SACRIFICARON A SU REINA: ¿AHORA QUIÉN HARÁ LOS MANDADOS?

La calle no ardió, pero tampoco celebró.Y eso lo dice todo. 

El silencio del pueblo tras la caída de Dina Boluarte, alias presidente, no fue indiferencia: fue lucidez.

La gente entendió que la vacancia no era una victoria, sino un ajuste interno del mismo sistema, una jugada predecible en un tablero donde todos los jugadores están manchados.

Mientras los medios hablaban de “restituir la gobernabilidad”, el Congreso volvía a mostrarse tal como es: un mercado de intereses.
Hubo incluso una moción para cambiar la Junta Directiva, con el argumento de recomponer el orden y darle rostro “de consenso” a la transición.
Pero fue rechazada sin rubor.
Los mismos que decían querer salvar al país decidieron seguir aferrados al control, aunque el barco se hunda.

El poder sin máscara

Sacrificaron a su reina —la pieza visible, la obediente ejecutora— creyendo que así limpiarían el tablero.
Pero el efecto fue el contrario: dejaron al rey expuesto, sin defensa y sin coartada.
Dina Boluarte cumplió cada mandato del Congreso y del poder económico que la sostenía: vetó, observó, blindó, firmó, y cuando ya no les servía, la entregaron en sacrificio, con una frialdad quirúrgica.

El tinglado político —ese entramado de favores, votos comprados y pactos de impunidad— comenzó a resquebrajarse desde adentro.
Porque el sacrificio no fue una jugada estratégica: fue un gesto desesperado de quienes ya no saben cómo mantener en pie la farsa.

El silencio del pueblo

El pueblo no salió a celebrar porque no hay nada que celebrar.
La consigna en cada esquina, en cada conversación, en cada barrio, es la misma:
“Que se vayan todos.”
La gente entendió que Dina no era la causa, sino el síntoma; que el Congreso no es el remedio, sino la enfermedad.
Y que mientras ellos sigan jugando entre sí, el país seguirá hundido en la miseria política y moral que ellos mismos fabricaron.

El silencio, entonces, no es pasividad: es advertencia.
Un silencio que pesa, que se estira, que anuncia la siguiente ola.
Porque el pueblo está esperando —no para aplaudir— sino para actuar.

El rey desnudo

La arrogancia congresal quedó en evidencia al rechazar el cambio de su Junta Directiva.
Ese fue el momento en que se vio el verdadero rostro del poder: una élite política sin reflejo, sin instinto, sin rumbo.
Ya no buscan gobernar: buscan sobrevivir.
Y en esa desesperación, cada bancada se desangra, cada congresista se convierte en su propio enemigo, y cada discurso sobre “la gobernanza” suena a burla.

El poder sin reina no sabe jugar.
Y los que antes daban órdenes ahora buscan a quién obedecer.

El derrumbe del tablero

Sacrificar una reina en ajedrez solo tiene sentido cuando existe una estrategia brillante detrás.
Aquí no hay estrategia: solo un intento torpe de ganar tiempo y distraer al país del verdadero problema —la descomposición total del sistema político.

El Congreso creyó que podía mantenerse firme tras la caída de su aliada.
Pero en realidad, se quedó sin plan B.
Cada día que pase sin que propongan una salida legítima, el desgaste crecerá.
Y cuando intenten volver a mover ficha, ya no tendrán tablero que sostenga la partida.

A MODO DE COMENTARIO

El tablero se quedó sin estrategia: lo que viene después del sacrificio

Y ahora, ¿qué les queda?
Después de tanto cálculo, tanta intriga y tanto teatro, el poder se quedó mirando un tablero vacío, con piezas dispersas y sin nadie que mueva las manos.
Los estrategas del caos, esos que juraban dominar el arte de la maniobra, acaban de descubrir que no hay jugada maestra posible.

Ahora están felices de haberse quitado de encima a su marioneta, pero ya no habrá a quién dar órdenes. Y el país, cansado de obedecer a nadie, empieza a moverse solo.
Porque mientras ellos celebraban su victoria parlamentaria, el pueblo estaba contando los días para el 15 de octubre, para el paro que no necesita permiso, ni voceros, ni mesas de diálogo.

Van a intentar volver a hablar de “gobernabilidad”, de “transición”, de “paz social”. Claro, la paz según ellos: la que se impone con comunicados, blindajes y represión.
Pero ya no hay relato que alcance.
El sacrificio de su reina fue, en realidad, su propia rendición disfrazada de triunfo.

Y ahora, mientras los congresistas se reparten comisiones como si nada, el país real —ese que ellos olvidaron hace rato— ya no pide explicaciones: pide salida.

Porque el tablero se quedó sin estrategia,
y el pueblo está a punto de patearlo.

“Sacrificaron a su reina creyendo que así salvarían el juego.
Pero olvidaron que el tablero también está roto.
Y ahora que el poder ya no tiene a quién mandar, empieza a descubrir que mandar nunca fue gobernar.”

Alberto Vela

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