MARÍA CORINA: NOBEL DE LA PAZ… ¿Y POR QUÉ NO LE PIDE A EE.UU. QUE BAJE LAS ARMAS?

Desde el Diván Mundial

Hay premios que revelan méritos.
Y hay premios que revelan intereses.
El Nobel de la Paz que hoy exhibe María Corina Machado pertenece a la segunda categoría: un trofeo geopolítico, no un reconocimiento moral.

Porque si algo ha demostrado esta nueva galardonada de Oslo es que su concepto de “paz” es profundamente selectivo: se aplica cuando sus aliados están desarmados, pero jamás cuando los que apuntan los cañones son sus padrinos del norte.

¿Paz para quién?

Resulta curioso —por no decir grotesco— que la Nobel no haya encontrado todavía el valor para pronunciar una frase básica, casi infantil, casi de concurso Miss Universo:

“Pido a todas las partes bajar las armas”.

Pero no.
La frase le sale a medias.
A medias porque solo la dirige hacia Caracas, jamás hacia Washington.

“Que los militares venezolanos bajen las armas”, exige Machado con un dramatismo digno de teletona.
¿Y los portaviones de EE.UU. frente a Venezuela en el Caribe?
¿Y la maquinaria de sanciones más destructiva del hemisferio?
¿Y los mismos actores que llevan 20 años diciendo que Venezuela tiene que cambiar… para que ellos vuelvan a administrar las riquezas?

Silencio absoluto.
Silencio de Nobel.
Silencio estratégico.

La paz a la carta

El mensaje subyacente es simple: la paz es hermosa cuando ella gana; deja de existir cuando ella pierde.

María Corina nunca le pedirá a EE.UU. que baje las armas porque su proyecto político no existe sin esas armas. No se sostiene sin la presión externa.
No tiene viabilidad sin una intervención diplomática, económica o militar que haga el trabajo que la oposición venezolana no ha podido hacer en dos décadas. Es como pedirle a un pez que deje el agua: se queda sin ecosistema.

Porque seamos honestos:
la derecha venezolana no ganó el premio por su fuerza política, sino por su utilidad estratégica.
La derecha en Venezuela está reducida a un fragmento simbólico, a un eco que apenas resuena en las grandes mayorías populares. No tiene base social, no tiene arraigo, no tiene pueblo.
Tiene, eso sí, una cosa: respaldo externo.

El Nobel que no premia pueblos, sino alineamientos

Lo más cínico del asunto es que todo esto ocurre a plena luz del día. El mundo entero sabe que el premio no reconoce una trayectoria pacifista —ni de lejos— sino una conveniencia geopolítica.

Noruega, árbitro de guiones “pacíficos” que siempre favorecen al más fuerte, vuelve a jugar su papel favorito: dar la apariencia de moralidad a los intereses del imperio.

Y el imperio, encantado, aplaude.
Mientras tanto, se rasgan las vestiduras por la “democracia” en Venezuela… pero guardan silencio cómplice sobre Arabia Saudita, Egipto, Israel, o cualquier socio útil para el negocio.

“Razona vale”: la frase que los resume

La gente en redes lo resumió con una frase que debería esculpirse en mármol frente a la Casa Blanca:

“Razona vale, si ellos bajan las armas se los come el lobo.”

Y el lobo no es Maduro.
El lobo es el que hace cuentas con los bonos venezolanos antes de que los venezolanos puedan hacer cuentas con su propio país. El lobo es el que rodea el Caribe mientras habla de libertad.
El lobo es el que mira con codicia el petróleo, el gas, el oro y las tierras raras, y finge preocupación humanitaria.

Al final, la pregunta sigue en pie

Si María Corina Machado es realmente una Nobel de la Paz, entonces debería tener el coraje de la coherencia:

¿Por qué no pide a EE.UU. que baje las armas, que retire sus portaviones, que respete la soberanía venezolana y que deje de usar su poder para condicionar el futuro de un pueblo?

La respuesta es incómoda.
Porque en esa coherencia no habría Nobel, ni cámaras, ni aplausos, ni padrinos.
Habría soledad.
Y eso, en política, pesa más que cualquier misil.

Alberto Vela

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