DESDE EL DIVÁN NACIONAL: LOS 16 AÑOS PERDIDOS O CÓMO EL PERÚ SE ZURRÓ EN MICHAEL PORTER

A veces uno se pregunta si en el Perú existe un concurso secreto para premiar al político más descaradamente incompetente del año. Porque, de otro modo, no se entiende cómo un país que tuvo en sus manos la receta del éxito —dada nada menos que por Michael Porter, el gurú mundial de la competitividad— decidió ignorarla olímpicamente y seguir cocinando pobreza con los mismos ingredientes de siempre: corrupción, impunidad y mediocridad institucional

Hay que reconocerlo: si algo ha logrado el Perú en estos 16 años es la admirable capacidad de no aprender nada.
Y si uno repasa la lista de presidentes y congresos desde aquel 2009 en que Michael Porter nos radiografió como país sin rumbo, lo único que encuentra es una especie de maratón de incompetencia con relevo de cinismo.

Porter nos dejó una lista de tareas: construir visión, invertir en educación, fortalecer instituciones, diversificar la economía, desarrollar tecnología, reducir la corrupción.
Y los políticos nacionales, atentos y diligentes, hicieron lo suyo: no cumplir ni una sola.

Alan García (segunda temporada del oráculo del Apra)

Empecemos con el anfitrión de Porter: Alan García.
Mientras Porter hablaba de competitividad, García soñaba con que el Perú sería “el jaguar de América Latina”.
Y en cierto modo lo fue: un jaguar domesticado, dopado por el precio del cobre, incapaz de saltar más allá del espejismo del crecimiento.

Su gobierno confundió prosperidad con propaganda.
La economía crecía, sí, pero sobre arena: informalidad, desigualdad y corrupción.
Porter pedía política de largo plazo; García ofrecía discursos de largo aplauso.

Ollanta Humala (la revolución PowerPoint)

Luego vino Ollanta, que empezó de Chávez y terminó de tecnócrata tímido.
Su “gran transformación” duró lo que demora un asesor del MEF en explicarle que los mercados se asustan fácilmente.
Así que terminó haciendo exactamente lo mismo que criticó: administrar el modelo que Porter ya había declarado enfermo.

Su gobierno fue un eterno intermedio entre lo que quiso ser y lo que le dejaron ser.
El resultado: otra oportunidad perdida, pero con uniforme nuevo.

Pedro Pablo Kuczynski (el Excel en Palacio)

Después llegó PPK, el hombre que hablaba de competitividad como si el Perú fuera una sucursal del FMI.
Porter, desde Harvard, pudo haber sentido una leve esperanza: por fin un economista liberal en el poder.
Pero el sueño duró poco.

Entre la torpeza política, los escándalos de Odebrecht y su desconexión total con la realidad del ciudadano común, Kuczynski demostró que el problema del Perú no era la falta de tecnócratas, sino su exceso de autocomplacencia.
El país necesitaba liderazgo; él ofreció redes mafiosas.

Martín Vizcarra (el moralista de ocasión)

Vizcarra fue el perfecto ejemplo del político peruano promedio: aparece, improvisa y se indigna.
Su cruzada anticorrupción fue una telenovela de temporada, con mucha conferencia y poca consecuencia.
Mientras hablaba de reformas, los verdaderos operadores de poder seguían intactos, y la educación y la productividad —los pilares que Porter subrayó— ni siquiera figuraban en la agenda.

Vizcarra quiso ser símbolo de renovación, pero terminó símbolo de transición: una pausa larga entre dos decepciones.

Francisco Sagasti (el interino ilustrado)

Sagasti fue el breve respiro de quienes aún creían que la sensatez podía gobernar.
Pero su mandato fue tan corto que apenas alcanzó para poner orden y apagar incendios.
Demasiado poco tiempo para enderezar dieciséis años de mediocridad acumulada.
Su gobierno fue una nota al pie de la crisis: lúcida, pero efímera.

Pedro Castillo (la parodia del cambio)

Luego vino el cambio, o eso prometieron.
Castillo llegó con el discurso del pueblo y terminó con el libreto del caos.
Porter pedía competitividad, educación y visión estratégica. Castillo respondió con improvisación, nombramientos delirantes y un asedio constante al sentido común.

Su paso por el poder fue un monumento a la incapacidad: la confirmación de que el Perú no había tocado fondo, pero estaba practicando para hacerlo.

Dina Boluarte y Jerí (la administración del vacío)

Y aquí estamos, en 2025, con un gobierno que ya ni finge rumbo.
Dina Boluarte heredó la crisis y decidió conservarla como estilo de gestión. Igual Jeri
Porter hablaba de sostenibilidad económica; el régimen actual practica la sostenibilidad política del estancamiento.
La consigna es clara: que todo siga igual, pero con uniforme de gala.

Y el Congreso, ese monumento al desgano

Si los Ejecutivos fueron malos alumnos, el Congreso fue el maestro del desgobierno.
Durante estos 16 años, el Legislativo se convirtió en un taller de reciclaje de intereses personales.
Partidos sin ideología, bancadas sin identidad, congresistas sin pudor.

Porter insistía en la importancia de instituciones sólidas.
El Congreso le respondió con la reforma institucional más exitosa de su historia: convertirse en el problema.

De izquierda, de derecha o del centro imaginario, todos coincidieron en algo: no mover ni un ladrillo del muro de inercia que mantiene al país en su sitio.

Los partidos: cadáveres que votan

Hablar de partidos en el Perú actual es hablar de fantasmas.
El APRA se disolvió entre sus propias sombras, el fujimorismo se fragmentó en versiones cada vez más caricaturescas, Acción Popular se volvió una cooperativa de intereses, la izquierda perdió el rumbo entre slogans y disputas internas, y los “nuevos movimientos” son solo viejos negocios con logo nuevo.

Porter hablaba de visión estratégica; nuestros partidos responden con planchas electorales.
La política peruana no es un espacio de ideas, sino un mercado de ambiciones.

Dieciséis años después

De 2009 a 2025, el Perú ha tenido siete presidentes, más de una docena de gabinetes, más de mil congresistas y cero reformas estructurales.
Porter dejó un mapa; todos los gobiernos se dedicaron a doblarlo hasta hacerlo servilleta.

El país no es víctima del destino ni del mercado: es víctima de su propia clase política, esa que confunde el Estado con un botín y la democracia con una coartada.

Mientras Corea del Sur invirtió en ciencia, nosotros invertimos en planillas.
Mientras otros países apostaron por la educación, nosotros apostamos por la ignorancia rentable.

Porter vino a hablarnos de competitividad.
Y dieciséis años después, el Perú solo compite en corrupción, informalidad y mediocridad legislativa.

Conclusión: la élite que no escucha

Si Michael Porter regresara hoy, no encontraría un país que aprendió, sino una clase dirigente que perfeccionó el arte de ignorar las advertencias.
Porque aquí no gobierna una ideología ni un proyecto: gobierna el instinto de supervivencia de los que viven del poder sin entenderlo.

El Perú no es un fracaso económico: es un fracaso moral sostenido por la indiferencia política.
Y lo más trágico —o quizás lo más peruano— es que, si mañana Porter volviera a dictar la misma conferencia, todos volverían a aplaudirlo…
para olvidarlo al día siguiente.

Alberto Vela

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