CÓMO VENDER DUBÁI EN LA COSTA VERDE

 

Rafael López Aliaga ya no es alcalde.

Renunció para escalar un peldaño más alto en su escalera al cielo: la presidencia de la República.
Y como todo mesías del mercado, vuelve con su milagro de turno: convertir la Costa Verde en Dubái.
Así, sin estudios, sin contexto y —por supuesto— sin vergüenza.
De los baches al Burj Khalifa.

El delirio con método

A simple vista, podría parecer otra de sus ocurrencias místicas, propias del político que una vez prometió hacer de Lima una “potencia mundial” y terminó dejándola en bancarrota moral y administrativa.
Pero no. Detrás del disparate hay método.
Y detrás del método, una lectura siniestra del alma peruana.

Sus asesores —que de santos solo tienen el rosario— entendieron algo que el país todavía no asimila:
la desubicación es un mercado político.
El Perú está lleno de ciudadanos que sueñan con Dubái pero no tienen agua potable; que veneran a Elon Musk pero no pueden adjuntar un archivo a la SUNAT; que confunden el “progreso” con la vista aérea de un dron.

En ese ecosistema emocional, López Aliaga nada como pez en agua bendita.
Prometer Dubái no es una broma: es una estrategia.
Sabe que el votante promedio no quiere un plan de gobierno, sino un espejismo que le permita olvidar la realidad.
Y él lo ofrece con garantía pastoral.

El mapa mental de un desubicado

López Aliaga no solo confunde Lima con el Perú; confunde su cuenta bancaria con el país.
Su geografía mental termina donde llega la vista desde un balcón miraflorino: un horizonte de concreto, autos y gente que no ensucia el paisaje.
Por eso su idea de desarrollo es puramente estética: edificios relucientes, wifi celestial y crucifijos en los semáforos.

Para él, progreso es pintar la fachada mientras se derrumba la casa.
Educación, salud o descentralización le suenan a gastos innecesarios en el reino de los cielos fiscales.
Y lo más alarmante: esa visión conecta.
Porque buena parte del país, entrenado por la televisión basura y el mérito de cartón, confunde el éxito con la apariencia.
Así, el “empresario perseguido por el diablo” se vuelve un héroe espiritual: el santo del sobreendeudamiento patriótico.

El Milei con crucifijo

López Aliaga es al Perú lo que Milei es a la Argentina, solo que con agua bendita en el bidón del combustible.
Ambos predican la salvación a través del caos: el argentino grita contra el Estado; el peruano se flagela frente al espejo.
Uno invoca a la libertad de mercado, el otro al Espíritu Santo.
Pero los dos venden la misma mercancía: un futuro imposible con envoltura emocional.

Sus discursos no buscan convencer, sino incendiar.
No ofrecen soluciones, sino enemigos.
Cada promesa delirante —sea Dubái o el “Perú potencia mundial”— no es un programa, sino un exorcismo colectivo.
Y mientras el pueblo aplaude, los inversionistas rezan para que siga el espectáculo.

El país como clientela emocional

El drama no es López Aliaga.
El drama somos nosotros.
Porque cuando un político puede vender arena en la Costa Verde y cosechar aplausos, el problema ya no es el vendedor, sino el comprador.
El Perú se ha vuelto un bazar de ilusiones donde la gente vota por quien le ofrece el sueño más absurdo con tono más devoto.

Y así, mientras medio país reza por Dubái, el otro medio sigue sin desagüe.
El candidato sonríe, los empresarios calculan, y el ciudadano, hipnotizado, confunde milagro con megaproyecto.

Epílogo desde el diván

En el fondo, López Aliaga no promete Dubái: promete huir del Perú sin salir de él.
Promete convertir la frustración nacional en estética importada, el hambre en holograma y la miseria en paisaje de fondo para un TikTok patriótico.

Pero el verdadero despropósito no es su promesa, sino nuestra credulidad.
Porque mientras existan peruanos que crean que se puede construir Dubái sobre el acantilado de la desigualdad,
seguiremos siendo potencia mundial… en autoengaño.

Y cuando todo termine —porque terminará—, los creyentes del milagro del cemento se darán cuenta, entre risa y rabia,
que Dubái nunca llegó…
y que, como siempre, quedaron con los crespos hechos.
O como se dice con cariño en el Perú: ensartados, pero con vista al mar.

Alberto Vela

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