IQUITOS: ¿HISTORIA O GALLERA DE HISTORIADORES?

Si los debates sobre la “fundación o Puerto Fluvial” de Iquitos fueran un deporte, ya tendríamos liga profesional, árbitros y hasta transmisiones en vivo por cable. Cada enero o antes, como en estos días, y también seguro que se dará cada febrero, la misma cantaleta: unos aseguran que el 5 de enero es la fecha sagrada, otros que no, como lo dice Wikipedia: que la verdadera es el 26 de febrero a las 5:45 de la tarde porque así lo confirma la bitácora del vapor Pastaza. ¡Qué precisión! Solo falta que discutan si el capitán bostezó antes o después de amarrar el barco.

Lo patético es que estos “defensores de la historia” creen estar iluminando a la ciudad cuando en realidad nos hunden más en la penumbra de la trivialidad. Y encima se ponen gallitos: que si fulano es un ignorante, que si mengano es un idiota, que si los críticos son “náufragos”. ¡El coliseo de gallos queda chico! Solo les falta apostar por qué barco tenía mejor chimenea.

La gran pregunta, que ninguno se atreve a responder, es simple: ¿qué era Iquitos antes de los barcos? ¿Un terreno baldío esperando el favor de la Marina? ¿Un pueblo fantasma sin habitantes, sin cultura, sin historia? ¡Por favor! Mucho antes de que el Morona, el Pastaza o el bergantín inglés “Próspero” dejaran huella en sus cuadernos de bitácora, estas tierras ya tenían vida, memoria y pueblos originarios que no aparecen ni como nota al pie en sus “actas oficiales”.

San Pablo como una pequeña villa en una ilustración de 800 leguas por el Amazonas de Julio Verne publicada en 1881

Pero claro, es más fácil recitar que “el 26 de febrero llegaron los vapores” que enfrentarse a la complejidad de una historia que incomoda: la de los indígenas invisibilizados, la de los misioneros que fundaron San Pablo de los Iquitos en 1769, la del caucho con su esplendor y su barbarie. Esa historia viva, plural, dolorosa y heroica que no cabe en un calendario de escritorio.

Lo más grotesco es que toda esta pelea de fechas se vende como si fuera un “acto de identidad” y hasta un impulso para el turismo. Como si el mundo entero estuviera esperando a que definamos si el cumpleaños de Iquitos cae en enero o febrero para venir corriendo a celebrar. Tengan en cuenta: el turista que viene busca selva, cultura, calor humano y autenticidad, no un debate de archivadores.

La verdad, si tanto les preocupa el nacimiento de Iquitos, hagan lo que hizo Pizarro en Lima: inventen una refundación. El alcalde, con banda cruzada y sonrisa de selfie, puede proclamar solemnemente: “Refundamos Iquitos, capital de la Amazonía, en este día bendito que nadie discutirá jamás”. ¡Listo! Nuevo aniversario, nueva placa, nueva gallera resuelta. Y de paso, un feriado más.

Mientras tanto, los jóvenes siguen sin futuro. Estudiando en universidades de cartón, sin agua potable en sus barrios, sin empleo digno, sin un horizonte más allá de migrar. Y lo que es peor: sin pasado, porque los mismos que se dicen guardianes de la historia les regalan una caricatura de identidad: la ciudad que nació de un barco, la patria de las bitácoras.

Por eso la única salida digna es darle vuelta al tablero: dejar el cacareo de gallos y abrir la puerta a una Semana de los Orígenes de Iquitos. Una celebración que incluya a todos: los pueblos indígenas, las misiones, los barcos, el caucho, los migrantes y la ciudad actual con sus contradicciones. Una memoria amplia y plural, que nos dé orgullo y no vergüenza.

Porque la memoria no puede ser un ring de insultos ni un concurso de fechas. La memoria debe ser un espejo en el que los jóvenes puedan mirarse y reconocerse. Lo demás, queridos historiadores de pacotilla, es puro humo de vapor.

Así que tranquilos, gallitos de archivo: cacareen cuanto quieran. El pueblo ya entendió que la verdadera memoria no está en las fechas de calendario, sino en la vida que palpita, aunque ustedes prefieran seguir jugando con sus barcos de papel.

Alberto Vela

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