CANCILLER HUGO DE ZELA: LOGRÓ UN IMPORTANTE RESULTADO EN LA OEA

Me van a disculpar, pero cuando escuché la frase “el canciller Hugo de Zela logró un importante resultado en la OEA”, tuve que detenerme, respirar hondo y confirmar que no estaba leyendo un comunicado oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores escrito por algún practicante desesperado. No. Era real. Era serio. Y, por supuesto, era un despropósito monumental, propio de este Perú donde la diplomacia se ha convertido en un arte performático, ese que utiliza el cuerpo para comunicar, y también en un teatro involuntario al borde de lo grotesco.

Pero vayamos al episodio.

El canciller De Zela, ese diplomático de carrera que hoy se ve obligado a justificar lo injustificable para conservar sus frijoles, se presentó ante el Consejo Permanente de la OEA para “sustentar” —palabra generosa— la posición peruana sobre la Convención de Caracas. ¿El propósito? Evitar que el asilo se use para “proteger a políticos que han cometido delitos comunes”. Traducción simultánea: México, deja de darle asilo a Betsy Chávez porque nosotros decimos que es delincuente y punto.

Hasta ahí, uno podría pensar que se trata de un mal día. Pero luego llega la segunda parte del show: De Zela celebrando el resultado.

Según él, la mayoría de países acogió con interés su planteamiento y solo México “no entendió” lo que el Perú proponía. Pobres mexicanos, tan confundidos ellos, incapaces de comprender que el Perú no quería cambiar la Convención (aunque la explicación de De Zela lo insinuaba), sino sólo pedir un permiso para consultar al Comité Jurídico Interamericano. Claro que sí. Cuando no funciona el pedido directo, siempre queda el recurso de pedir permiso para pedir permiso. Gran maniobra, señor canciller.

Pero el detalle más exquisito, la cereza del pastel diplomático, es que México se opuso a una propuesta que supuestamente nadie había hecho. Una especie de teatro del absurdo donde cada actor interpreta una obra distinta, pero todos insisten en que están en la misma escena. En pocas palabras: De Zela dice que nadie propuso cambiar la convención, México responde como si sí lo hubieran hecho, y el canciller concluye que el problema es que México no entendió. Con esa lógica, Kafka se queda corto.

Y uno se pregunta:
¿De verdad cree De Zela que el mundo no sabe leer entre líneas?
¿De verdad piensa que el Consejo Permanente va a actuar como extensión emocional de la rabia política peruana?
¿O simplemente está tan condicionado por el miedo a perder el cargo que ya solo habla en automático?

Porque no olvidemos el contexto:
El Perú, que cada tres meses amenaza con salirse de la CIDH para defender su “soberanía judicial”, acude ahora obediente, humilde y suplicante a la OEA pidiendo respeto a la Convención de Caracas. El Perú soberano de la derecha achorada corre llorando donde el árbitro cuando siente que le han ganado una jugada.

Y por si fuera poco, este no es el primer numerito. Recordemos el ridículo anterior: la delegación congresal —presidida por Montoya, ex marino y especialista en misiones imposibles— viajando a la OEA para advertir fraude en la elección de Pedro Castillo. Nadie los recibió. Ni para la foto. Ni para la vergüenza. Y aun así, maleta en mano, regresaron muy convencidos de haber hecho historia.

Hoy el turno del bochorno es de De Zela, que además tuvo el atrevimiento de advertir que “la tendencia actual a desvirtuar el asilo es peligrosa”. ¿Peligrosa para quién? ¿Para América Latina? ¿Para la estabilidad continental? No, señor. Peligrosa para un sistema político peruano que ya no administra justicia, ni administra conflictos, ni administra coherencia alguna. Un sistema que procesa a destiempo, que revisa decisiones con cronómetro torcido, que dicta prisión preventiva como quien reparte entradas para un concierto, y que luego acusa “persecución” extranjera cuando alguien ofrece refugio ante ese caos.

Porque lo que sufre Betsy Chávez —y no solo ella— es persecución política disfrazada de moralidad jurídica.
Y al régimen le aterra que esos perseguidos encuentren refugio afuera y, peor aún, voz.
Ese es el núcleo del escándalo: no quieren que vuelva ese espacio político en 2026, y no descansan hasta cercarlo judicialmente, mediáticamente y ahora diplomáticamente.

Así que sí, claro:
De Zela “logró un importante resultado”.
Logró exhibir exactamente lo que el Perú se ha vuelto: un país que grita soberanía mientras suplica arbitraje, que condena persecuciones ajenas mientras practica las propias, y que envía a su canciller a hacer piruetas conceptuales en Washington para justificar un sistema que ya ni siquiera pretende ser serio.

Pero, en honor a la verdad, hay que reconocer algo:
Si su misión era hacer que el Perú vuelva a quedar en ridículo ante la región, entonces sí, señor canciller, misión cumplida. Usted logro un resultado realmente importante.

Alberto Vela

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