POR QUÉ EL PUEBLO PROTESTA: CUANDO EL GOBIERNO NO NOS REPRESENTA
Lo más repugnante no es ver la violencia, sino descubrir que parte de ella fue provocada desde dentro. Que quienes juraron mantener el orden (la policía) lo dinamitaban disfrazados de revoltosos. Infiltrar una protesta ciudadana para justificar la represión es como incendiar tu casa para salir en las noticias como héroe.
Pero claro, los noticieros oficiales omiten ese detalle: hablan del fuego, del humo, del “caos”, pero callan sobre quién encendió la mecha. Y así, una vez más, el poder se lava las manos en la sangre ajena, mientras los mismos de siempre —los que protestan por pan, justicia o dignidad— cargan el estigma de violentos.
La protesta como expresión de ciudadanía
Protestar no es un delito. Es un acto de conciencia.
El derecho a la protesta nace donde el poder se niega a escuchar.
En las calles se expresa lo que las instituciones han dejado de representar.
Por eso, cuando un pueblo sale a protestar, no está atacando a su Estado: está
intentando recuperarlo.
En el caso peruano, lo que algunos medios o autoridades
califican como “disturbios”, “caos social” o como el don nadie que está en el
cargo de premier califica de ….., no son otra cosa que manifestaciones de un
profundo divorcio entre la sociedad y sus gobernantes.
La gente no protesta porque no tenga nada que hacer. Protesta porque ya no
tiene a quién recurrir.
La legitimidad rota: el origen de la indignación
Todo gobierno necesita tres pilares para sostenerse:
legitimidad de origen, legitimidad de ejercicio y legitimidad
moral.
Cuando los tres se quiebran, lo que queda es un poder sostenido por la fuerza.
- Legitimidad
de origen
Cuando un gobernante llega al poder sin el voto directo del pueblo —como ocurre con los presidentes accesitarios o producto de maniobras parlamentarias—, su base de legitimidad es débil.
En el Perú, los últimos cambios de mando no nacen de un proceso electoral, sino de crisis políticas y acuerdos entre élites parlamentarias. El ciudadano siente que no eligió a nadie, y que la sucesión presidencial fue un simple cambio de fichas dentro del mismo tablero político. - Legitimidad
de ejercicio
Se pierde cuando el gobierno no gobierna para la gente, sino para un grupo.
Cuando las decisiones se orientan a preservar intereses económicos o alianzas partidarias, mientras los problemas reales —inseguridad, pobreza, corrupción, desigualdad— se agravan, la población entiende que el poder no sirve al bien común. - Legitimidad
moral
Se destruye cuando el gobierno se aferra al poder a costa de vidas humanas.
Cada muerto en una protesta, cada represión injustificada, cada mentira oficial en un parte policial, mina la poca credibilidad que queda.
La represión no apaga el fuego social: lo aviva.
Y este gobierno los
ha perdido todos
El pueblo protesta porque el sistema ya no lo representa
En contextos como el actual, la protesta no es un capricho
ideológico. Es una reacción natural de defensa ciudadana.
El ciudadano común observa que los mecanismos democráticos —Congreso, justicia,
fiscalía, medios— ya no funcionan como canales de representación.
Por tanto, la calle se convierte en el único espacio político disponible.
Las razones más comunes:
- Corrupción
estructural: la sensación de que todo está arreglado para los de
arriba.
- Desigualdad
persistente: regiones olvidadas, pueblos sin servicios básicos,
mientras los políticos discuten cuotas de poder.
- Impunidad
de las élites: escándalos que no terminan en sanción, congresistas
blindados, funcionarios protegidos.
- Represión
y manipulación mediática: el uso del miedo, de los titulares
comprados, de la criminalización del disenso.
- Falta
de renovación política: los mismos apellidos, los mismos partidos, los
mismos discursos vacíos.
- Indiferencia
moral del poder: un gobierno que se dice democrático, pero gobierna
contra la voluntad de la mayoría.
El uso de la fuerza: el síntoma del miedo
Cuando un gobierno utiliza la represión como principal
respuesta política, es señal de que ya no gobierna: administra el miedo.
Las fuerzas policiales y militares, que deberían servir para
proteger a la ciudadanía, terminan siendo el muro que separa al poder de la
gente. Y es el único trabajo que tienen
El mensaje es claro: “No dialogamos, reprimimos.”
En el Perú, como en otros países de América Latina, la represión no es
accidental: es estructural. Se planifica, se justifica y se ejecuta con
la complicidad de un aparato mediático que intenta reducir o reduce toda
protesta a un acto de vandalismo.
Los gobiernos sin legitimidad reemplazan la autoridad moral
por la autoridad del garrote.
Y así, mientras los verdaderos criminales —los que extorsionan, asesinan y
saquean recursos públicos— actúan con libertad, la policía concentra toda su
energía en dispersar ciudadanos que exigen dignidad.
Los medios: entre la verdad y el salario
La protesta también revela otro poder en crisis: el de la
prensa.
Gran parte de los medios tradicionales ha renunciado a su función de contrapeso
y fiscalización para convertirse en difusor de la narrativa oficial.
Se priorizan comunicados sobre investigaciones, se silencian las violaciones de
derechos humanos y se amplifican los partes policiales sin contraste.
Esa prensa “neutral” en realidad es funcional al poder.
El ciudadano, cada vez más informado por redes y medios alternativos, percibe
esa manipulación y responde con desconfianza generalizada.
La consecuencia: el Estado pierde credibilidad y los medios
pierden autoridad.
Solo queda la calle.
La protesta como acto de refundación democrática
El derecho a la protesta no solo está protegido por la
Constitución, sino también por los tratados internacionales de derechos
humanos. Cuando el sistema falla, la movilización ciudadana es el último
recurso legítimo de defensa democrática.
Protestar es reclamar el derecho a ser escuchado.
Es decirle al poder que el país no se gobierna desde el miedo, sino desde la
voluntad popular.
Y aunque el discurso oficial trate de reducirlo a un acto de vandalismo, la
protesta es una forma de rendición de cuentas social.
Es el pueblo diciéndole al gobierno: “No te tenemos miedo, pero ya no te
creemos.”
En Conclusión: la hora de los ciudadanos
Un país no se sostiene por decreto, ni por represión, ni por
uniformes.
Se sostiene por la confianza de su gente.
Cuando el gobierno se aleja del pueblo y el Congreso se convierte en su escudo,
la calle se transforma en el Congreso de los sin voz.
Y cuando el poder criminaliza la
protesta, está confesando su propia ilegitimidad.
El pueblo peruano no protesta por deporte, ni por consigna
partidaria.
Protesta porque la democracia —esa palabra que los gobernantes pronuncian en sus
discursos— se ha vaciado de contenido.
Porque cada muerto sin justicia, cada promesa rota, cada mentira oficial, son
afrentas acumuladas.
Y porque, al final, protestar es recordarles que el poder no se hereda: se
legitima cada día ante los ciudadanos.
Alberto Vela





En conclusión, tenemos un SISTEMA PODRIDO echa a semejanza de los que disque ostentan mayoría parlamentaria. Y ojo, es lo peor que hay por qué manipulan a su gusto y antojo, mueven las fichas anteponiendo sus intereses de enquistarse en el poder, se volvió el gran negociado en la política! ....
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