“CONDENARON A PEDRITO: LOS SEÑORES FEUDALES AHORA PUEDEN DORMIR”

En el Perú, ese país que todavía pretende ser república mientras funciona como hacienda, acaba de ocurrir un milagro jurídico digno de estudio en escuelas de derecho… pero no para aprender justicia, sino para estudiar cómo NO debería funcionar un Poder Judicial si quisiera simular decencia.

Porque acaba de pasar:
Pedro Castillo, el presidente que nunca gobernó porque nunca lo dejaron gobernar, acaba de ser condenado por un delito que no consumó, que no planificó, y que no tenía forma de ejecutar.

Pero claro, en el Perú no hace falta que un delito exista para que un juez lo encuentre.
Aquí basta que exista una orden, un guiño, un WhatsApp, una llamada, o simplemente un gesto desde arriba.
Que no se diga que nuestra justicia no es eficiente:
cuando se trata de condenar al enemigo político, son Fórmula 1.
Cuando se trata de tocar a los poderosos, son triciclos con llanta baja.

“Mientras tanto, los ‘no golpistas’, esos que llevan doscientos años ejerciendo poder sin un solo voto en las urnas —y dos de esos años ya sin siquiera guardar las formas— aplauden felices porque, según ellos, la justicia ‘ha triunfado’. Que no hayan ganado elecciones jamás es un detalle menor; total, llevan dos siglos convencidos de que el Perú es su hacienda, la Constitución su cercado y el Poder Judicial su mayordomo con libreta en mano.”

Claro, triunfado para ellos:
el feudo necesitaba cerrar un capítulo.
¿Y qué mejor manera de hacerlo que encerrar al campesino insolente que osó sentarse en la silla que siempre les perteneció “por derecho divino”?

El crimen de Castillo no fue político: fue hereditario

Pedro Castillo fue condenado por haber leído un mensaje que ni los ministros sabían, que no tuvo respaldo de las Fuerzas Armadas, que no produjo toma de ninguna institución y que, como buen acto fallido, murió antes de nacer.

Pero eso es lo de menos.
El verdadero delito, el delito no tipificado pero siempre sancionado, fue haber nacido en la región equivocada, con el apellido equivocado, con el color de piel equivocado y con el mandato popular mal entendido por las élites.

Castillo cometió el pecado original del Perú:
romper la exclusividad racial y económica del poder.
Y por eso lo castigaron.
No por lo que hizo, sino por quién era y a quién representaba.

Pero hablemos del Poder Judicial: el circo sin carpa, pero con sueldo

El Poder Judicial peruano es esa institución que tiene impecables trajes, edificios pomposos y discursos solemnes… y, sin embargo, su prestigio cabe en un frasco de yogurt vencido.

Jueces que leen la Constitución como si fuera un folleto de supermercado, fiscales que arman casos políticos como si fueran combis repletas de pasajeros y una Corte Suprema que firma sentencias como quien firma recibos de caja chica.

Y la pregunta del millón:

¿Qué ganan estos jueces y fiscales con condenar a Castillo?

La respuesta es simple, cruda y honesta:
todo.

  • Ganarán estabilidad. El régimen los blindará.
  • Ganarán ascensos. Siempre hay una sillita giratoria para el buen sirviente.
  • Ganarán prebendas. Viajes, bonos, favores, garantizados.
  • Ganarán publicidad favorable. Los medios del feudo los pondrán como héroes de la legalidad.
  • Ganarán protección. Mientras Dina respire, ellos no caen.
  • Ganarán impunidad. Cada sentencia política les sirve de escudo para sus propias metidas de mano, porque aquí todos tienen un muerto en el clóset.

Y la más importante:

Ganan pertenecer al bando que manda, no al que obedece.

Porque en el Perú, cuando la democracia muere, el mejor negocio es convertirse en portero del sepulcro.

La narrativa oficial: “Castillo intentó un golpe”. El manual del farsante

Para sostener la farsa, necesitaban esta sentencia como quien necesita maquillaje para tapar un crimen. La historia oficial es tan absurda que debería venir con risas grabadas:

  • Un golpe sin tanques.
  • Una rebelión sin rebeldes.
  • Una conspiración sin conspiradores.
  • Una toma del poder sin control de nada.
  • Un levantamiento que fue desactivado por… ¡un tuit!

Pero claro, el Congreso que lleva dos años secuestrando el país sin legitimidad, el gobierno que entró por la puerta trasera y se quedó matando gente, los medios que sostuvieron el golpe parlamentario, la Embajada que legitimó al minuto, y las élites empresariales que gobiernan de facto…

Esos no dieron golpe.
Esos “defendieron la democracia”.

Es para reír, si no diera tanta vergüenza.

La sentencia no es contra Castillo: es contra la idea misma de igualdad política

La élite peruana tiene miedo —pánico— a una sola cosa:
que el país deje de ser su feudo.

Por eso la sentencia no es jurídica.
Es simbólica.
Es un recordatorio.

Un recordatorio feroz:
“Aquí mandamos nosotros. Ustedes solo votan.”

CONCLUYENDO: Un país gobernado por notarios del feudo

El Poder Judicial acaba de firmar su rol histórico:
notario del golpe, escribano del feudo, testigo del abuso.

Porque la justicia peruana no administra justicia:
administra venganza, obediencia y prebendas.

Y mientras eso siga así, mientras los jueces sigan actuando como cretinos útiles de la clase dominante, y mientras la institucionalidad sea un disfraz barato de la hacienda colonial, la sentencia contra Castillo no será la primera ni la última.
Será simplemente la prueba de que seguimos siendo un país donde el poder se hereda, no se elige.

Y donde la justicia, cuando se trata de los de arriba, siempre es ciega, pero cuando se trata de los de abajo, ve clarito, rapidito y con ganas.

Alberto Vela

Comentarios