PERÚ: UN PAÍS LIBRE DONDE LA LIBERTAD ESTÁ BAJO VIGILANCIA

“Cuando la disidencia se convierte en delito de opinión y el poder teme a quien piensa distinto”

El Perú acaba de protagonizar otro acto de diplomacia emocional, de esos que harían llorar de risa a los manuales del derecho internacional. El gobierno anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con México por haber concedido asilo político a Betsy Chávez, ex primera ministra de Pedro Castillo.

Sí, leyó bien: rompemos relaciones no con dictaduras que oprimen a sus pueblos, ni con países genocidas que violan tratados, sino con una nación que hizo exactamente lo que los convenios internacionales mandan cuando alguien teme persecución política.

Bienvenidos al Perú, el país donde la libertad se firma en pergamino, pero se vive bajo vigilancia.

1. Asilo, pecado capital de la disidencia

México concedió asilo político conforme al artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (“en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo”) y al artículo XXVII de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre.

También amparado en la Convención de Caracas de 1954, que regula el asilo diplomático y que el Perú —oh ironía— ha suscrito.

Pero en Lima no se leen esos textos: se leen los titulares de los noticieros y los editoriales de los grupos de poder que gritan “¡impunidad!”.
Esos mismos grupos que guardan silencio cuando Japón protege a los Fujimori, Israel a Eliane Karp o Brasil a Nadine Heredia.

¿Ahí no hay “intromisión en asuntos internos”?
No, porque ahí no se asila a disidentes, sino a los socios históricos del poder.

2. El doble rasero de una diplomacia sin brújula

El Perú no rompe relaciones con los países que amparan a los suyos; rompe con los que protegen a los otros.
El mensaje es clarísimo: la disidencia no se perdona.

Si el poder te señala, ni la Constitución ni los tratados internacionales te salvarán.
Y si un Estado soberano te extiende la mano, el régimen corta la cabeza diplomática.

En teoría, la Constitución peruana (artículo 2 inciso 24) garantiza la libertad y el debido proceso; el artículo 37 prohíbe la persecución por motivos políticos.
Pero la práctica demuestra que el texto constitucional es como la señal de WiFi en Palacio: intermitente y decorativa.

3. Betsy Chávez, el rostro del disidente que incomoda

Antes de seguir, una aclaración necesaria:
un disidente no es un delincuente, ni un traidor.
Es alguien que piensa distinto a lo que el poder quiere que pienses.
Que no repite el guion, aunque le cueste la reputación o la libertad.
En las dictaduras, al disidente lo encarcelan.
En las democracias de papel, lo persiguen con fiscales, jueces, titulares y juicios = Lawfare.
El resultado es el mismo: callarlo.

Betsy Chávez no es solo una ex primera ministra.
Es la representación viva del pecado original del sistema peruano: venir “de abajo” y llegar al poder sin pedir permiso.

Fue parte de un gobierno que los dueños del país nunca aceptaron como legítimo. Desde el primer día, Castillo y su entorno fueron tratados como invasores del espacio reservado para los “aptos para gobernar.”
La prensa los ridiculizó, la élite los cercó y el Congreso los lapidó.

Cuando cayó Castillo, cayó también cualquier esperanza de que el Perú aprendiera a convivir con su propio pueblo en el poder.
Desde entonces, cualquier exfuncionario de esa etapa es tratado como enemigo interno.

4. La democracia peruana: manual de hipocresías

Los mismos que acusan de “golpista” a Castillo olvidan que el Congreso ha derrocado más presidentes que dictaduras latinoamericanas juntas.
Y los que claman por el “respeto a la institucionalidad” hacen cola para violar el artículo 2 de la Constitución cuando conviene a sus intereses.

El gobierno actual, que se vende como guardián de la legalidad, actúa con la lógica de una república sitiada: todo disidente es enemigo y todo crítico, sospechoso.

¿Y el poder judicial?
Se limita a seguir la partitura: prisión preventiva, titulares filtrados y juicios mediáticos.

En otras palabras: el Estado de derecho convertido en reality show.

5. La libertad bajo vigilancia

En el Perú actual, la libertad no se suprime; se regula.
Puedes hablar, pero con cuidado.
Puedes protestar, pero sin molestar.
Puedes ser libre, siempre que no te vuelvas peligroso.

Esa es la nueva versión criolla del Estado de derecho: una democracia vigilada por cámaras invisibles llamadas miedo, estigma y poder económico.

La línea entre legalidad y persecución se ha borrado, y lo más grave es que la mayoría lo ve como normalidad.

6. Conclusión: un país libre donde la disidencia se paga caro

La ruptura con México es más que un exabrupto diplomático; es una confesión involuntaria.
El gobierno peruano teme lo que representa el asilo a Betsy Chávez: el reconocimiento internacional de que en el Perú hay persecución política.

Y eso, para un régimen que vive de aparentar orden constitucional, es más dañino que cualquier crítica interna.

Hoy la libertad en el Perú tiene cerco eléctrico.
No se prohíbe pensar, se castiga pensar distinto.
No se encarcela por delito probado, se encarcela por peligro potencial.
Y no se rompe con dictadores, se rompe con quienes se atreven a proteger a los que incomodan.

La democracia peruana no necesita tanques ni censura para reprimir:
le basta con jueces obedientes y diplomáticos nerviosos.

Y mientras tanto, desde el diván nacional, seguimos observando cómo la República se mira al espejo y repite:

“Soy un país libre.”
Y el reflejo —con esposas y sellos judiciales— responde:
“Sí, pero bajo vigilancia.”

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