EL MITO DEL LIBRE MERCADO EN LOS CIELOS DEL PERÚ
Durante años nos han repetido que vivimos en un “libre mercado”, donde los precios suben y bajan según la oferta y la demanda, y donde el consumidor puede elegir entre distintas opciones. En teoría, eso suena bien: si una empresa cobra demasiado, el cliente se va con otra. Pero en la práctica —sobre todo en el caso de los pasajes aéreos—, ese supuesto “libre mercado” no existe. Lo que hay es un sistema controlado por unas pocas empresas que manejan los precios a su antojo, amparadas en leyes que ellas mismas ayudaron a escribir.
Cuando la “libertad” solo sirve para cobrar más
Un ejemplo claro es el precio de los pasajes de Lima a
Iquitos o viceversa.
Si uno compra con un mes de anticipación, puede pagar unos 90 dólares. Pero si
necesita viajar de un día para otro, el mismo asiento en el mismo avión puede
costar 350 dólares o más. ¿Por qué? No es que el combustible haya subido ni que
el avión esté lleno. Es simplemente porque las empresas deciden cobrar más
cuando saben que el pasajero no tiene otra opción.
Las aerolíneas usan programas de computadora que observan
cómo compramos: si buscamos varias veces el mismo vuelo, si la fecha está
cerca, si hay feriado o si mucha gente mira esa ruta. Con esa información, el
sistema “adivina” cuánto podríamos estar dispuestos a pagar… y ajusta el precio
hacia arriba. Así de simple. No hay un criterio justo, solo una forma de sacar
el máximo provecho del apuro de la gente.
La concentración del mercado
En el Perú operan básicamente tres aerolíneas grandes
que controlan casi todas las rutas nacionales.
Eso significa que no hay verdadera competencia. Si una sube sus precios, las
otras suelen seguirla.
Y como los aeropuertos y los horarios están regulados de manera que solo
algunas empresas pueden acceder a los mejores tramos de vuelo, nuevas
compañías no tienen cómo entrar a competir.
Así, el supuesto “mercado libre” se convierte en un club
cerrado, donde los grandes hacen y deshacen, mientras el pasajero paga lo
que le pidan.
El neoliberalismo en acción
El neoliberalismo prometía que la competencia bajaría los
precios y mejoraría los servicios.
Pero lo que vemos es lo contrario: la competencia desaparece, los
precios suben y los servicios se reducen.
Las grandes empresas operan con libertad total, pero los consumidores estamos
cada vez más limitados.
Es un modelo que defiende la libertad solo para los poderosos, dueños de
aerolineas, y la convierte en obligación para los demás.
Mientras a las aerolíneas se les permite fijar los precios
como quieran, los pasajeros deben soportar cancelaciones, cambios de horario,
cobros extras por maletas o por elegir asiento, y un servicio que muchas veces
deja mucho que desear.
Un sistema que castiga la necesidad
Viajar de urgencia —por trabajo, por enfermedad o por un
tema familiar— debería ser algo accesible, no un lujo.
Pero el sistema actual castiga precisamente al que más necesita volar.
El que planifica con tiempo paga poco; el que tiene una emergencia paga cuatro
veces más.
No es un libre mercado, es una trampa disfrazada de eficiencia.
Qué se podría hacer
No se trata de eliminar las empresas privadas ni de volver
al pasado, sino de poner reglas claras y justas:
- Que
los precios no cambien tanto en pocas horas.
- Que
los programas de cómputo que calculan los precios sean transparentes y
revisados por Indecopi.
- Que
se incentive la entrada de nuevas aerolíneas nacionales o regionales,
para que haya verdadera competencia.
- Y
que el Estado supervise el equilibrio entre rentabilidad y servicio
público.
En conclusión
El cielo peruano no es libre, es un negocio cerrado para
pocos.
Los precios de los pasajes aéreos muestran que el llamado “libre mercado” solo
funciona en los discursos, no en la realidad.
Mientras unos pocos celebran sus ganancias, miles de peruanos deben pagar
fortunas por llegar a sus propios pueblos.
Y eso no es libertad económica: es dependencia disfrazada de modernidad.
La complicidad del Gobierno: cuando el poder se
pone del lado del poderoso
Lo más grave de todo este panorama no es solo el abuso de
las aerolíneas, sino la complicidad silenciosa del Estado peruano.
Porque si estas empresas pueden cobrar lo que quieran, manipular sus precios y
acorralar al consumidor, es porque las autoridades lo permiten.
La Constitución del Perú, en su artículo 61, dice
claramente que el Estado “facilita y vigila la libre competencia y combate
toda práctica que la limite”.
Pero en la realidad, el Estado mira hacia otro lado mientras unas pocas
compañías violan a diario los principios del libre mercado regulado.
En lugar de garantizar un equilibrio entre la rentabilidad empresarial y el
derecho ciudadano a un servicio accesible, se han convertido en guardianes
de los intereses corporativos.
Los ministerios, las agencias reguladoras y hasta el propio
Congreso han sido capturados por la lógica neoliberal, que predica
libertad pero solo la aplica para los grandes grupos económicos.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue preso de tarifas abusivas, aeropuertos
concesionados y servicios cada vez más caros.
La llamada “libertad de empresa” ha sido usada como excusa
para justificar la ausencia total de control y justicia económica.
No hay nada de libertad cuando el pueblo no puede elegir, cuando las rutas
están concentradas, y cuando el Estado —que debería proteger al débil frente al
fuerte— se convierte en un cómplice pasivo de la desigualdad.
El mercado, sin reglas claras y sin autoridad que lo
vigile, deja de ser libre para convertirse en una selva donde manda el más
poderoso.
Y en esa selva, los que gobiernan —por acción o por omisión— se vuelven responsables
directos del abuso.
Alberto Vela






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