EL DICTADOR INVISIBLE: ESE SEÑOR QUE NUNCA SE POSTULA, PERO SIEMPRE GANA
En el Perú ya nadie encuentra al dictador. Lo buscan los politólogos con lupa, los periodistas con nostalgia, los ciudadanos con rabia… pero el tipo no aparece.
Y claro, no aparece porque no necesita aparecer. El dictador de hoy no da
discursos ni sale al balcón; firma contratos, no decretos. Tiene
apellido compuesto, estudió en una universidad privada y se comunica mejor con
los bancos que con los votantes.
Hace poco, el politólogo Santiago Carranza-Vélez escribió
una columna muy seria titulada “Puedes asesinar una democracia sin un
dictador”. En ella dice que lo que pasa en nuestro país no es
autoritarismo, sino un “vacío de poder”. Que la democracia peruana no murió,
solo se está descomponiendo lentamente, como un cuerpo sin entierro.
Tiene razón en algo: huele mal. Pero se equivoca en el diagnóstico. No hay
vacío de poder, hay exceso de poder concentrado donde no se mira: en los
bolsillos de siempre.
El dictador que cobra dividendos
Carranza dice que el problema del Perú no es la
concentración del poder, sino su dispersión. Pero yo le pregunto: ¿dispersión
para quién?
Porque mientras el Congreso aparentemente se pelea con el Ejecutivo, y los
jueces se tiran la pelota con los fiscales, las grandes empresas siguen
cobrando sus contratos, las mineras sus exoneraciones y los bancos sus
utilidades históricas.
¿Eso es dispersión? No. Eso es un poder perfectamente ordenado, solo que no
lo elige nadie.
Nuestro dictador no manda soldados, manda lobbistas.
No necesita cerrar el Congreso; le basta con financiarlo.
No censura la prensa, la compra con publicidad.
Y cuando quiere derrocar a alguien, no manda tanques: manda encuestas,
titulares y calificadoras de riesgo.
Dicta desde la comodidad del directorio, con un café en la mano y la certeza de
que ningún fiscal se atreverá a molestarlo.
El caos como estrategia
Nos hacen creer que la política peruana es un desastre, que
nadie gobierna, que todos se odian. Y sí, es un desastre, pero muy funcional.
Mientras los políticos aparentemente se tiran sillas en el Congreso, los
verdaderos dueños del país disfrutan del espectáculo desde su palco privado.
El caos político es su mejor cortina de humo.
Un país que vive entre escándalos nunca tiene tiempo para hablar de impuestos,
de concentración de medios o de reforma agraria.
La crisis no es un error del sistema: es su manual de operaciones.
La democracia como teatro
Cada cinco años, los peruanos votamos con la ilusión de
cambiar algo. Y cada cinco años descubrimos que el guion era el mismo, solo
cambiaron los actores.
Los politólogos llaman a eso “continuidad democrática”; los ciudadanos, más
francamente, lo llamamos “tomadura de pelo”.
Porque seamos honestos: los gobiernos pasan, pero los
verdaderos gobernantes —las élites económicas, los grandes estudios, los
bancos, los dueños de los medios— siguen ahí, inmutables, diseñando las
reglas del juego y aplaudiendo nuestra ingenuidad democrática.
Mientras nosotros discutimos sobre quién debe ser presidente, ellos ya
decidieron qué puede —y qué no puede— hacer cualquier presidente.
El dictador sin rostro (pero con marca registrada)
El dictador del siglo XXI ya no da golpes de Estado: da
golpes de mercado. No se llama Trujillo ni Fujimori. Se llama “el
mercado”, y gobierna sin uniforme, sin rostro… pero con marca registrada.
En el Perú, su firma tiene nombre propio: CONFIEP, SNI,
gremios empresariales, estudios de abogados y medios que funcionan como su
Ministerio de Propaganda. Ellos administran al dictador, le ponen voz,
gráficos y rostro amable. Son los mayordomos del poder económico, los
que dictan el libreto que luego repiten ministros, congresistas y comentaristas
con aire técnico.
Cuando este dictador invisible se molesta, el dólar sube, la
inversión se fuga, los noticieros se llenan de expertos y el estribillo de
siempre resuena:
“Cuidado, el populismo ahuyenta la confianza”.
Y así gobierna el miedo económico: sin balas, pero con tasas
de interés. Sin cárceles, pero con calificadoras de riesgo. Sin censura, pero
con chantaje financiero.
Este nuevo dictador no necesita tanques ni bayonetas; tiene encuestas,
estudios de opinión y columnistas serviciales. Ya no impone el silencio por
la fuerza, lo impone con la palabra “confianza”.
Y lo más irónico: los políticos que dicen “defender la
democracia” son sus empleados más obedientes.
Carranza dice que el Perú perdió autoridad. Yo digo que la
autoridad solo cambió de domicilio: se mudó de Palacio de Gobierno a los
directorios empresariales.
Ahí está el poder. Silencioso, eficiente, y completamente antidemocrático.
Y mientras tanto, nosotros…
Nosotros seguimos buscando al dictador entre los políticos,
sin darnos cuenta de que está en los que jamás se postulan.
Está en los que financian campañas, en los que escriben leyes desde los
gremios, en los que hacen de la pobreza un buen negocio.
Ellos no ganan elecciones; ganan siempre.
Así que sí, se puede asesinar una democracia sin dictador.
Solo hace falta que el dictador se disfrace de inversor responsable y
que los politólogos, muy ocupados discutiendo conceptos, no se atrevan a
mirar hacia arriba, donde de verdad se ejerce el poder.
Alberto Vela



La descripción exacta del "Poder Oculto" .. de ese que está en la sombra; Pero que mueve con astucia y estrategia los hilos de sus intereses para hacerse Poderoso y fuerte para seguir reinando ... En la sombra!
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