MAMMON: EL DIOS DEL DINERO Y LA TRAICIÓN DE LOS PUEBLOS
Cuando el capitalismo muestra su verdadero rostro y el mundo empieza a despertar
“Este momento
no se trata sólo de la ambición de un hombre,
de la corrupción de un hombre o de su desprecio por la Constitución.
Se trata de un puñado de los hombres más ricos de la tierra que, en su
insaciable codicia, han secuestrado nuestra economía y nuestro sistema político.”
— Bernie Sanders
Hay frases que
resumen siglos.
Bernie Sanders no habló solo de un político ni de un partido, sino del alma
misma del sistema.
Su denuncia atraviesa fronteras y toca una herida universal: la codicia
institucionalizada, el dominio del dinero sobre la vida, el poder de un
puñado que ha reducido a los pueblos a simples variables de mercado.
En Estados
Unidos, el 1 % más rico controla lo que millones producen; en el resto del
mundo, las oligarquías locales repiten el modelo, creyendo que su suerte será
distinta si el imperio se derrumba.
Pero el temblor ya empezó.
Y esta vez, la rebelión no viene desde los partidos, sino desde la
conciencia.
Mammon:
el dios que reemplazó a todos los demás
El capitalismo
moderno no solo construyó un sistema económico: erigió una religión.
Su deidad se llama Mammon, el viejo demonio del dinero, ahora canonizado
como el dios oficial del mundo.
Los templos son
los bancos, los sacerdotes son los tecnócratas, y los sacrificios son la salud,
la educación, el agua y la esperanza de los pueblos.
Quien no adora al dinero, es un “ineficiente”; quien lo cuestiona, un
“radical”; quien lo combate, un “enemigo del progreso”.
El
neoliberalismo fue su misa global:
un credo de privatizaciones, deuda, recortes y obediencia al mercado.
Una liturgia que prometió libertad y dejó al mundo encadenado a la deuda y
al miedo.
La moral
de la codicia
El 1 % que
Sanders denuncia no es solo un grupo económico: es una casta global, un
club cerrado que gobierna más allá de las urnas.
Su ideología es simple: el beneficio justifica el daño.
Ellos deciden
qué país se hunde, qué guerra se enciende, qué recursos se venden y a qué
precio se compra la dignidad humana.
Sus medios fabrican “verdades”, sus universidades certifican su moral, y sus
gobiernos ejecutan sus órdenes con la sonrisa del servilismo.
El resultado:
un planeta donde la riqueza de unos pocos se construye sobre el
empobrecimiento de todos
El
imperio de los insaciables
Ya no se trata
de acumular dinero, sino de poseer el destino mismo del mundo.
El imperio norteamericano fue el laboratorio perfecto de esa codicia. Pero el
experimento se les fue de las manos. Las desigualdades son tan obscenas que el
sistema entero tiembla.
El pueblo estadounidense, engañado durante décadas con el mito del “sueño
americano”,
empieza a despertar en medio de un país fracturado, polarizado, donde la
“libertad” solo sirve para justificar el saqueo.
Y lo que ocurre
allá no quedará allá. El temblor del centro arrastra los bordes.
Cuando el imperio se resquebraja, las oligarquías locales —esas que copian su
modelo y viven de su sombra— entran en pánico.
Por eso callan, por eso rezan, por eso hacen planes de huida.
La
rebelión contra Mammon
Los pueblos del
mundo ya no necesitan consignas ideológicas para entender quién los oprime. Basta
mirar el costo de la vida, el desempleo, la deuda, el aire envenenado, la
desesperanza. Basta ver a los jóvenes —la Generación Z, esa última letra
del abecedario— diciendo “no” al poder que les robó el futuro.
Esta es la
generación que ha tocado fondo como sociedad, que se niega a seguir
siendo esclava del reloj, del crédito y del miedo.
Y lo más temido por las élites no es su rebeldía,
sino su conciencia.
Porque cuando los jóvenes entienden el sistema, ya no lo sostienen.
El juicio
de los pueblos
Sanders ha
encendido una mecha. Su denuncia es más que un discurso: es el reflejo de un
colapso civilizatorio.
El capitalismo, como los imperios antiguos, está cayendo no por ataque
externo, sino por implosión interna. La avaricia devoró su alma y ahora
devora su estructura.
El juicio no
será en tribunales ni en urnas: será en las calles, en la conciencia colectiva,
en la mirada de quienes ya no creen en promesas ni en salvadores.
El fin del
imperio no será televisado, pero será sentido en cada rincón del planeta.
El fin del
hechizo
Durante siglos,
el capitalismo logró lo imposible: convencer a los pobres de que su miseria era
culpa suya y que el éxito de los ricos era una señal divina.
Hoy, ese
hechizo se rompe. El dios Mammon tambalea en su trono. Y los pueblos del mundo,
por primera vez en mucho tiempo, empiezan a rezar su propio evangelio:
el de la justicia, la dignidad y la vida.

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