LA HUMANIDAD ESTÁ MUERTA: NO SÉ QUÉ DECIRLES A MIS HIJOS
“La humanidad está muerta. No sé qué decirles a mis hijos. No sé cómo explicarles que el mundo ha permitido que esto suceda. Y si no responsabilizamos a Israel, ¿qué sigue? ¿Qué sigue? ¿Es este realmente el mundo en el que vamos a vivir? ¿Un Estado puede cometer estos crímenes ante las cámaras con impunidad?”
Con esa frase —dicha por una madre occidental, no palestina—
el espejo de nuestra civilización se resquebrajó. No fue pronunciada entre
bombas, sino entre pantallas. Entre el café de cada mañana y el horror de cada
noticiero. Y, sin embargo, retrata mejor que mil informes la catástrofe moral
del mundo contemporáneo.
Porque no es Gaza lo que muere, es la conciencia global.
Y cuando la conciencia muere, la humanidad entera deja de respirar.
La muerte moral de Occidente
Durante décadas, Occidente se creyó el guardián de los
derechos humanos, el árbitro de la justicia, la cuna de la civilización. Pero
Gaza ha desenmascarado ese relato.
Hoy, los mismos gobiernos que predican democracia a los demás justifican,
financian o callan ante un genocidio televisado, administrado con precisión
industrial.
La humanidad no muere cuando ocurren atrocidades, sino cuando
quienes pueden impedirlas eligen mirar para otro lado.
Y eso es exactamente lo que hacen los líderes que vetan sanciones, los
organismos que redactan comunicados “equilibrados”, los medios que suavizan el
horror para no incomodar a sus auspiciadores.
La barbarie ya no está en las sombras; ocupa horario
estelar.
Y mientras Gaza se convierte en ruina, el mundo civilizado pierde su última
máscara.
La humanidad intenta resucitar
Sin embargo, algo se mueve.
Desde Londres hasta Buenos Aires, desde Berlín hasta Madrid, la calle ha
empezado a despertar.
Miles de personas marchan, se enfrentan a la indiferencia de sus propios
gobiernos y denuncian la complicidad de la prensa domesticada.
No lo hacen solo por Palestina: lo hacen por la humanidad.
Porque han comprendido que permitir el exterminio de un pueblo es aceptar la
próxima barbarie en cualquier parte del planeta.
Las banderas palestinas ondean junto a las europeas y latinoamericanas, no por
moda, sino por una conciencia que intenta resucitar entre los escombros.
La diferencia entre los gobiernos y los pueblos es hoy
abismal: los primeros calculan, los segundos sienten.
Y en esa grieta puede germinar la esperanza.
Quizá la humanidad no esté muerta del todo: solo anestesiada, esperando el
golpe moral que la despierte.
Hamás: la ceguera conveniente
Pero en esta historia hay también una responsabilidad que no
puede soslayarse.
Resulta casi incomprensible —salvo desde la psicología del fanatismo— que Hamás
no haya comprendido su papel funcional dentro del engranaje del genocidio.
O, peor aún, que sí lo haya comprendido, pero haya preferido fingir lo
contrario para mantener viva su narrativa de resistencia.
En nombre de la liberación, ha contribuido a consolidar la
opresión.
En nombre del sacrificio, ha facilitado la masacre.
En nombre del heroísmo, ha permitido que su pueblo sea el mártir perpetuo del
tablero geopolítico.
Cada ataque de Hamás refuerza el discurso israelí, que se
alimenta de la provocación para justificar la represión.
Es una simbiosis macabra:
Hamás es el enemigo perfecto: grita lo justo para sostener la narrativa de
guerra, pero nunca lo suficiente para ganar.![]()
Israel no necesita destruir a Hamás; necesita mantenerlo vivo
Esa ceguera —voluntaria o no— se ha convertido en la más
trágica complicidad.
Porque al no comprender que su lucha alimenta el mismo sistema que dice
combatir, Hamás ha transformado la causa palestina en una trampa sin salida.
Y el precio de esa ceguera lo paga el pueblo que dice defender.
Un espejo frente a todos
El genocidio en Gaza no es solo un crimen israelí ni una
culpa de Hamás.
Es el espejo más cruel de nuestra era, donde cada espectador decide si
quiere seguir mirando o romperlo.
La humanidad no está muerta del todo, pero agoniza.
Y su reanimación no vendrá de los gobiernos, sino de las calles, de las voces
que ya no aceptan el silencio como opción.
De quienes, como aquella madre anónima, se atreven a decir lo que los poderosos
temen oír:
“Si no
responsabilizamos a los culpables, ¿qué sigue?”




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