LA MALCRICARMEN NO LLORA POR EL PAÍS: LLORA DE HAMBRE, PORQUE SE LE ACABÓ EL PLATO DE LOMO FINO

Crónica del político “muerto de hambre” que llega al poder para servirse y termina llorando cuando le quitan la mesa

Hay karmas que llegan en bicicleta y otros que aterrizan en jet privado cargado de lomo fino, faisán y ganso importado. A la Malcricarmen —ex presidenta del Congreso, congresista eterna en espíritu y aristócrata por autopercepción— le ha tocado el segundo.

Hoy la Malcricarmen llora. Pero no se confundan: no llora por la democracia, ni por el debilitamiento institucional, ni por la vergüenza histórica de un Congreso que se divorció del país real. Llora de hambre. Hambre de poder, de privilegios, de mesa servida. Llora porque el plato se acabó.

La Malcricarmen no es una anomalía: es un modelo de éxito dentro de una clase política que entendió el Estado no como servicio público, sino como comedor exclusivo. Llegan al Congreso con discurso republicano y salen convertidos en aristócratas de utilería, convencidos de que el voto popular fue apenas el precio de entrada a un banquete que, por supuesto, no estaba pensado para quienes los eligieron.

En su paso por la presidencia del Congreso, la señora dejó claro cuál era la agenda urgente del país: exonerar impuestos a la importación de lomo fino, ganso y faisán. Prioridades nacionales. Porque mientras el Perú come pollo cuando alcanza, el poder debía garantizar que ciertos paladares no sufran la humillación de la carne común. La desigualdad no se combate: se sazona.

Ese gesto resume toda una mentalidad. Para estos políticos, gobernar no es resolver problemas estructurales, sino administrar privilegios. El Congreso deja de ser representación y pasa a ser catering. La ley ya no es herramienta de justicia, sino cubierto de plata.


Fue, además, la primera en mostrar adversión pública contra Pedro Castillo, con esa superioridad moral que solo otorga el apellido, el club social y la convicción de que gobernar es corregir al serrano o al selvático mal hablado. Hoy, fuera de carrera, su famosa astucia no le sirvió ni para colarse en la lista de invitados del 2026. El aristocratismo no reemplaza los requisitos electorales, y el desdén clasista no suma firmas.

Lo más obsceno, sin embargo, no fue su desprecio, sino su regreso forzado al pueblo que odia. Porque la Malcricarmen, que odia al elector que la eligió, se vio obligada —por la ambición senatorial— a bajar otra vez a la calle, a mezclarse con esa gente a la que jamás invitaría a su mesa. Bajó no por convicción democrática, sino por necesidad electoral. Y lo hizo con un cinismo casi pedagógico: sonreír, abrazar, prometer, fingir cercanía con quienes sabe que no la van a dar una cachetada, porque el pueblo peruano, noble hasta el abuso, rara vez devuelve el golpe que recibe.

Ese es el truco eterno de estos políticos: desprecian al pueblo porque saben que el pueblo perdona, porque no responde, porque confunde educación con sumisión. La Malcricarmen lo sabe. Por eso puede volver, pedir el voto, posar para la foto y luego subir otra vez al Olimpo del poder como si nada. Es el descaro institucionalizado: usar al pueblo como escalera, no como destino.

Y en ese descenso obligado al pueblo, la Malcricarmen hizo lo que estos políticos hacen cuando necesitan votos: se disfrazó. Cambió el traje de aristócrata por el atuendo de mamacha electoral, se colgó la chalina identitaria, moduló el tono compasivo y ensayó cercanía como quien se prueba un vestuario que sabe que no le pertenece. No era empatía: era utilería. No era identidad: era campaña. Porque para personajes así, el pueblo no es sujeto político, es escenografía.

El problema no es que se vista como mamacha; el problema es que se la quite apenas pasa la elección. Ese travestismo político resume toda la estafa: aparentar lo que se desprecia, abrazar lo que se usa, sonreírle a quien jamás vas a respetar. Y hacerlo con la tranquilidad de quien sabe que no recibirá una cachetada, que el pueblo aguanta, perdona y olvida… hasta que un día, simplemente, deja de votar por ti.

Ese travestismo político —aparentar lo que se desprecia— es la esencia de la estafa. Porque apenas termina la campaña, se quitan el disfraz y vuelven al verdadero uniforme: el del privilegio, el del lobby, el del poder oscuro que no se presenta a elecciones, pero siempre gana.

Como buena exponente del sistema, la Malcricarmen entendió rápido a quién servir. No al país, sino a quienes pagan mejor. Empresarios voraces, intereses discretos, pactos silenciosos. No por ideología, sino por hambre. Hambre de pertenecer, de sentirse parte de una élite que siempre la miró de lejos.

Pero esta vez el libreto falló. No habrá Senado, no habrá candidatura, no habrá escenario. La bajada al pueblo fue inútil, el teatro quedó sin público y el cinismo se quedó sin premio. Porque cuando el sistema se cierra, ni siquiera el desprecio bien actuado alcanza.

Hoy, sin Senado, sin candidatura y con Acción Popular fuera del menú electoral, el llanto aparece. No es duelo democrático: es abstinencia de poder. Porque sin cargo no hay reverencias, sin cargo no hay chófer, sin cargo no hay exoneraciones, sin cargo no hay lomo fino.

La Malcricarmen encarna a esos políticos que no llegan al Estado por vocación pública, sino por necesidad personal, llegan a calmar su hambre. Entran pobres de ideas y salen ricos en cinismo. Se sirven del país, no lo sirven. Y cuando el sistema los expulsa, descubren demasiado tarde que el poder no es eterno.

Por eso hoy lloran. No por el Perú. Lloran porque se les acabó el plato lleno.

Las redes, siempre crueles pero sinceras, celebran con humor negro: “no va a comer ya sus carnes favoritas”. El pueblo, que nunca probó faisán pero sí la inflación, se ríe. No es venganza: es catarsis gastronómica. Porque cuando la política se cocina de espaldas a la gente, el postre suele ser amargo.

Cuando el Perú sigue comiendo apenas pollo, cuando alcanza; y Acción Popular quedó fuera del menú electoral, la Malcricarmen descubre —llorosa— que el karma es un plato de lomo fino que se sirve frío… y sin exoneración.

Pobrecita ella. Hay golpes tan fuertes en la vida… yo no sé.



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