EL CARIBE COMO SÍNTOMA: ESTADOS UNIDOS LLEGA TARDE A SU PROPIA ESFERA DE INFLUENCIA
Hay movimientos militares que parecen operaciones tácticas, y hay otros que, por su propia torpeza, se convierten en diagnósticos.
La llegada del portaviones USS Gerald R. Ford al Caribe pertenece a esta segunda categoría: no es un gesto de poder, sino un signo vital… de un imperio que comienza a respirar con asistencia mecánica.
Washington quiere mostrar músculo
—pero se le notan los temblores.
Quiere demostrar que aún manda en el hemisferio
—pero quienes hoy deciden en Caracas hablan en mandarín, en farsi y en ruso.
Quiere revivir la doctrina Monroe
—pero la región que alguna vez fue “su patio trasero” ahora tiene nuevos
dueños, nuevos inversionistas, nuevas armas y nuevas alianzas.
La escena es clara:
Estados Unidos llega tarde, cansado y con menos autoridad que nunca a un
Caribe que ya no le pertenece por reflejo histórico.
Un imperio que perdió el mapa
A finales del siglo XX, EE.UU. podía hacer caer gobiernos
latinoamericanos como quien cambia fusibles. Hoy, en cambio, su proyección
militar se enfrenta a una realidad incómoda:
- Venezuela
ya no es Panamá.
- Maduro
no es Noriega.
- Y el
Caribe ya no está vacío de actores globales.
Mientras Washington se distraía en sus guerras-laberinto en
Medio Oriente y Europa del Este, otros llenaron el vacío:
- Rusia
entrenó, armó y equipó a la FANB.
- China
financió infraestructura, telecomunicaciones y energía.
- Irán
penetró con cooperación técnica, inteligencia y logística.
- Turquía
se insertó en minería y oro.
Y todo esto ocurrió antes de que el primer
funcionario estadounidense comenzara a hablar de “restaurar la democracia” en
Venezuela. Hoy la realidad es brutal:
Estados Unidos no solo enfrenta a Maduro.
Enfrenta a tres potencias con intereses reales, activos y estratégicos dentro
del territorio venezolano.
Y lo más grave:
esas potencias ya están instaladas.
No necesitan “intervenir”: ya están allí.
El portaviones como placebo
Los opinólogos de escritorio celebran la presencia del Gerald
R. Ford como si fuera un acto quirúrgico que resuelve la enfermedad.
Pero en geopolítica, mostrar armas y tener iniciativa no son lo mismo.
El portaviones, en este contexto, funciona como:
- un parche
simbólico,
- una fotografía
para consumo interno,
- un
intento de reaseguro psicológico para un país que siente que el
mundo se le escapa de las manos.
Porque la verdad incómoda es esta:
no hay operación militar fácil, rápida ni barata
disponible contra Venezuela.
Y el Pentágono lo sabe.
No lo dicen los adversarios de EE.UU.
Lo admiten sus generales retirados, sus think tanks y sus propios estrategas.
¿Por qué?
Porque Venezuela no es un Estado fallido, sino un Estado blindado.
Venezuela: el muro inesperado
Durante años, la narrativa occidental calificó a Venezuela
como un país “colapsado”, “débil”, “inviable”, incapaz de sostenerse ante una
presión militar.
Pero la inteligencia militar estadounidense —la seria, no la
mediática— sabe otra cosa:
- Venezuela
tiene la defensa aérea más potente de Latinoamérica.
- Opera
sistemas S-300, Buk y Pechora modernizados.
- Posee
aviación de combate Su-30MK2, helicópteros artillados rusos, tanques T-72
y artillería de cohetes.
- Tiene
2 millones de milicianos adiestrados para guerra urbana y selva.
- Administra
un territorio complejo, denso, montañoso y selvícola: un Vietnam tropical
a tres horas de Miami.
Y además, con un detalle mortal:
cualquier derrame del conflicto expande el fuego por toda
la región.
Desde guerrillas colombianas hasta milicias transfronterizas, desde tráfico
armado hasta intereses iraníes.
No es una guerra.
Es un avispero continental.
La tragedia del poder tardío
El punto central es simple:
Estados Unidos sí quiere el petróleo venezolano, como lo quiso siempre.
Quiere el oro, el gas, las reservas minerales, la posición estratégica.
Pero lo quiere cuando ya no puede tomarlo sin pagar un
precio que no puede asumir.
Su portaviones brilla bajo el sol del Caribe, pero su poder
se ha llenado de límites:
- No
puede abrir un Vietnam marítimo en su frontera.
- No
puede tolerar pérdidas masivas de tropas.
- No
puede arriesgar un colapso en precios de gasolina.
- No
puede combatir simultáneamente con un pie en Ucrania, otro en Gaza y un
tercero en el Caribe.
Y no puede, sobre todo, retroceder frente a Rusia o China en
vivo ante los ojos del mundo.
El Caribe, entonces, no es un teatro militar.
Es un espejo.
Y lo que el imperio ve reflejado no es su fuerza, sino su
propia decadencia.
En conclusión:
Estados Unidos llegó tarde a un tablero que creyó suyo por derecho
histórico. Ahora, cada movimiento que hace es defensivo, reactivo, ansioso.
Y Venezuela, aun en crisis interna, aun golpeada por la
historia el bloqieo, se ha convertido
—sin proponérselo del todo— en la evidencia final de que el mundo dejó de girar
alrededor de Washington.
El portaviones no intimida a Maduro. Intimida, más bien, a
quienes necesitan creer que el poder estadounidense sigue siendo ilimitado.
Porque el Caribe ya no es azul. Es multipolar.
Y eso, desde el diván mundial, no se puede ocultar con una foto
de un buque tremendazo.
Alberto Vela


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