La larga noche del golpe congresal y la resistencia del pueblo traicionado

A partir del artículo de Ybrahim Luna, publicado en la página digital Leer y Difundir, y a la luz de encuestas recientes hechas por Ipsos, lo que queda absolutamente claro es que en el Perú no hubo un autogolpe: el golpe lo dio el Congreso. Lo ejecutó con premeditación, ventaja, y alevosía, aprovechando la torpeza de Pedro Castillo, pero no como reacción democrática, sino como parte de un operativo desesperado, montado para restablecer el viejo orden: el poder de la derecha corrupta, centralista y empresarial que ha convertido al Estado en botín y a la política en una ciénaga.

Los peones de de la derecha corrupta, centralista y empresarial que han convertido al Estado en botín y a la política en una ciénaga. Celebrando el golpe.

La encuesta de Ipsos publicada en mayo de 2025 no revela algo nuevo, sino algo que ya se respiraba desde las calles del sur andino hasta los barrios populares de Lima: el pueblo sabe perfectamente lo que ocurrió. Que hoy un 59% de peruanos considere que Castillo fue víctima de un golpe orquestado desde el Congreso no es un simple cambio de percepción; es el resultado de una conciencia política que ha madurado bajo el látigo de la exclusión. No se trata de que los peruanos hayan "olvidado" el intento fallido de autogolpe del 7 de diciembre de 2022. Lo recuerdan perfectamente, como recuerdan también cómo los medios, el empresariado, la polícia, las fuerzas armadas, el poder judicial y el Congreso se alinearon no por principios democráticos, sino para impedir que un maestro rural, indígena, sin apellidos ilustres, gobernara.

Lo que ha ocurrido es más profundo: silenciosamente ese pueblo olvidado, agredido, postergado, que durante décadas elegía a sus verdugos de la derecha, había dado un cambio. Se atrevió a ejercer el poder simbólicamente a través de Pedro Castillo, no por sus virtudes, sino por su significado. Y se mantuvieron firmes en su decisión, mandando al diablo a la derecha limeña, a su prensa mercenaria, a sus fiscales amaestrados y a sus think tanks que solo piensan en blindar al gran capital. Ese gesto popular fue respondido con furia. El poder económico no lo toleró. La derecha criminal, colonial y racista, que gobierna solo para los suyos, vio en Castillo no a un enemigo ideológico, sino a una amenaza existencial: la posibilidad de que el pueblo recordara que puede gobernarse a sí mismo.

Lima contra Pedro Castillo. Ahora estamos viviendo el futuro que la derecha queria para todos los peruanos.

Por eso lo tumbaron, no cuando cometió errores, sino desde el día que pasó a segunda vuelta. Lo cercaron, lo sabotearon, lo acusaron sin pruebas, le negaron ministros, presupuestos, agendas. No hubo tregua ni diálogo, sólo acoso institucional y principalmente desde el congreso en forma permanente. Lo vacaron por la vía exprés, lo detuvieron siendo aún presidente —un hecho sin precedentes y jurídicamente insostenible—, y lo mantienen secuestrado sin que ninguna de las acusaciones por corrupción haya sido probada y ni siquiera la acusación por rebelión. Esa captura del poder político no significó absolutamente nada positivo para el país. Más bien, sirvió para blanquear —y radicalizar— la podredumbre del sistema. La derecha pintó su rostro: uno sin disimulo, abiertamente represor, sin maquillaje democrático.

Hoy vivimos en un Estado completamente tomado. El Ejecutivo está encabezado por una traidora sin partido ni respaldo, sostenida por los militares y reconocida en tiempo récord por la embajada de Estados Unidos. El Congreso está en manos de delincuentes, oportunistas y operadores que legislan para sí mismos, blindan a los suyos, y rematan el país por cuotas. El Poder Judicial actúa como una oficina de venganzas políticas, y el Ministerio Público como un brazo del poder fáctico. Nada funciona para el pueblo: no hay reforma, no hay justicia, no hay futuro.

La derecha ya tiene su pilato. La Comandante Cero, el alias preciso para una traidora. ¡Excelente! César Hildebrandt.

La campaña mediática que pretendió equiparar el fallido gesto de Castillo con el golpe de Estado de Fujimori fracasó. El pueblo no es tonto. Sabe que el uno tuvo tanques, y el otro sólo un torpe discurso leído entre balbuceos. Lo que sí comparten ambos momentos es la respuesta popular: el rechazo visceral a un orden que solo sirve para perpetuar la exclusión. La derecha creyó que derrocando a Castillo, el problema estaba resuelto. Pero lo que han conseguido es detonar la memoria política de una nación que ya no quiere volver a votar por sus verdugos. El antifujimorismo, el antikeikismo, el antiparlamentarismo, y el hartazgo contra los medios vendidos no han hecho más que consolidarse. La gente ya midió la fiebre con su propio termómetro.

En ese contexto, el establishment comete un error de cálculo monumental si cree que puede seguir jugando a la democracia mientras secuestra el poder real. Porque el statu quo está en peligro. No porque venga una insurgencia armada, sino porque la democracia, la real, puede arrollarlo electoralmente si permite siquiera una rendija para que el pueblo vuelva a expresarse. Por eso la derecha no juega a ganar elecciones, sino a impedirlas. Saben que si se vota libremente, pierden. Saben que si surge un nuevo outsider, más preparado, más orgánico, más sólido, podría arrasar. Y saben que ya no tienen argumentos, ni moral, ni liderazgos para resistir ese embate. Por eso su estrategia es el miedo, el terruqueo, la represión. Pero el Perú profundo ya despertó, y la historia, aunque tarde, pasa la factura.

Si Castillo cayó, no fue porque fracasó su proyecto —porque nunca lo dejaron siquiera intentar gobernar—, sino porque su sola presencia fue la prueba viviente de que este país puede ser distinto. Que el hijo del peón, del rondero, del maestro rural puede sentarse en Palacio. Que Lima no es el Perú. Que la democracia puede ser plebeya. Y eso es lo que el poder no perdona.

La batalla continúa. Y esta vez, puede que el pueblo no sólo elija a uno de los suyos. Puede que también se proponga reescribir el país desde abajo, con todo lo que eso implica.

Alberto Vela

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