EL PARO DEL SILENCIO ROTO: ENTRE LA EXTORSIÓN Y EL FALSO DIÁLOGO DEL PODER
Lima ayer amaneció paralizada. El 6 de octubre, desde muy temprano, las caravanas de buses, combis y colectivos se tomaron las principales vías de la ciudad. No era una protesta gremial más: era el rugido de una sociedad que ya no soporta vivir bajo la extorsión, la corrupción y la indiferencia del Estado.
Líneas emblemáticas como la 50, la Z o el América
suspendieron sus operaciones en señal de protesta. En cuestión de horas, la
capital se sumergió en el caos. Miles de pasajeros varados, avenidas vacías,
terminales cerrados. La PNP tuvo que disponer buses institucionales para
trasladar a la gente.
Pero detrás del desorden visible, emergía una verdad que el gobierno no
quiere admitir: el país ya no confía en sus autoridades.
La extorsión como forma de gobierno
Durante meses, los transportistas han denunciado el cobro
sistemático de cupos por parte de bandas criminales que operan con impunidad.
Amenazas, atentados, incendios, asesinatos. Todo un sistema paralelo de terror,
sostenido por la inacción —y muchas veces la complicidad— del Estado.
Porque en el Perú, la delincuencia no actúa sola.
Detrás de cada banda hay un funcionario que calla, un policía que protege, un
juez que archiva.
El crimen ha dejado de estar afuera: ahora despacha dentro del Estado.
El gobierno mira hacia otro lado porque el miedo conviene.
Un país dominado por el miedo no exige derechos; solo pide sobrevivir.
Y así, mientras los ciudadanos pagan cupos para trabajar, el poder sigue
cobrando por gobernar.
El falso diálogo como instrumento del poder
Tras el paro, el ministro de Transportes apareció ante los
medios con el mismo libreto de siempre: “Llamamos al diálogo, a la calma, a
la paz social”.
Pero el país ya conoce ese tono.
Es el diálogo como trampa, el diálogo sin voluntad ni consecuencia.
Un mecanismo de distracción para ganar tiempo, enfriar el descontento y
preservar la maquinaria de la impunidad.
Este gobierno no dialoga: finge hacerlo.
No escucha, administra la crisis.
Cada vez que el pueblo se levanta, ofrece una “mesa técnica”, un “plan
multisectorial”, una promesa que nunca se cumple.
Y mientras el poder habla de diálogo, los extorsionadores siguen cobrando peaje
al trabajo ajeno.
El miedo cambió de bando
El paro del 6 de octubre mostró algo que el poder teme
reconocer: el miedo ya no está solo en las calles, sino también en Palacio.
Porque cuando los transportistas, los obreros y los comerciantes se atreven a
desafiar la violencia y al Estado al mismo tiempo, se rompe la lógica de
dominación.
El gobierno, acostumbrado a mandar por temor, comienza a ver en cada protesta
un espejo de su propia debilidad.
El pueblo empieza a comprender que la inseguridad no es
un problema, sino una estrategia de control.
Y que detrás de cada promesa de “orden”, lo que se oculta es la necesidad de
mantener al ciudadano agachado, sometido, resignado.
Pero ya no funciona.
Los paros, las marchas, los reclamos, los gritos multiplicados en redes, todos
forman parte del mismo fenómeno: la ciudadanía está recuperando su voz.
El Estado fallido que se sostiene en el caos
La extorsión es hoy el rostro más visible del colapso
institucional.
Pero lo que realmente está en crisis es el concepto mismo de autoridad.
La gente no obedece porque respete, sino porque teme.
Y cuando el miedo se agota, lo que queda es la verdad: el Estado peruano ha
dejado de cumplir su función más básica —proteger a su pueblo.
El poder político se ha convertido en un administrador del
desorden.
No gobierna, regula el caos.
Y lo hace porque en el caos encuentra su excusa para seguir existiendo.
Cada atentado, cada crimen, cada paro, se convierte en un argumento para pedir
más presupuesto, más control, más silencio.
Así, la delincuencia y el gobierno se retroalimentan: uno
genera miedo, el otro lo administra.
El pueblo cansado de esperar
Los gremios de transporte han sido claros: si no hay
soluciones concretas, el paro se repetirá.
Y con ellos, podrían levantarse otros sectores: comerciantes, agricultores,
obreros, estudiantes.
Porque todos viven la misma historia, bajo diferentes formas de abandono.
El ministro puede convocar al diálogo, pero ya no tiene
interlocutores.
¿Cómo dialogar con un pueblo que ya no cree en su palabra?
¿Cómo convencer a quienes ven en la autoridad no un protector, sino un enemigo?
El Perú atraviesa una fractura moral profunda: la de un Estado sin legitimidad
frente a una ciudadanía que ya no se siente representada.
El silencio roto
El 6 de octubre no fue un paro más: fue el momento en que
el país rompió su silencio.
Durante años, los peruanos aprendieron a callar por miedo, por cansancio o por
costumbre.
Pero esta vez, la rabia se volvió más fuerte que la resignación.
Y cuando eso sucede, ya nada vuelve a ser igual.
Este gobierno podrá resistir un paro, incluso varios.
Pero lo que no podrá detener es el despertar de una sociedad que empieza a
hablar, a exigir, a perder el miedo.
Ese es el principio del cambio, aunque el poder aún no lo entienda.
Porque cuando el pueblo se atreve a nombrar al enemigo —y el
enemigo está dentro del Estado—,
ya no hay diálogo que lo detenga.
Alberto Vela






Definitivamente, se nota una completa COMPLICIDAD del Estado .... Pues, no se puede creer que sea por incapacidad! ... Ante esto, solo queda como único camino que, el Pueblo tome al toro por las astas.
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