Cinco muertes y una sola explicación: cuando la precariedad mata en silencio

Cinco niños menores de dos años murieron en apenas dos días en el Hospital Iquitos, 28 y 29 de abril. La noticia, estremecedora en sí misma, exige respuestas claras, autocríticas y acciones concretas. Sin embargo, lo que ofreció el director del hospital, Dr. Carlos Coral, en una entrevista radial reciente en La Voz de la Selva, fue una mezcla de explicaciones clínicas, advertencias a los padres, detalles sobre fumigaciones y ventilaciones... pero ni una sola palabra sobre responsabilidad institucional, falta de recursos crónica o abandono estructural.

Dr. Carlos Coral, director del Hospital Apoyo Iquitos. Entidad que tiene el nombre del que fue un eminente Pediatra de Iquitos: Dr, César Garayar García

El Dr. Coral informa que tres de los niños fallecieron con cuadros respiratorios vinculados a infecciones virales —bronquiolitis, para ser precisos— mientras que los otros dos murieron por causas distintas, aunque también ligadas a la vulnerabilidad inmunológica y a la atención hospitalaria. Asegura que se están haciendo auditorías médicas y que se tomaron muestras para análisis. Habla de virus, de coincidencias, de niños que llegaron en mal estado de salud. Pero todo su discurso parece querer naturalizar la tragedia como si fuera inevitable.

¿Coincidencias o negligencia estructural?

El director insiste en que no hay un foco común, que los casos son aislados y que simplemente coincidieron en fechas. Pero esa coincidencia —cinco muertes infantiles en 48 horas— debería encender todas las alarmas, no apagarlas con palabras suaves. No basta con decir que "los niños son vulnerables" ni que "las enfermedades virales avanzan rápido". La pregunta que nunca responde es: ¿se hizo todo lo posible para evitar esas muertes? ¿Contaba el hospital con el personal, los insumos y las condiciones para responder con rapidez? ¿Los niños recibieron atención oportuna o fueron víctimas del colapso silencioso del sistema de salud?

En lugar de asumir con frontalidad el contexto de abandono que vive el Hospital Iquitos —aún funcionando en el vetusto hospital Santa Rosa, sin los recursos ni espacios necesarios—, el Dr. Coral se limita a comentar que esperan mudarse al nuevo hospital en agosto, como si esa promesa pudiera traer consuelo a las familias dolientes.

Una narrativa que desplaza la culpa

El discurso del doctor, por momentos, se desliza peligrosamente hacia la culpabilización indirecta de los padres y madres: que no reconocen los síntomas, que automedican, que llevan tarde a sus hijos, que no saben diferenciar entre una gripe y una bronquiolitis. Es cierto: la falta de información y la desinformación en salud son reales y graves. Pero también lo es la falta de un sistema preventivo comunitario, de campañas sostenidas, de centros de salud equipados en los barrios y pueblos que puedan detectar estos cuadros antes de que sea demasiado tarde.

Cargar la responsabilidad sobre los hombros de familias que muchas veces viven sin agua, sin transporte, sin acceso a salud digna, no solo es injusto: es cruel.

¿Y la salud pública, doctor?

El hospital —según el director— ha fumigado, ha instalado extractores de aire, ha limitado visitas. Medidas paliativas que llegan después de las muertes. Pero lo que no dice el Dr. Coral es si el hospital contaba con personal pediátrico suficiente, si había disponibilidad de oxígeno, si los protocolos de emergencia funcionaron adecuadamente, si las referencias desde centros periféricos fueron oportunas. En resumen: si el Estado estuvo a la altura de la vida de esos niños.

Hay una frase que condensa la gravedad del momento: “Nosotros quizás ahí le ha flaqueado un poquito”. Un “poquito” de flaqueza que significó cinco vidas. No es un error de palabras, es el reflejo de una mentalidad institucional que busca amortiguar la tragedia en lugar de confrontarla.

Lo que no se dice, también mata

Este tipo de discursos —médicamente correctos, humanamente distantes, políticamente complacientes— han sido durante décadas el rostro amable de una salud pública abandonada. No hay indignación, no hay urgencia, no hay exigencia al Estado ni denuncia de la precariedad que convierte cada hospital en una ruleta rusa. La entrevista es una lección de cómo la técnica médica puede servir para eludir el fondo político y social de una tragedia.

El pueblo de Iquitos no necesita consuelo técnico. Necesita verdad, justicia y garantías de que ninguna otra familia tendrá que enterrar a su hijo por falta de atención oportuna. La salud no puede seguir dependiendo del azar, ni del aguante de sus trabajadores, ni de la resignación de los pacientes.

Porque cuando un país se acostumbra a que los niños mueran de enfermedades prevenibles y nadie asuma culpas, lo que ha muerto no es solo la salud pública: es la dignidad colectiva.

René Chávez, médico y máxima autoridad de la salud en Loreto: minimizan su responsabilidad para protegerlo

Encubrimiento y lealtades: el silencio también es una estrategia de poder

Queremos decir que no se trata solo del Dr. Coral. Su discurso refleja una práctica generalizada en la administración pública: contener el daño, minimizar responsabilidades y proteger al jefe político. En este caso, al gobernador regional René Chávez, médico de profesión y máxima autoridad de la salud en Loreto. Cada palabra del director del hospital parece calibrada para no incomodar al despacho del gobernador, evitar titulares que salpiquen al gobierno regional y, sobre todo, preservar el cargo.

No se hace autocrítica porque eso abriría la puerta a responsabilidades mayores. No se señala la falta de presupuesto porque eso implicaría confrontar al gobierno regional y otras instituciones implicadas. No se denuncia la falta de condiciones porque eso obligaría a admitir que los hospitales siguen funcionando como centros de caridad y no como espacios de derecho. Se elige el silencio técnico, el lenguaje médico neutro, y la prudencia política. Y en ese silencio se entierran las posibilidades de justicia para las familias.

Mientras el sistema de salud se desmorona, quienes lo dirigen se aferran a sus sillas, cuidando más su estabilidad laboral que la vida de los más vulnerables. Así, los muertos son apenas cifras en un parte médico y no un grito que remueva las estructuras.

Alberto Vela

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