LEE Y LLEGA HASTA EL FINAL II
La familia es la base de la sociedad, nos repiten hasta el cansancio. Pero basta abrir los ojos para ver que en el Perú, y con más crudeza en Loreto, esa base está quebrada, parchada, sostenida por alambres oxidados. Hablamos de una región última en competitividad, última en comprensión lectora, con más del 80% de informalidad laboral, atrapada en la corrupción y en una precariedad estructural que parece heredarse como condena. ¿Qué familia puede sobrevivir y cumplir su rol en un escenario así?
Están los pobres que, sin educación básica, se levantan cada
día con un solo objetivo: conseguir el pan. Corren todo el día detrás de la
sobrevivencia y no les queda tiempo para desarrollarse como personas, ni para
informarse, ni para atender a sus hijos. Sus pequeños crecen solos, bajo el
cuidado de la calle, aprendiendo más de lo que ven en la esquina que de lo que
deberían recibir en el hogar. Y también están los profesionales, la otra cara
de la moneda: gente con estudios, con supuesta mejor preparación, que igual pasa
sus días corriendo detrás de la plata, hipotecando su tiempo en trabajos que
apenas alcanzan. Dan dinero, sí, pero no presencia. Y sus hijos, en mejores colegios, con mejores
juguetes y pantallas, igual crecen huérfanos de atención.
Al final, pobres o profesionales, todos están en lo mismo:
familias ausentes, jóvenes sin brújula y una sociedad que, encima, vende como
“libertad” el libertinaje. Hoy un muchacho de 16 años puede comprar alcohol sin
problema, consumir tóxicos sin que nadie le diga nada, vivir creyendo que ser libre
es hacer lo que le da la gana. Y lo más grave es que desde la escuela se
alimenta esa idea: profesores que no corrigen, que no llaman al orden, porque
ahora se repite que hacerlo es atentar contra la “integridad”. Así crece una
generación que no conoce frenos, que no reconoce límites y que termina pagando
con su cuerpo y su vida las consecuencias: embarazos adolescentes, violencia
sexual, depresión, suicidios. Ya van casi diez adolescentes que se han quitado la vida en Loreto.
La escuela se ha reducido a lo curricular, como si educar
fuera solo enseñar matemáticas o historia, y la universidad dejó de ser faro de
pensamiento para volverse fábrica de títulos. El espacio que deberían ocupar
estas instituciones lo llenan las pantallas, el mercado, los medios y la televisión basura.
Y en ese vacío crecen nuestros jóvenes, sin orientación, sin ejemplo, sin
herramientas.
Y claro, todo esto es un festín para los políticos. Porque
mientras más ignorante y desorientada está la sociedad, más fácil es manipularla.
No les interesa construir un país, no les interesa levantar una región, solo
les importa el botín del poder. El pueblo los eligió para abrir caminos de
dignidad, pero qué equivocación tan grande: ni ellos mismos la tienen. Hablan
de servir, pero roban; hablan de futuro, pero destruyen; hablan de moral, pero
sus propias familias están hundidas en los mismos vicios. Son ladrones de saco
y corbata, políticos de pacotilla que traicionan al pueblo que los eligió, y
que hoy pagan con discursos vacíos el abandono en que nos tienen.
Y aquí está la verdad que nadie quiere decir: la dignidad
que ellos no tienen nos la han arrebatado, y nos toca a nosotros recuperarla.
Porque no habrá familia fuerte, ni escuela transformadora, ni universidad con
sentido, ni país digno, mientras permitamos que esta casta de parásitos se siga
riendo de nosotros desde sus oficinas. La dignidad hay que arrancársela de sus
manos y devolverla al pueblo, donde siempre debió estar.
Alberto Vela



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