LA GENERACIÓN QUE NO ESPERA: JÓVENES SIN FUTURO Y SIN MIEDO

El disparo que desnudó al poder

Un agente de civil, un terna, infiltrado en la protesta, disparó hacia atrás mientras corría sin que nadie ponga en riesgo su seguridad. La bala atravesó el pecho de un joven y el silencio oficial intentó cubrir el estruendo. Pero el país lo vio todo. Y lo que vio fue más que un crimen: fue la confesión de un poder que solo sobrevive disparando contra su propio pueblo.

Anteanoche, el Perú volvió a enfrentarse a su peor espejo: un Estado que dispara contra sus ciudadanos más jóvenes para sostener una ilusión de orden.
El hecho fue grabado y difundido: un policía vestido de civil, infiltrado entre los manifestantes, disparó hacia la multitud mientras corría. La bala impactó en el pecho de un joven que protestaba pacíficamente.

Minutos después, el guion oficial se activó con puntualidad burocrática: condolencias, promesas de investigación y partes policiales que hablaban de “55 agentes heridos”, aunque en los hospitales nadie los haya visto.

No fue un accidente, fue un patrón.
El poder actual ha perfeccionado la estrategia de la infiltración: infiltrar para provocar, provocar para justificar la represión, y reprimir para sostener la autoridad perdida.
Y cuando el disparo vino de las sombras, no solo cayó un joven: cayó la última coartada de un régimen que gobierna sin legitimidad ni vergüenza.

Por qué el pueblo protesta cuando el gobierno pierde la legitimidad y se aferra al poder

Los que marcharon no eran vándalos.
Eran jóvenes conscientes de que les están robando el futuro, y lo peor: que el robo ya empezó en el presente.
No protestan por consignas ideológicas ni por nostalgia de viejas revoluciones; protestan porque saben que el país que les prometieron no existe.
Estudian, trabajan precariamente, viven en alquiler, pagan impuestos sin recibir servicios, y observan cómo los poderosos siguen blindándose entre ellos.
Saben que, por mucho que se esfuercen, el sistema no está diseñado para recompensar el mérito, sino la sumisión.

Marchan porque no quieren pasar la vida repitiendo la resignación de sus padres.
Marchan porque ya entendieron que no tener futuro es una forma sofisticada de violencia.
Y porque han perdido el miedo: al gas lacrimógeno, al perdigón, a las amenazas del gobierno o al chantaje mediático.
Esa es la verdadera alarma del poder: la juventud dejó de creer en el miedo como mecanismo de control.

Ayer por la noche, en las calles, se vio una generación que no espera turno, sino que exige lugar.
Y aunque intenten desacreditarla, infiltrarla o criminalizarla, lo cierto es que su reclamo es profundamente político y ético:
no quieren heredar un país quebrado por la corrupción ni gobernado por el cinismo.
Quieren vivir con dignidad, y no están dispuestos a mendigarla.

El proyecto oculto del poder: fabricar mendigos y llamarles ciudadanos

A los jóvenes no solo les están robando el futuro: los están condenando a la dependencia.
Desde muy temprano, se les enseña que el progreso no se conquista, se mendiga; que no hay derechos, sino favores; que las becas, los subsidios y los empleos públicos no son políticas de desarrollo, sino recompensas para quien obedece.

El poder ha descubierto que una población empobrecida es más fácil de controlar que una sociedad educada y crítica.
Por eso, se multiplican los programas clientelares, los bonos de ocasión, las promesas de campaña que se reparten como si fueran limosnas en lugar de derechos.
El mensaje es perverso y claro: “Depende de mí para sobrevivir.”
Así, el Estado se convierte en una especie de patrón benefactor, y la juventud en su ejército de futuros dependientes.

Mientras tanto, el verdadero desarrollo —la educación de calidad, la inversión productiva, la ciencia, la innovación, la cultura— queda postergado, invisible, sin presupuesto.
El sistema no quiere jóvenes libres: quiere votantes obedientes.
No quiere pensadores: quiere usuarios que acepten sin preguntar.
No quiere ciudadanos: quiere mendigos agradecidos.

Pero los de anoche no se dejaron domesticar.
Salieron a decir que no nacieron para agradecer limosnas ni aceptar la miseria como destino.
Que la dignidad no se negocia, y que el país no puede seguir gobernado por políticos que —mientras destruyen el presente— se permiten hablar de “futuro” como si fuera un eslogan de campaña.

Ellos —los jóvenes de ahora— han comprendido algo que el poder teme:
que la verdadera independencia empieza cuando uno deja de esperar que el Estado le regale lo que por justicia le pertenece.

Alberto Vela


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