Una pildorita más. Trump lo admite: el petróleo venezolano siempre fue el botín

En un arranque de sinceridad brutal, Donald Trump dejó caer la máscara: “Estamos comprando petróleo de Venezuela cuando pudimos tenerlo gratis”. Con esa frase, admitió lo que el pueblo venezolano siempre supo: que el verdadero objetivo de la presión económica, las sanciones y hasta las aventuras militares disfrazadas de “operaciones democráticas” no fue la libertad, ni los derechos humanos, ni las elecciones limpias, sino el oro negro.

En su propia voz, Trump explicó que, si EE.UU. hubiera logrado apoderarse de ese petróleo, podrían bajar impuestos, pagar la deuda y hacer crecer su economía. Una confesión de libro que expone la lógica imperial: el bienestar de Estados Unidos se financia con el expolio de otros.

Pero ningún intento de saqueo externo funciona sin aliados internos. Ahí entran en escena los “amigos” de Washington en Venezuela: primero Leopoldo López, el eterno conspirador de salón, arquitecto de guarimbas y golpes fallidos, convertido en símbolo mediático para la prensa occidental; luego Juan Guaidó, el “presidente interino” fabricado en un laboratorio de marketing político, que pasó de estrella fugaz a meme histórico; y ahora, María Corina Machado y su cohorte, que recogen la posta de esa línea política: pedir sanciones contra su propio país, llamar a intervenciones extranjeras y prometer privatizar y “abrir” la industria petrolera a las corporaciones norteamericanas a cambio de reconocimiento y respaldo político.

Estos actores internos funcionan como llaves de acceso para que Washington intente, una y otra vez, quebrar la soberanía venezolana desde adentro. La estrategia es clara: presión económica externa + agitación interna = condiciones para la recolonización del petróleo. No es un plan improvisado, sino un guion repetido en Irak, Libia y otros escenarios donde los recursos energéticos son el verdadero premio.

CITGO LA PETROLERA VENEZOLANA QUE SE ROBÓ EEUU.

La confesión de Trump no es un desliz, es una confirmación: la disputa por Venezuela es una guerra por el control del petróleo, y las figuras de la oposición radical que se presentan como “salvadores” no son más que gestores locales de esa ambición extranjera.

Recordemos a Mike Pompeo, cuando fue Secretario de Estado de Donald Trump, hablando ante estudiantes estadounidenses con una frialdad escalofriante sobre cómo EE.UU. miente, engaña y manipula para asegurar sus intereses, especialmente en torno a recursos estratégicos de otros pueblos. (https://elcomercio.pe/mundo/eeuu/mike-pompeo-dijo-director-cia-mentimos-enganamos-robamos-noticia-630570-noticia/) Nadie se escandalizó. Nadie en la multitud de oyentes se levantó para decir: “Esto está mal”. El que calla, otorga. 

Y lo más revelador de ese tipo de declaraciones no es solo el cinismo del político que las pronuncia, sino la normalización social que las rodea. Cuando Pompeo se jactó ante estudiantes de que “mentimos, engañamos, robamos… y tenemos cursos completos para eso”, no fue un desliz: fue un acto de pedagogía imperial. No fue un lapsus, no fue ironía: fue una confesión de política exterior. Y lo más patético no fue que lo dijera, sino que fuera recibido con aplausos entusiastas.

Lo mismo ocurre ahora: decirlo públicamente ante miles, y recibir aplausos, no es una confesión incómoda, es una demostración de fuerza. Es un mensaje hacia fuera (“no nos importa que el mundo se entere de que saqueamos países”) y hacia dentro (“el saqueo es parte de nuestra identidad nacional y debemos estar orgullosos”).

Ese silencio del pueblo estadounidense —o peor aún, esa aprobación— es la otra mitad de la ecuación. No es que todos estén de acuerdo, pero la estructura mediática, cultural y política está diseñada para que quien disienta parezca un traidor. El imperialismo funciona no solo porque hay halcones en el poder, sino porque hay millones que aceptan, justifican o se enorgullecen del saqueo como si fuera un deporte olímpico patriótico.

El imperialismo no es solo obra de presidentes con ambiciones hegemónicas o generales de mirada fría y dedo rápido sobre el gatillo. Funciona porque, detrás de cada halcón en el poder, hay un pueblo que aplaude, ríe, celebra y aprueba. Funciona porque los discursos que deberían provocar repudio y vergüenza en una sociedad, en cambio, generan ovaciones y sonrisas.

LOS ALIADOS INTERNOS DEL IMPERIALISMO EN VENEZUELA

Así se mantiene en pie el aparato imperial: no solo con portaaviones y sanciones económicas, sino con la complicidad activa o el silencio cómplice de una ciudadanía que ha sido educada para creer que su prosperidad está por encima del derecho a existir de otros pueblos. El imperialismo se alimenta de ese consentimiento social, de esa anestesia moral que convierte crímenes internacionales en motivo de orgullo nacional.

No hay imperio que dure siglos sin un pueblo dispuesto a mirar hacia otro lado mientras su gobierno saquea, miente y destruye. Y en ese sentido, la responsabilidad no se reparte solo entre los halcones que diseñan la guerra, sino también entre las palomas que aplauden desde las gradas.

Alberto Vela

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