EL NOBEL DE LA PAZ: MANUAL PARA PREMIAR LA HIPOCRESÍA GLOBAL

Ya no es el Premio Nobel de la Paz. Es el nobel, con minúscula, de la conveniencia. El galardón que alguna vez representó la altura moral de la humanidad se ha convertido en una estampita diplomática, útil para maquillar crímenes, lavar reputaciones y ofrecer una apariencia de bondad a quienes viven de fabricar guerras o sostenerlas en silencio.

Todo comenzó cuando se lo entregaron, con aplausos anticipados, a Barack Obama, un presidente que aún no había hecho nada salvo prometer esperanza en campaña. Mientras el Comité Nobel escribía el diploma en Oslo, en Afganistán y Pakistán los drones ya empezaban a marcar el paso de su política exterior. Fue el inicio del gran viraje: de premiar la paz a reconocer la buena narrativa de la guerra justa.

Desde entonces, el Nobel de la Paz ha premiado menos a los pacifistas y más a los publicistas.
El mérito ya no está en detener conflictos, sino en sostener el relato correcto. Si un gobierno bombardea en nombre de la democracia, se aplaude. Si un líder pide invasión en nombre de la libertad, se le canoniza. Y si las víctimas protestan, se les acusa de “no entender los valores occidentales”.

El descaro llegó al punto de que Donald Trump —sí, el mismo que separaba familias y mantenía niños en jaulas por haber nacido del lado equivocado del mapa— exigió públicamente su Nobel. Y lo más grotesco es que no era una locura: en la lógica actual del comité, perfectamente podría haberlo ganado por “abrir un proceso de paz en la península coreana”, aunque el proceso terminara, como todo lo suyo, en un tuit olvidado.

Ahora, le toca el turno a María Corina Machado, presentada como la antorcha de la democracia venezolana mientras pide abiertamente la intervención extranjera en su propio país. ¿Y eso se llama paz? No: se llama colonialismo con medalla. El mensaje es claro: si repites el libreto de Washington, puedes invocar bombas y seguir siendo heroína.

Estos actos no son ingenuos. Benefician a los mismos de siempre:

  • A las élites políticas occidentales, que se fabrican íconos para justificar su “misión civilizadora”.
  • A las corporaciones mediáticas, que necesitan historias limpias para vender conciencia.
  • A los grandes donantes y lobbies, que se reparten la moral como quien reparte licencias de pureza.

Mientras tanto, los verdaderos constructores de paz —los que siembran reconciliación sin cámaras ni embajadas— jamás llegan a Oslo. No tienen padrinos, ni relaciones públicas, ni fondos de cooperación que financiar. Son invisibles porque su paz no da dividendos.

El Nobel, hoy, ya no honra a los pacíficos. Honra a los funcionales.
Y lo que duele no es solo la farsa, sino el cinismo con que se celebra. Cada vez que el Comité se reúne, parece más una junta de accionistas que un tribunal de la conciencia humana.

Quizá el próximo paso sea inevitable: crear un nuevo premio, más honesto en su nombre.
Podría llamarse “Premio Mundial a la Paz Rentable”, o tal vez “Orden del Cinismo Internacional”. Sería más transparente. Al menos así dejaríamos de mancillar la memoria de Alfred Nobel, aquel inventor arrepentido de su propia dinamita, que soñó con premiar a quienes curan, no a quienes disimulan la herida.

Porque si la paz se compra, se vende o se manipula, no es paz: es propaganda con diploma.
Y este mundo, lamentablemente, ya tiene demasiados expertos en eso.

Suecia, ¿qué te hicieron?

El país de la neutralidad, el del humanismo nórdico, el que alguna vez fue voz de equilibrio en un mundo dividido, hoy parece resignado a ser eco dócil del poder que antes cuestionaba.
De aquel Suecia que admirábamos —la que dio albergue a perseguidos, la que defendía la diplomacia como arte civilizado— solo queda la fachada de sus instituciones.

Y lo más triste es que ahora permiten que se mancille el nombre de Alfred Nobel, uno de sus hijos más ilustres, aquel que quiso redimir la culpa de haber inventado la dinamita premiando la paz, no la propaganda.
Su legado se ha convertido en botín simbólico de quienes utilizan el ideal de la paz para justificar su dominio económico y militar.

Suecia, tierra de conciencia, se está convirtiendo en oficina de relaciones públicas del poder occidental.
Y cuando un país renuncia a su neutralidad moral, deja de ser faro para convertirse en cómplice.

A modo de comentario:

Y si alguien todavía duda de que el Nobel de la Paz perdió el rumbo, basta recordar que uno de sus galardonados fue Henry Kissinger —el cerebro detrás del golpe de Estado contra Salvador Allende, el arquitecto del horror en Vietnam, Camboya y Chile, el hombre que planificó guerras con la misma frialdad con la que otros ordenan un almuerzo de trabajo.
Sí, ese Kissinger. El estratega que hizo del cinismo una doctrina de Estado y que hoy figura en la misma lista que Martin Luther King.

Ahí comenzó la decadencia del premio. Obama solo perfeccionó el guion, y ahora María Corina Machado le da continuidad: cada uno, a su manera, ha sido un eslabón más en la cadena de la paz administrada por el poder.
Un poder que habla de libertad mientras financia bloqueos, sanciones y bombardeos “por la democracia”; un poder que convierte a las víctimas en culpables y a los victimarios en héroes.

Si Alfred Nobel viviera, tal vez pediría que su nombre fuera retirado de ese espectáculo.
Porque no hay peor afrenta para quien soñó con premiar la concordia que ver su legado convertido en certificado de impunidad diplomática.
Kissinger, Obama, Machado… una trinidad que resume perfectamente el siglo XXI: la paz como máscara del dominio.

Y en medio de esa mascarada, solo queda decir que el Nobel ya no honra a los justos.
Hoy, el Nobel de la Paz premia a los que saben sonreír mientras otros arden.

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