DESDE EL DIVÁN NACIONAL: “EL COMUNISMO, ESE FANTASMA QUE ASUSTA A LOS QUE SE HACEN RICOS CON LA PLATA DEL ESTADO (O VIVEN DE ÉL)”

Hay frases que parecen salidas de un manual de sabiduría práctica, pero que esconden décadas —si no siglos— de propaganda bien financiada.

Una de las más repetidas reza así:

“Es fácil ser comunista en un país libre; trata de ser libre en un país comunista.”

Suena ingeniosa, ¿verdad? De esas que se repiten sin pensar, como si condensaran una verdad universal.
Pero cuando uno la desarma, cuando la pone en el diván de la historia, la frase revela su truco: ni existen países verdaderamente libres, ni existieron jamás países comunistas según sus propios principios.
Solo existen discursos, diseñados para justificar la hegemonía de unos pocos y el sometimiento de todos los demás.

La libertad del Norte y la sumisión del Sur

Los países “libres” del norte —Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España— construyeron su libertad sobre la espalda del resto del planeta.
Su democracia se alimenta de nuestro cobre, nuestro litio, nuestro petróleo, nuestra mano de obra, nuestras deudas y nuestras vidas.
Su prosperidad fue posible porque hubo un sur que se lo permitió, o mejor dicho, que fue obligado a permitírselo.

Mientras ellos hablaban de “libertad”, aquí en América Latina poníamos los muertos y pagábamos la factura.
En nombre de la lucha contra el comunismo, Washington financió golpes, dictaduras asesinas y guerras sucias.
A cada pueblo que quiso decidir por sí mismo, lo aplastaron con el mismo argumento: “defender la libertad”.
Pero la libertad que defendían no era la nuestra: era la suya, la de seguir mandando, la de seguir saqueando con buena conciencia y cobertura mediática.

El comunismo que nunca existió

Paradójicamente, ese comunismo que tanto temían nunca existió.
Marx imaginó una sociedad sin clases, sin propiedad privada, sin Estado.
Lo que vimos fueron regímenes autoritarios que se proclamaron herederos de esa utopía, pero que terminaron reproduciendo el mismo poder concentrado que prometieron abolir.
Así, el comunismo se convirtió en una palabra maldita, útil para ambas orillas:
para que el norte justificara sus intervenciones, y para que ciertos gobiernos autoritarios del este excusaran sus abusos.

El resultado fue perfecto para el capitalismo:
el comunismo quedó asociado al totalitarismo,
y el capitalismo se vistió de libertad, aunque en realidad solo cambió de uniforme.
Hoy la opresión se llama “mercado”, y la servidumbre se paga con tarjeta de crédito.

El socialismo y el cuco latinoamericano

En América Latina, bastaba pronunciar “redistribución” para que los noticieros gritaran “¡comunismo!”.
Bastaba hablar de nacionalizar el gas, subir impuestos o garantizar educación gratuita para ser acusado de querer destruir el país.
Y así, una generación entera creció creyendo que la justicia social era un pecado, y la desigualdad, una ley natural del universo.

Como explicó Noam Chomsky:

“Estados Unidos apoyó a los regímenes más sanguinarios de América Latina porque mataban comunistas; y comunista era cualquiera que creyera en justicia social.”

Ese cuco sembrado en las conciencias sigue funcionando.
Hasta hoy, políticos, empresarios y opinólogos repiten el mismo libreto para defender sus privilegios.
Cada vez que el pueblo reclama algo básico —agua, tierra, salud— aparece el mismo fantasma:
“¡Cuidado, eso es comunismo!”

El diván peruano

En el Perú, ese fantasma tiene nombre, apellido y cuenta bancaria.
Aquí el “anticomunista” promedio no teme al comunismo: teme perder sus contratos con el Estado.
Los mismos que acusan de “rojillo” a todo el que cuestiona al poder,
viven de consultorías públicas, licitaciones amañadas, concesiones mineras, migajas que les sueltan bajo la mesa, favores judiciales, o nada, como hinchas de un equipo de futbol.

El grito “¡comunismo!” funciona como cortina de humo para encubrir lo verdaderamente escandaloso:
la captura del Estado por los que dicen odiarlo.
Los “anticomunistas” de oficio son, en realidad, estatistas de conveniencia:
aman al Estado cuando reparte prebendas, lo odian cuando intenta regular o fiscalizar.

Y mientras tanto, el pueblo sigue donde siempre está: a la espera de una libertad que nunca llega,
porque el sistema, sea rojo o azul, no permite ser libre de verdad.

En resumen desde el diván

Volvamos entonces a la frase:

“Es fácil ser comunista en un país libre; trata de ser libre en un país comunista.”

Tiene razón a medias.
Pero habría que corregirla para el siglo XXI y, sobre todo, para este lado del mundo:

“Es fácil hablar de libertad en un país que vive de la explotación ajena;
más difícil es ser libre en un mundo donde la libertad se compra y la justicia se vende.”

Y en el caso peruano, podríamos agregar una nota de diagnóstico clínico:

“Es fácil gritar ‘¡comunismo!’ desde un ministerio, un contrato o un lobby;
más difícil es mirar al espejo y admitir que el verdadero parásito del Estado no lleva hoz ni martillo, sino corbata y tarjeta de crédito corporativa.”

En fin.
Desde este diván nacional, lo que asusta no es el comunismo,
sino la posibilidad de que, un día, la gente deje de tenerle miedo.

Nota del autor

No soy pro comunista ni pro capitalista.
Soy apenas un ciudadano —un pobre, como tantos— que busca sentido común y consenso para enfrentar las desigualdades económicas, políticas y sociales que nos mantienen divididos.
No defiendo ideologías, sino la necesidad de construir un país donde quepamos todos, sin miedo a las etiquetas que el poder impone para seguir mandando.

Y si eso incomoda, será porque la verdad, como la libertad, todavía está en terapia.

Alberto Vela

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