LEE Y LLEGA HASTA EL FINAL I

Dime la verdad: ¿no te duele ver en qué se está convirtiendo nuestra sociedad? En Loreto —y en todo el Perú— la familia ya no es ese refugio que debería sostenerlo todo. Hoy es un campo de batalla donde los padres se levantan cada día a pelear por el pan, sin tiempo para nada más. Unos porque nunca pudieron terminar la escuela y solo conocen la lucha diaria de la calle. Otros, incluso con títulos profesionales, porque el trabajo de buscar harta plata los exprime tanto que apenas ven a sus hijos unas horas cansados, sin fuerzas ni ganas de hablar.

¿Y los chicos? Crecen solos. Con un celular en la mano, aprendiendo más de TikTok y de la pornografía que de sus propios padres. Aprendiendo que el respeto no importa, que el amor es igual a sexo rápido y que ser hombre es beber hasta caer.

Porque aquí hay que decirlo claro: en este país, un adolescente de 16 años compra cerveza, ron o cualquier licor como si nada. Nadie le pide documento. Nadie le dice “no puedes”. Nadie se preocupa. Y después nos sorprendemos cuando terminan inconscientes, cuando abusan en grupo de una menor, cuando destrozan la vida de otra familia o cuando deciden colgarse de una soga porque ya no encuentran sentido a su existencia.

¿Quién paga esas consecuencias? Primero los padres, que cargan con la culpa de no haber estado. Después la sociedad entera, que pierde jóvenes, talentos, futuros que se apagan antes de tiempo. ¿O acaso no es la sociedad la que paga con más violencia, más criminalidad y más dolor?

Y no, no me digas que “los chicos son así ahora”. Ellos no nacen así. La sociedad los está fabricando así:

·  La calle les vende alcohol y drogas sin control.

·  Las redes los bombardean con basura que normaliza el machismo y la violencia.

·  El Estado los abandona con escuelas que no educan y autoridades que solo protegen a sus amigos corruptos.

·  Y las familias, agotadas o distraídas, no encuentran cómo poner límites ni cómo acompañar.

¿Resultado? Jóvenes que creen que el mundo les pertenece, que pueden hacer lo que quieran con el cuerpo de una mujer, que pueden beber hasta destrozarse y que cuando la culpa o el vacío les gana, deciden matarse.

Y mientras tanto, los adultos nos cruzamos de brazos, echando la culpa a cualquiera menos a nosotros.

Pero ya basta.

Basta de hacernos los ciegos. Basta de permitir que un chiquillo de 16 años compre ron en la bodega como si fuera pan. Basta de aceptar que la corrupción blinde a violadores y que los padres sigan pagando funerales de hijos que nunca fueron escuchados.

Y aquí el mensaje va con nombre propio:

·   Padres, dejen de creer que dar dinero reemplaza al amor y la vigilancia. Sus hijos necesitan límites, presencia y verdad.

·  Gobierno regional y municipalidades, dejen de taparse los ojos. Regulen de una vez la venta de alcohol a menores, cierren locales que lucran con la desgracia de familias y dejen de proteger a los “hijos de alguien”.

·  Fiscalía y Poder Judicial, dejen de mirar para otro lado. Cada vez que protegen a un violador, ustedes mismos son cómplices.

·  Colegios y universidades, eduquen en valores, no solo en calificaciones. Formar seres humanos importa más que llenar libretas.

·  Dueños de bodegas y discotecas, cada botella que le venden a un menor es un clavo más en un ataúd. Y no se hagan los inocentes: ustedes saben bien a quiénes le venden.

Si no cambiamos esto hoy, mañana no habrá marcha atrás. Porque no estamos perdiendo cifras: estamos perdiendo vidas. Estamos enterrando adolescentes mientras el país finge que todo sigue igual.

Por eso te digo: lee y llega hasta el final. Y cuando termines, no te quedes callado. Porque si sigues callado, tarde o temprano te tocará llorar (ojalá nunca) lo que hoy no quisiste ver.

Alberto Vela

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