CADE EJECUTIVO: un tal Axel Kaiser, el hombre que odia al Estado
Parece que en el CADE Ejecutivo 2025, además de las inevitables presentaciones de power point con gráficas de crecimiento, hubo también un acto de fe. Subió al estrado un hombre —de verbo encendido y convicciones de púlpito— a predicar el evangelio según Hayek: el Estado es malo, el mercado es bueno, y todo lo demás es socialismo. Axel Kaiser, el autoproclamado psiquiatra de las naciones enfermas de estatismo, volvió a diagnosticar el mismo mal de siempre: América Latina padece una “mentalidad” que espera demasiado del Estado.
Nada nuevo bajo el sol, salvo el tono mesiánico con que lo
repite. Según él, el problema no es la desigualdad, la corrupción o la captura
del poder por élites rentistas: no, el problema está en la cabeza del
latinoamericano promedio, que tiene “parásitos mentales” incubados en esas
guaridas del mal llamadas universidades. Sí, esas instituciones donde —según
Kaiser— se “lava el cerebro” a los jóvenes hasta volverlos comunistas. En
resumen: el enemigo no es la injusticia, ni la concentración del poder
económico, ni la evasión fiscal; el enemigo es el estudiante de 20 años que nunca leyó a Marx o que piensa que el Estado debería garantizar salud y educación.
El discurso fue, como siempre, un remix del catecismo liberal clásico: el Estado es una bestia parasitaria, una manada de burócratas que devoran al ciudadano productivo. Kaiser recita esa letanía con la devoción de un monje medieval, convencido de que el fuego del infierno es el déficit fiscal y de que la salvación eterna está en reducir el tamaño del Estado al de un bonsái.
Lo curioso es que pronuncia semejante sermón desde un escenario financiado por
el empresariado que vive, precisamente, del Estado que él detesta: de contratos
públicos, de exoneraciones tributarias, de rescates financieros, de subsidios
energéticos, de incentivos mineros, y hasta seguridad policial gratuita. Pero
bueno, eso debe ser lo que en su teología llaman “la gracia invisible del
mercado”.
En su versión latinoamericana del apocalipsis, los pueblos
se hunden no por la pobreza estructural, sino por “la mentalidad del
pobrecito”, esa enfermedad moral que nos lleva a esperar que el Estado resuelva
los problemas. Lo que no dice Kaiser —porque arruinaría su parábola— es que
buena parte de los países desarrollados llegaron a serlo con Estados fuertes,
eficaces y redistributivos. Alemania, Japón, Corea del Sur o los mismísimos
Estados Unidos crecieron gracias a políticas industriales, gasto público en
ciencia, infraestructura, educación y salud. Pero claro, en la narrativa de
Kaiser, esos detalles son tan incómodos como los impuestos.
Su obsesión raya en lo clínico: el Estado es para él lo que
el demonio para un exorcista. Y como buen exorcista, no tiene problema en
invocar la violencia sagrada. Llegó a decir que si no se está dispuesto a
“defender la democracia por la fuerza —es decir, a balazos—, uno no es
demócrata”. Una perla. En nombre de la libertad, justifica la guerra. En nombre
de la democracia, el uso de la fuerza. En nombre del pensamiento libre, acusa de
“parásitos mentales” a los universitarios. Y en nombre del mercado, propone que
el poder económico controle la cultura, los medios y las ideas. Porque claro,
si los marxistas inventaron la “hegemonía cultural”, el capitalismo también
quiere su propia fábrica de hegemonía, solo que con marca y patrosinio.
Kaiser se admira de Milei —su apóstol favorito— y anuncia
con júbilo una “revolución cultural libertaria” que arrasará con el estatismo.
Pero lo que no explica es cómo piensa mantener cohesionadas sociedades
fracturadas, con un tercio bajo la línea de pobreza, sin alguna forma de Estado
que garantice mínimos de justicia y redistribución. Su utopía de “libertad
total” se parece sospechosamente a una jungla donde los débiles se las arreglan
solos mientras los fuertes hablan de meritocracia.
El problema de fondo es que el discurso anti-Estado no
quiere reformar al Estado: quiere vaciarlo. No busca que funcione mejor: busca
que desaparezca, o que quede reducido a un vigilante nocturno que protege la
propiedad privada y calla ante todo lo demás.
El resultado de esa lógica lo hemos visto: desigualdad brutal, servicios
públicos en ruinas y democracias secuestradas por élites económicas que, al
menor sobresalto, exigen —oh ironía— que el Estado los rescate.
Quizá el verdadero “parásito mental” no está en las
universidades, por dios, ¿en las de Acuña?, sino en esa idea obsesiva de que el mercado, por sí solo, tiene
la sabiduría de un dios y la moral de un santo. Y que los pueblos, para
progresar, deben aprender a rezarle.
No sorprende que en esa misa neoliberal, el Estado sea el demonio, los pobres
el pecado y el empresario exitoso el nuevo profeta. Pero desde este diván, yo
sigo creyendo que el problema no es que el Estado exista, sino que a veces lo
dirigen los mismos que sueñan con destruirlo.
Alberto Vela




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