CAPERUCITA RADICAL, EL LOBO DEL CARIBE Y EL PUEBLO QUE NO BAJA LAS ARMAS

Hay cuentos que se repiten por siglos:

la niña ingenua, el lobo disfrazado, la abuelita crédula.
Venezuela, en cambio, vive su propia versión caribeña del mito:
Caperucita Radical, el Lobo Imperial y un pueblo que ya no se come el cuento.

María Corina Machado —esa dirigente que cree que la democracia comienza cuando ella gana y termina cuando ella pierde— apareció en El Diario NY con una proclamación épica:

“Funcionarios de Maduro, bajen las armas. Es la hora decisiva.”

Traducción simultánea desde el Diván Mundial:

“Aprovechen que llegó el portaaviones, entréguense al lobo y todo se arregla.”

Pero entonces, desde algún barrio de Caracas (uno donde sí se vive la historia y no las versiones exportadas), una mujer le contesta con sabiduría ancestral:

“Ay manita, pero si dejan las armas se lo come el lobo. Razona, vale."

Y esa respuesta lo cambia todo.
Porque ahí está la verdad que ningún think tank de Washington quiere oír:

I. En esta historia, el lobo no es Maduro.

El lobo es Estados Unidos.

Machado pide que los militares bajen las armas precisamente cuando el lobo está olfateando el Caribe, con el portaaviones nuclear ronroneando como un depredador en ayunas.

Bajar las armas ante el lobo es como abrirle la puerta al conquistador que siempre tuvo hambre de petróleo, de posición geoestratégica y de obediencia.

II. El pueblo sabe algo que la oposición elitista nunca aprendió:

los imperios no rescatan, recolonizan.

Machado habla de “transición democrática”, pero el pueblo —ese que vivió 40 años de exclusión antes de Chávez— sabe leer la historia con los ojos de quien la ha sufrido, no de quien la estudió en PDFs de consultoras.

EE.UU. no desembarca por libertad.
Desembarca por control.
Por recursos.
Por tablero estratégico.
Y si puede envolverlo en un discurso de “salvación”, mejor.

III. Pedir a los militares que bajen las armas es pedirles que acepten la recolonización.

Hay que decirlo con precisión quirúrgica:

Venezuela no se mantiene en pie por la simpatía internacional, sino por la disuasión interna.

Es el mismo principio que entiende cualquier país que ha estado bajo amenaza:

  • Irán no se desarma porque Israel existe.
  • Corea del Norte no se desarma porque EE.UU. existe.
  • Cuba no se desarma porque ya aprendió la lección en Bahía de Cochinos.

Y Venezuela no se va a desarmar porque sabe que, sin fusiles, el lobo no conversa:
devora.

IV. El pueblo defiende su derecho a no volver a ser colonia.

Este es el punto que la oposición “caviar de derecha” jamás entendió.
El chavismo nació en los cerros porque esos cerros venían de décadas de abandono y desprecio.
No fue Chávez quien politizó al pueblo, Chávez fue un militar: fue el pueblo el que politizó a Chávez.

Y ese mismo pueblo, ante el acoso externo, no baja las armas:
Las ajusta.
Las limpia.
Las alista.

Pero no para defender palacios; sino para defender dignidad.

V. Machado quiere un país sin armas ante un lobo hambriento.

La señora del comentario quiere un país que no lo coman vivo.

Y si uno escucha bien, la sabiduría popular está diciendo:

  • “No se entreguen.”
  • “No repitan el 1898.”
  • “No repitan Irán 1953.”
  • “No repitan Guatemala 1954.”
  • “No repitan Chile 1973.”
  • “No repitan Panamá 1989.”

Es la historia de América Latina hablándole a Venezuela a través de una señora que solo comentó un post:

“Ay manita, si dejan las armas se los come el lobo.”

VI. La geopolítica real cabe en una frase popular.

Todo lo demás son comunicados oficiales.

Los imperios cambian de bandera, pero nunca de apetito.
La oposición cambia de líder, pero nunca de desconexión social.
Las élites cambian de discurso, pero nunca de desprecio al pueblo.

El único que aprende es el pueblo. Y cuando aprende, aprende para siempre.

Por eso, hoy, la frase que describe la nueva geopolítica venezolana no la dijo un general, ni un analista, ni un diplomático:

La dijo una mujer en Facebook.

Y en esa frase está la brújula:

“Razona vale.”

No hace falta decirle “idiota” explícitamente a la María Corinita, premio Nobel de la paz.

Alberto Vela

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