“MAX AUGUSTÍN: EL ESTADIO QUE DESPIERTA A UN PUEBLO Y DESNUDA A SUS AUTORIDADES”

El fútbol loretano está viviendo un momento que no podemos desperdiciar. Mientras nuestros clubes vuelven a levantar la mirada, nuestro principal escenario deportivo insiste en mostrarnos la otra cara: la de la desidia y el abandono estatal.

Hoy comparto este artículo de mi colega y amigo Germán Torrejón Soto, uno de los periodistas deportivos más lúcidos de nuestra región. Su texto es una advertencia y, al mismo tiempo, una esperanza. Lo acompaño con un comentario editorial que busca decir claramente lo que muchos pensamos: ya es hora de que nuestras autoridades actúen y devuelvan al Max Augustín la dignidad que el pueblo merece.

MAX AUGUSTÍN: RÉQUIEM AL OLVIDO

Por: Germán Torrejón Soto

Hay lugares que no son solo cemento, tribunas o un simple campo de juego. Hay lugares que abrazan historias, que sostienen sueños, que despiertan el espíritu de un pueblo. El estadio Max Augustín es uno de ellos. Allí, Loreto ha aprendido a creer: en sus jóvenes, en sus clubes, en su fuerza para levantarse aun cuando las circunstancias parecen llevarnos la contraria.

Por eso, los recientes ascensos de Estudiantil CNI y Yanapumas, sumados a la permanencia de Comerciantes FC en la Liga 2, no fueron simples resultados deportivos. Fueron señales. Señales de que la región está viva, de que seguimos teniendo talento, ganas y corazón. Son un recordatorio de que el deporte es uno de los pocos lenguajes capaces de unirnos más allá de todas nuestras diferencias.

Sin embargo, hoy ese impulso se encuentra en una encrucijada. El Max Augustín —símbolo de tantas alegrías— sigue esperando atención y decisiones claras de quienes nos representan. El silencio y la indiferencia amenazan con opacar una oportunidad histórica. Pero esta vez no debemos permitirlo. Esta vez, la esperanza debe ser más fuerte que la dejadez.

Porque cuando una empresa certificada por la FIFA ofreció renovar el grass sintético del estadio, nos demostró que las soluciones existen, que es posible apostar por un futuro mejor. Pero también nos recordó lo frágil que es el progreso cuando falta voluntad, cuando decisiones erradas interponen obstáculos donde debería haber puertas abiertas.

Aun así, la historia de Loreto nunca se escribió desde la comodidad. Se escribió desde la resistencia, desde la creatividad, desde la convicción de que lo que vale la pena siempre está un poco más allá del esfuerzo. Y hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa convicción.

Necesitamos unirnos, no para señalar culpables, sino para señalar caminos. No para sembrar desconfianza, sino para sembrar esperanza. Los niños que entrenan descalzos en los barrios, los jóvenes que sueñan con vestir la región, los aficionados que llenan de vida las tribunas: todos ellos merecen un estadio digno. Merecen sentir que su lucha y su pasión valen.

El Max Augustín puede volver a ser el corazón deportivo de la Amazonía. Puede ser un punto de encuentro, un motivo de orgullo, un faro que recuerde que, cuando Loreto se organiza, se escucha y se moviliza, nada es imposible

Que esta vez no ganen el silencio ni la indiferencia. Que gane la esperanza. Y que el rugido de un estadio renovado sea la prueba de que, unidos, siempre podemos más.

Hoy, más que nunca, necesitamos con urgencia un estadio digno para nuestro pueblo. No seamos indiferentes a los sueños del loretano. Es ahora. El tiempo es nuestro peor enemigo invisible.

Autoridades, pónganse los pantalones… o el pueblo se encargará de darles lo que se merecen.

Comentario: Max Augustín, el espejo roto de nuestras autoridades

El artículo de Germán Torrejón es más que una reflexión deportiva: es un llamado de emergencia. Y es que el Estadio Max Augustín no es solo una infraestructura deteriorada, es el símbolo de un abandono que ya resulta grotesco, indignante y políticamente imperdonable.

Mientras Loreto vuelve a respirar fútbol gracias a Estudiantil CNI, Yanapumas y Comerciantes FC, nuestro principal escenario deportivo sigue exhibiendo el mismo deterioro que desde hace años es denunciado y desde hace años es ignorado. No hay excusas técnicas, legales ni presupuestales que valgan: hay incompetencia, desinterés y una burocracia que parece empeñada en convertir cada avance posible en un trámite muerto.

Una empresa certificada por la FIFA ofreció renovar la cancha. ¿Y qué pasó? Nada. Silencio. Parálisis. La típica danza de evasivas que se repite cuando los funcionarios tienen más miedo de decidir que de dejar caer a la región en el rezago.
Es el estilo de gestión que hunde a Loreto: el que posterga, duda, dilata y al final destruye.

El Max Augustín debería estar hoy en plena transformación. No lo está.
El Max Augustín debería ser prioridad regional. No lo es.
El Max Augustín debería ser el orgullo de la Amazonía. Hoy es su vergüenza.

Y aquí la pregunta es simple: ¿qué clase de autoridades tenemos, que frente a la oportunidad histórica de acompañar el renacer del fútbol loretano, optan por la indiferencia? Unas que no sienten la región, que no entienden la función pública o que simplemente están más cómodas administrando la decadencia que impulsando el progreso.

Germán Torrejón habla de esperanza, de unidad y de voluntad. Pero la voluntad —cuando las autoridades no la tienen— debe nacer del pueblo.
Porque los niños que entrenan en tierra, los jóvenes que sueñan con competir profesionalmente y los hinchas que han acompañado décadas de frustraciones y alegrías merecen algo mejor que un estadio agonizante y una clase política adormecida.

El Max Augustín no puede seguir siendo un réquiem. Tiene que volver a ser un latido.
Y ese latido no depende de discursos ni de fotos en redes sociales: depende de decisiones.
Decisiones que nuestras autoridades están obligadas a tomar. Y rápido.

La paciencia del pueblo no es infinita.
La fe tampoco.

Si hoy no se ponen los pantalones, serán los ciudadanos quienes —más temprano que tarde— les recuerden que la indiferencia también se castiga. Loreto ya despertó en las tribunas. Falta que despierte en las urnas.

Alberto Vela

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