al Hijo de Dios, la Navidad nos invita a mirar más allá de las luces y los cantos. Esperamos a un Niño que nació sin privilegios, en la fragilidad de un pesebre, rechazado por las puertas cerradas y acogido solo por quienes supieron reconocerlo en la sencillez. Ese mismo Dios hecho hombre se sigue haciendo presente hoy en los rostros que el mundo prefiere no mirar.
La llegada de Cristo no es solo un acontecimiento del
pasado, sino una pregunta viva que nos interpela en el presente: ¿dónde lo
estamos esperando?, ¿en qué lugares sigue naciendo sin ser reconocido? Tal vez
no en los hogares llenos ni en las mesas abundantes, sino en los pasadizos
silenciosos donde caminan despacio quienes han sido olvidados, en la soledad de
los ancianos que cargan historias, nombres y afectos que ya nadie pronuncia.
El Hijo de Dios vino a habitar entre los pequeños, los
frágiles y los descartados. Vino a recordarnos que toda vida tiene dignidad,
incluso —y sobre todo— cuando ya no produce, no corre ni resulta conveniente.
Por eso, al acercarnos a la realidad del Asilo
de Ancianos, no lo hacemos solo como observadores, sino como
creyentes llamados a reconocer en esas vidas al mismo Cristo que esperamos en
Navidad: silencioso, paciente, muchas veces abandonado, pero siempre presente.
Desde esa mirada de fe y humanidad, se abre el testimonio
que sigue: una casa llena de historias, de pasos lentos y de ausencias, donde
la Navidad también espera ser escuchada.
LA CASA DE LAS MIL HISTORIAS
Se escucha antes de mirar. El arrastre lento de los pies
sobre el piso marca el inicio del día en la casa hogar. Ese sonido, repetido y
persistente, anuncia a los ancianos que avanzan por los pasadizos largos y
fríos. Caminan sin prisa, con una lentitud que no es torpeza sino resignación.
No compiten con el reloj como nosotros; ellos saben —consciente o
inconscientemente— que el tiempo aquí ya no cuenta, que su estancia será
definitiva.
Con los días, muchos intentan explicarse cómo fueron a parar
a aquel lugar que no conocían. No tienen respuestas completas, solo vagos
recuerdos: una conversación interrumpida, una firma apurada, una puerta que se
cerró sin despedida. Día tras día aprenden, a pesar de la resistencia natural
del ser humano, a convivir con otros huéspedes que también están allí en contra
de su voluntad. Comparten silencios, miradas cansadas y el mismo sonido de
pasos que se cruzan sin apuro.
Las actividades programadas intentan matar el aburrimiento y
el cansancio, llenar horas que pesan más que los cuerpos. Son ejercicios para
ocupar las manos, no el alma. La verdadera fatiga no es muscular, sino la
ausencia. Muchos llegaron aquí por decisión de familiares que los vieron como
una carga, como una presencia incómoda que estorbaba o afeaba un entorno que ya
no tenía espacio para ellos.
Duele imaginar la llegada sin aviso, el despojo de lo más
básico y esencial de todo ser humano: la libertad. En este lugar, la sinrazón
suele imponerse al derecho de elegir. Todo está normado, cronometrado, medido.
En la práctica, para mí, es como estar encerrado en un cuartel militar, donde
las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones y cada segundo, minuto y hora
tienen dueño.
Una vez dentro, la familia empieza a perderse. Primero se
espacian las visitas, luego las llamadas, hasta que el contacto se vuelve cero.
El padre, el abuelo, el viejo o la vieja dejan de ser nombres propios y pasan a
ser una ausencia cómoda, alguien que ya no resulta útil para los intereses de
nadie.
El abandono hace su trabajo en silencio. Los prepara para
una vida que jamás planificaron. En la vejez se les trata como objetos
inservibles, como si ya no tuvieran nada que aportar, olvidando que alguna vez
fueron sostén, guía, alimento y refugio de muchos.
El sonido de los pasos vuelve a escucharse al final del día. Lentos, arrastrados, constantes. Ese ruido no solo recorre los pasadizos: atraviesa la conciencia. Porque el tiempo no se detiene en esta casa; solo espera. Y cuando llegue nuestro turno, quizá entendamos que la manera en que hoy dejamos caminar solos a nuestros viejos es, en realidad, la forma en que estamos ensayando nuestro propio abandono.
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