RADIOGRAFÍA DEL DESCARTE: LA DERECHA PERUANA Y SU MUÑECA ROTA

Hay momentos en que la historia política de un país se reduce a una escena grotesca: el ventrílocuo rompiendo su propia marioneta porque dejó de decir lo que él quería. Eso acaba de pasar en el Perú.

Dina Boluarte no cayó por ineficiente, ni por impopular, ni por corrupta.
Cayó porque dejó de ser útil.
Y en un sistema donde el poder es prestado, cuando se acaba la utilidad, se acaba la lealtad.
Esta es una radiografía del bloque que la sostuvo y que ahora la descarta con una frialdad quirúrgica, sin culpa ni memoria, como quien cambia de guante después de una operación sucia.

La lógica del títere y el ventrílocuo

Dina no gobernó: fue gobernada.
Su papel fue el de “la muñeca institucional” que daba un rostro “civil” y “femenino” al proyecto de restauración conservadora que siguió a la caída de Pedro Castillo.
La consigna fue simple: poner una supuesta cara amable al autoritarismo económico, vestir la represión con discursos de estabilidad, y convertir el miedo en gobernabilidad.

Su poder real fue prestado por un directorio invisible —la alianza entre grandes grupos económicos, tecnócratas de siempre y medios de comunicación domesticados—. 
Cuando decimos que fue una “muñeca de plástico”, no es burla: es precisión política.
Era un cuerpo ornamental colocado para simular Estado, mientras las decisiones se tomaban en oficinas donde ni el voto ni el pueblo tienen entrada. No en vano Hildebrandt lo llamo "alias presidente"

Sus manos atadas no eran prudencia. Eran subordinación. Y su silencio, ese mismo que algunos confundieron con firmeza, fue la marca de fábrica de quien sabe que cada palabra debe pasar por el filtro de sus dueños.

El teatro mediático: del blindaje al linchamiento

El poder mediático cumplió su rol con puntualidad militar.
Durante los primeros meses de represión, los canales y periódicos de la ultraderecha —Willax, Expreso, Correo, Canal N y sus satélites— repitieron el guion sin pestañear: había que “restablecer el orden”. Las masacres eran “excesos”, los muertos eran “infiltrados”, y la presidenta era “la garante de la democracia”.

Y mientras el país lloraba, los Christian Hudtwalcker, los Aldo Mariátegui, los Beto Ortiz, los Phillip Butters se entretenían con banalidades, cuidando que el decorado del poder no se les moviera ni un centímetro.

Pero cuando el régimen empezó a oler a cadáver político, cambiaron de libreto sin rubor.
Los mismos que bendijeron la bala, ahora se escandalizan de la violencia.
Los mismos que justificaron la represión, ahora descubren —oh sorpresa— que “el país no puede seguir así”. 
Qué ternura.

Descubrieron la crisis justo cuando ya había nuevo títere en producción.

El periodismo de derechas en el Perú no informa: prepara el terreno.
Hudtwalcker, en su explosión de moral ofendida, no reaccionó: ejecutó.
Su diatriba —esa donde la llamó a Dina, “bruta”, “pagada de su suerte”, y pidió que “esto acabe rápido”— fue la señal de que la orden había llegado.
Y su tono profético no fue intuición: fue aviso.
Sabía que la vacancia estaba en marcha.

El mecanismo del descarte: usar, desgastar, desechar

La derecha peruana opera con la frialdad de un laboratorio.
Cuando el personaje funciona, lo blindan; cuando estorba, lo destruyen.
Lo hicieron con PPK, con Merino, con Sagasti (en versión más suave) y ahora con Boluarte. El ciclo es el mismo: capturan, exprimen, descartan.

Y cuando llega el momento del descarte, necesitan un culpable visible.
Ahí entra el periodismo servil: el insulto público como acto de purificación.
Llamarla “bruta” no es una opinión, es un ritual de limpieza simbólica:
se traslada la culpa del sistema al individuo, pobre Dina, se borra la complicidad estructural, se recarga la narrativa en un chivo expiatorio que ya no puede defenderse.

Así, el sistema recicla su impunidad con una eficacia envidiable. Cada caída presidencial es presentada como catarsis, cuando en realidad es mantenimiento preventivo del régimen.

Indignación dirigida: el truco psicológico

Hudtwalcker no insultó para liberar su enojo. (Vean el video)
Insultó para canalizar el enojo popular hacia un blanco inocuo.
El ciudadano siente frustración por la inseguridad, la crisis, el caos, y el periodista le ofrece un rostro al cual culpar.
Catarsis instantánea.
El público aplaude, siente alivio… y el sistema respira tranquilo.

El insulto mediático es la forma más rentable de anestesia política: la indignación se descarga en una persona, no en una estructura. El problema no es el poder concentrado ni el modelo de saqueo; es “la bruta de turno”. Y mientras el país se desangra, los dueños del poder se sirven otro whisky en el directorio.

La inteligencia del silencio: el poder que se anticipa

Cuando un periodista de ese calibre estalla en insultos, no lo hace por valentía.
Lo hace porque ya sabe el final del guion.
En el Perú, los medios no reaccionan al poder; son parte orgánica de él.
Por eso el tono cambia antes que los hechos.
El ataque mediático es el preludio de la vacancia, no su consecuencia.
El ventrílocuo se prepara para el nuevo muñeco.
Y el público, distraído por el grito, no ve la mano que mueve los hilos.

La lección política: quién gobierna en realidad

La historia reciente confirma una verdad incómoda: en el Perú, el poder no está en Palacio, sino en los directorios. Los presidentes administran el Estado; los verdaderos gobernantes administran la agenda. Son los que deciden cuándo alguien “garantiza estabilidad” y cuándo “ya no sirve”. Los mismos que financian campañas, pautan medios, y redactan columnas disfrazadas de opinión.

Por eso, cuando un periodista de la élite “se indigna”, no es señal de rebeldía, sino de cambio de órdenes. La rabia que muestran en cámara es rabia tercerizada, pagada por los mismos intereses que hoy les ordenan “limpiar la escena”.

ALGUNOS DUEÑOS DEL PERÚ: titiriteros de keiko, Jerý, congresistas, etc.

Conclusión: la hipocresía del reciclaje político

No se trata de defender a Dina Boluarte. Su papel fue indigno, y su silencio cómplice. Pero reducir el desastre nacional a su figura sería una comodidad peligrosa. Lo que debe quedar claro es el patrón:

  • La fabrican como símbolo de estabilidad.
  • La usan para legitimar la represión.
  • La insultan para lavar su complicidad.
  • Y la tiran al tacho cuando ya no les sirve.

Cada etapa es una estación del mismo tren oligárquico que atraviesa la historia del Perú desde la colonia. Cambian los rostros, no los dueños.

Los medios de comunicación, en este juego, no son testigos: son operadores.
No investigan el poder: lo maquillan, lo protegen y luego lo reciclan.
Por eso cuando se golpean el pecho diciendo que “el país no puede seguir así”, uno no puede evitar reírse con amargura:
no lo dicen por patriotismo, sino por nostalgia del negocio que se les está escapando.

En resumen:
no son periodistas, son relacionistas públicos del privilegio, vestidos de patriotas cuando conviene, y verdugos cuando se les ordena.
Cada lágrima que derraman en cámara no es por el Perú: es por la pérdida de control sobre su propio títere.

Y como toda historia repetida, ésta también acabará igual: el muñeco roto, el ventrílocuo impune, y el público —otra vez— mirando el teatro creyendo que fue espontáneo.

Alberto Vela

Comentarios

  1. La estrategia del Poder para manejar el Sistema está cifrado en lograr mayoría parlamentaria, y posterior alianzas partidarias. Una estrategia para bien o para mal, dependerá mucho de sus líderes que, en los últimos tiempos fueron de lo peor, y por ello, ahora tenemos un desgobierno que no nos permite adoptar medidas francas ante los múltiples problernas sociales y de seguridad.

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