DESDE EL DIVÁN NACIONAL: EL SERMÓN DEL MERCADO Y LA FARSA DEL CADE
A veces el espectáculo de la decadencia no necesita metáforas: basta con escuchar. Basta con observar el fervor con que ciertos hombres —como Axel Kaiser, ese predicador del catecismo neoliberal— suben a los altares empresariales del CADE Ejecutivo a pronunciar sus letanías contra el enemigo número uno de su credo: el Estado.
No lo hace con reflexión, sino con la fe de un misionero
extraviado. Denuncia “la mentalidad estatista” como si fuera una enfermedad
tropical, acusa a las universidades de “fábricas de adoctrinamiento” y llega al
extremo de decir que quienes votan por un alcalde progresista en Nueva York
están “infectados de parásitos mentales”. Kaiser habla como si el siglo XXI no
hubiera ocurrido, como si el planeta no estuviera ardiendo —literal y
metafóricamente— por los excesos del mismo modelo que defiende.
Lo suyo no es un análisis: es un acto de supervivencia retórica.
Vive de repetir el mantra sagrado —“el mercado todo lo puede, el Estado todo lo
arruina”— como un curandero ideológico que ya no cura, pero sigue cobrando la
consulta. Y el público de CADE, en su mayoría, lo aplaude porque también lo
necesita: porque sus conciencias descansan mejor cuando alguien les dice que la
culpa de todo es del Estado, no de los privilegios, no de la evasión fiscal, no
de la captura institucional que ellos mismos alimentan.
Kaiser es el reflejo perfecto de una élite que envejeció
ideológicamente sin darse cuenta. Esa élite que confunde “libertad” con
desregulación, “democracia” con rentabilidad, y que se espanta si una ciudad
como Nueva York —la capital simbólica del capitalismo mundial— elige un alcalde
de izquierda. Lo interpreta como el Apocalipsis cultural, sin entender que es
más bien el síntoma de un cambio de era: las nuevas generaciones ya no
creen en los dogmas del mercado infalible, ni en el fetiche del crecimiento sin
justicia, ni en la fábula del empresario como salvador moral.
Pero Kaiser no se resigna. En su mundo, los jóvenes son
peligrosos porque piensan; las universidades, porque enseñan; el Estado, porque
existe. Su receta para la democracia es tan primitiva que asusta: “si no estás
dispuesto a defenderla a balazos, no eres demócrata”. Lo dijo sin rubor, en donde
la derecha empresarial aún se cree legítima heredera del orden y la bala.
Lo dijo aquí, en Perú. En un país donde la democracia ya
fue “defendida” a balazos por encargo del poder económico, donde más de sesenta
peruanos fueron asesinados por reclamar justicia. Y lo dijo ante un auditorio
que lo aplaudió, como si el eco de su violencia teórica resonara en la memoria
de los suyos.
No es casualidad: sabía muy bien dónde hablaba. Y sabía que
su mensaje —la democracia como propiedad privada de los “productivos”— caería
como música en los oídos de quienes gobiernan desde las sombras. Su discurso es
el de un imperio ideológico en decadencia, una copia descolorida del
neoliberalismo de los noventa que hoy sobrevive mintiendo.
Kaiser y sus semejantes son apenas los intérpretes visibles
de esa decadencia imperial que agoniza mintiendo. Han pasado de ser arquitectos
del modelo a ser sus ventrílocuos, repitiendo frases prefabricadas sobre
“hegemonía cultural”, “revolución de las ideas” y “parásitos mentales” sin advertir
que los verdaderos parásitos son ellos: intelectuales rentistas que viven de
justificar un orden que ya no se sostiene.
Lo que presenciamos no es la defensa de la libertad, sino
el último sermón del mercado. Un acto de fe desesperado de quienes ya no inspiran
respeto, solo sospecha. Y ahí están, año tras año, desde sus cómodos asientos en Paracas o Urubamba y hoy en San Borja - Lima, pretendiendo diagnosticar el “atraso moral” del país,
sin advertir que el verdadero atraso es el suyo: un pensamiento
estancado en los noventa, hablando de Estado mínimo mientras el mundo discute
inteligencia artificial, justicia climática y nuevas formas de cohesión social.
El CADE Ejecutivo no es una cumbre de ideas: es una misa
de autolegitimación. Un ritual donde los herederos del privilegio se
confiesan entre ellos y se absuelven con discursos sobre “libertad económica” y
“eficiencia”. Pero debajo del barniz, lo que realmente aflora es la ansiedad
del poder cuando se siente amenazado. El CADE de hoy no celebra el futuro: intenta
exorcizar su propio ocaso.
Porque esa es la verdad: el CADE ya no significa nada. No
define el rumbo del país, no inspira políticas, no conecta con la realidad.
Es un evento para sí mismo, un espejo donde la élite se contempla y se
felicita, mientras el resto del país vive en otra dimensión. Afuera, el Perú
real —el que madruga, el que sobrevive, el que educa a sus hijos sin subsidios
ni apellidos— no tiene idea de lo que ocurre en esos auditorios climatizados.
Ni le interesa.
El CADE se ha convertido en un acto de nostalgia
institucionalizada: se habla del “desarrollo” con la misma fe con que se
invoca a los santos, se repite la palabra “libertad” como un conjuro que
exorciza la culpa de quienes se enriquecieron en un país empobrecido. Y en el
fondo, todos lo saben: lo que allí se celebra no es el futuro, sino la
prolongación del privilegio.
Desde este diván nacional, la escena no puede ser más
reveladora: un puñado de predicadores del capitalismo tardío intentando
convencer al país de que la decadencia global es culpa del Estado peruano. Pero
no, señores del CADE: el derrumbe que presenciamos no se llama populismo ni
informalidad. Se llama fin de una era. Y ustedes, con sus discursos
reciclados, solo son sus más elocuentes arqueólogos.
Alberto Vela





Comentarios
Publicar un comentario