ÁNGEL GARCÍA LORITE: MI HISTORIA CON BOMBEROS UNIDOS SIN FRONTERAS
Durante más de dos décadas, Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF) fue sinónimo de entrega, profesionalismo y ayuda humanitaria en los lugares más golpeados del planeta. Su fundador, Ángel García Lorite, bombero español, dedicó su vida a tender puentes entre continentes, llevando la solidaridad de España hasta América Latina.
Desde las primeras misiones en Centroamérica hasta los
proyectos de agua potable en la Amazonía peruana, BUSF se convirtió en un
referente moral de la cooperación internacional. Sin embargo, detrás de esa
historia luminosa se escondía una sombra: una red de usurpación y corrupción
institucional que, aprovechando su prestigio, convirtió la bandera de la
ayuda en una herramienta de lucro personal.
Este relato, recoge el testimonio íntegro de su fundador.
Es la historia de un hombre que construyó una obra desde la fe y la entrega, y
que vio cómo la traición se infiltró en su propio hogar solidario.
Una historia donde los nombres, las fechas y los hechos hablan por sí solos.
Nadie
imagina que una historia nacida de la solidaridad pueda terminar marcada por la
traición.
Yo, Ángel García Lorite, fundador de Bomberos
Unidos Sin Fronteras, nunca creí que algún día tendría que escribir estas
líneas. Pero lo hago porque la verdad no se debe al silencio, sino a la
memoria.
Recuerdo los años en que BUSF era más que un nombre: era
una familia. Una comunidad de bomberos, médicos y voluntarios movidos por un
mismo propósito: ayudar más allá de nuestras fronteras, donde nadie llegaba.
Éramos pocos, pero el entusiasmo podía más que cualquier presupuesto.
Fue en esos días cuando entendí que la solidaridad no se mide por la cantidad
de recursos, sino por la calidad humana de quienes los ofrecen.
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| (En circulo) Christian Pinasco Montenegro, Ángel García Lorite, Sra. Ana Botella Serrano y Jorge Monasi Franco. Aliados excepcionales |
I. La llama que cruzó el océano
A Loreto, en el corazón del Amazonas peruano, BUSF no llegó por un plan estratégico, sino por un encuentro humano.
Fue Jorge Monasí Franco, entonces alcalde del distrito de San Juan
Bautista, quien tocó nuestras puertas en Arequipa.
Sus palabras encendieron una chispa: habló de la carretera Iquitos–Nauta, de la
falta de agua potable, de los niños que morían por enfermedades evitables.
Viajé a Iquitos y lo vi todo. Un paraíso herido por el
abandono.
Allí conocí a un joven ingeniero, Christian Pinasco Montenegro, que se
convertiría en una pieza clave del proyecto. Con su conocimiento técnico y su
visión amazónica, trazamos juntos los primeros planes de acción: proyectos
sostenibles, con recursos locales y una metodología clara.
Fui por una semana y me quedé un mes. Era la sensación de
estar ante un milagro posible. En esos días comprendí que la cooperación no era
un trámite burocrático, sino un acto de fe compartida.
En el Perú encontramos aliados excepcionales: Jorge Foinquinos,
Juan Carlos del Águila, el propio Christian Pinasco, bomberos voluntarios,
profesionales anónimos y ciudadanos que ofrecían lo poco que tenían.
En Arequipa, el médico y alcalde Alfredo Zegarra fue un ejemplo
de compromiso. No se limitaba a los discursos; convertía cada reunión en un
acto de fe colectiva, de confianza entre iguales.

Con el Alcalde D. José María Álvarez del Manzano recibiendo el histórico premio de la Virgen de la Paloma a la labor bien hecha en BUSF
España, la chispa inicial
Mientras tanto, en Madrid, la cooperación
internacional vivía una etapa dorada.
Era 1996 cuando la capital de España, bajo el liderazgo del alcalde José
María Álvarez del Manzano, se convirtió en la primera ciudad en destinar el
0,7% de su presupuesto municipal a la ayuda internacional.
El gesto no fue simbólico: abrió el camino para un modelo de cooperación
directa entre ciudades, ayuntamientos y organizaciones de la sociedad civil.
Tuve la fortuna de contar con referentes invaluables: Pedro
Gallardo, Juan Redondo, Joaquín Sáez, José María Pérez Soria, Beatriz
Elorriaga Pisarik y Rafael Ferrándiz.
Cada uno de ellos aportó algo esencial: la guía, la serenidad, el consejo justo,
la fe en un proyecto que aún no tenía forma, pero sí alma.
Y, por supuesto, el apoyo de autoridades que creyeron en nosotros, como Ana
Botella y su esposo, el entonces presidente José María Aznar,
quienes vieron en BUSF una expresión del espíritu solidario de la España de
aquellos años.
El huracán que lo cambió todo
Hubo un acontecimiento que marcó un antes y un después: el
huracán Mitch, en octubre de 1998.
Desde Madrid partimos hacia Nicaragua, un país devastado. Miles de vidas habían
quedado bajo el lodo; los bomberos locales estaban exhaustos, enfrentándose a
la tragedia con las manos vacías.
Fue allí donde escuchamos, Joaquín y yo, una frase que nunca olvidaré.
Un bombero nicaragüense, con los ojos enrojecidos por el cansancio, nos dijo:
—“¿Por qué no llegaron antes?”
Esa pregunta nos acompañó toda la vida. Fue el origen de
nuestra determinación en BUSF: llegar
antes. Siempre.
II. Los años dorados: la expansión y el respeto
ganado
El trabajo creció, y con él nuestra responsabilidad.
En poco tiempo, BUSF estaba en Perú, Bolivia, República Dominicana, Haití y
Nicaragua.
Firmamos convenios, capacitamos bomberos locales, instalamos plantas de
tratamiento de agua, construimos redes de saneamiento en comunidades rurales.
El apoyo de autoridades, universidades y organismos
internacionales fue creciendo.
Entre 1999 y 2010, BUSF vivió lo que muchos llaman sus
años dorados.
En el Perú, el trabajo se multiplicó: proyectos de agua potable, formación de
brigadas, reconstrucción de colegios y postas médicas, apoyo a bomberos en
regiones tan distantes como Puno, Arequipa, Lima y Loreto.
Recibimos reconocimientos, medallas, homenajes de congresistas, de autoridades
locales, y hasta del propio Luis Castañeda Lossio, alcalde de Lima, quien
nos abrió las puertas para trabajar junto a los bomberos metropolitanos.
El nacimiento del SAMUR Amazónico
El SAMUR Amazónico fue, quizá, la expresión más pura del
sueño que nos movía: llevar la ayuda hasta donde nadie más podía llegar. En la
selva, las carreteras no son de asfalto, sino de agua y fango; y el tiempo se
mide en horas de río, no en kilómetros. Allí, una urgencia médica podía ser una
sentencia, porque el hospital más cercano estaba a un mundo de distancia.
Entonces nació la idea: si la selva no podía venir a la
ayuda, la ayuda debía navegar hacia la selva. Así surgieron nuestras
ambulancias fluviales, La Paz y 12 de Octubre, bautizadas en
homenaje a los grandes hospitales de Madrid. No eran simples botes: eran
prodigios técnicos y humanos, impulsadas por motores Johnson de 150 caballos,
capaces de surcar el Amazonas como verdaderos “Ferraris del agua”.
A bordo iban médicos, enfermeras y voluntarios que
desafiaban el cansancio y la corriente para llegar a tiempo: partos en mitad
del río, mordeduras de serpiente, accidentes en aldeas perdidas, fiebre y
esperanza. Cada misión era un milagro de voluntad.
El SAMUR Amazónico no fue solo un proyecto: fue una
declaración de fe en la vida. Una manera de decirle al mundo que la distancia
no puede decidir quién vive y quién muere.

Eran días de energía pura, de cooperación real, de
hermandad hispanoamericana.
Nadie imaginaba entonces que esa llama encendida con tanto esfuerzo terminaría
en manos de personas que la usarían para fines que poco o nada tenían que ver
con la ayuda humanitaria.
III. La traición desde adentro
Nunca imaginé que lo que construí con tanto esfuerzo
pudiera ser tomado por la ambición de unos pocos. Durante años, BUSF fue mi
vida, mi familia, mi causa. Pero un día comprendí que la solidaridad también
puede ser traicionada desde dentro.
Todo empezó cuando me ausenté para cuidar a mi madre
enferma. Pensé que dejar temporalmente la presidencia era un gesto de
confianza, pero esa confianza fue usada en mi contra. Cuando volví, descubrí documentos
falsificados, decisiones tomadas a mis espaldas y mi propia firma usada sin
permiso. Habían usurpado no solo un nombre, sino una historia.
Leí los informes de la Policía de Blanqueo, los vínculos de
LINCECI con BUSF en España y Perú, y comprendí que nada fue un error: todo
había sido premeditado, con frialdad calculada y codicia. En 2014 ya se
fraguaba lo que en 2015 culminó con el robo de nuestro patrimonio en Arequipa.
Fue un acto de maldad consciente, de ambición disfrazada de compañerismo. Esa
usurpación nació de la codicia, del poder y de la envidia —ese veneno que
alguien sabio me dijo una vez que es “el semillero de lo peor del ser
humano.”
Y, sin embargo, no me he rendido. Sentí el vacío, sí, pero
no la derrota. Porque mientras haya alguien dispuesto a contar la verdad, la
llama de BUSF seguirá encendida.
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| Con el apoyo de veteranos bomberos, amigos y el abogado, Marcos García-Montes. Vamos a recuperar el espíritu original de BUSF |
IV. Consecuencias y responsabilidades
El impacto fue devastador.
La imagen de BUSF, construida durante décadas, se vio manchada por las acciones
de quienes usaron su nombre sin legitimidad.
La confianza internacional hacia la cooperación española se resintió.
Dos procesos judiciales están en curso —algo que jamás
ocurrió durante mi gestión— y hoy, quienes arrastran causas penales personales,
también arrastran la reputación de BUSF.
Aprendí que hay quienes han hecho de los tribunales su refugio y su arma, acostumbrados a vivir entre denuncias, engaños y falsas acusaciones. Son expertos en manipular la ley, en acosar desde los juzgados, en aparentar respetabilidad mientras tejen trampas judiciales para estafar, difamar o arrebatar lo ajeno. En Perú, uno de ellos, hasta al extremo de estafar los ahorros de una anciana, madre de un compañero bombero, utilizando el sistema judicial como escudo. Esa es su verdadera vocación: el abuso disfrazado de legalidad, la impunidad como oficio. Y cuando los veo moverse entre expedientes y querellas, sé que ya no defienden causas, sino su propio reflejo: el de una codicia que los consume por dentro.
Pero no estoy solo.
He recibido apoyo de antiguos compañeros, de veteranos bomberos, de amigos que
siguen creyendo en el espíritu original de la organización.
Con ellos, y con la defensa del abogado Marcos García-Montes, seguimos
adelante.
V. La reconstrucción moral
La solidaridad verdadera existe, y hay que seguir creyendo
en ella.
A los bomberos, voluntarios y cooperantes les diría que no pierdan el ánimo.
Esta historia, aunque dolorosa, también es una lección.
Si pudiera empezar de nuevo, lo haría cuidando más el alma
del proyecto.
No dejaría ir a los mejores, a los honestos, a los que sostienen la fe en el
servicio.
Porque BUSF no era solo una sigla; era una promesa.
Una promesa de humanidad que sigue viva, incluso en medio del dolor.
Y por eso, hoy puedo decir con serenidad, pero también con
firmeza:
“Porque mientras haya alguien dispuesto a
contar la verdad, la llama de BUSF seguirá encendida.” — Ángel García Lorite
Ángel García Lorite



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